Afuera, el cielo parecía que en cualquier momento colapsaría. Amber no sabía si era por la caída del ancla, por el domo que empezaba a presentar fallas de manera inmediata o si, simplemente, se trataba de una tormenta normal y corriente. Sin embargo, su mente estaba tan absorta en sus pensamientos que solo lograba centrarse en eso y en lo que había hecho.
Incluso, había aislado el ruido del exterior. La conversación que mantenían Benjamín y el señor Hurton en el living llegaba hasta ella como un murmullo lejano, como si estuvieran hablando desde otra habitación completamente distinta a la que se encontraba.
No podía dejar de pensar en lo mismo. En el disparo. En el cuerpo. En la sangre sobre sus manos. Su memoria repitiendo una imagen perturbadora que jamás olvidaría. La tortura de una conciencia que no podría dormir tranquila.
Cuando Benjamín le habló, tardó unos segundos en reaccionar.
—¿Estás de acuerdo?
Amber levantó la mirada, confundida. No sabía a qué se refería. Solo entendía que estaban ideando un plan, de algo que tenía que hacerse esa misma noche. Sin embargo, su cabeza todavía no terminaba de acomodarse.
—¿Sobre qué? —preguntó, casi sin ganas.
Benjamín la observó un momento antes de responder.
—Sobre traer a tu madre a casa esta tarde. Empacar lo necesario y salir por la noche.
Amber sentía un dolor punzante en la boca del estómago y una opresión en el pecho que le estaba resultando difícil de ocultar.
—Esta ya no es mi casa —murmuró con los ojos cristalinos, conteniendo cualquier rastro de llanto o debilidad que le permitiera derrumbarse nuevamente—. Ya no podrá serlo, mucho menos después de haberla convertido en un cementerio… Ni mi madre ni yo podríamos seguir quedándonos aquí.
Las palabras salieron solas, sin que realmente pensara en ellas.
—Si el señor Hurton está dispuesto… y tú no haces nada para retenerme, entonces sí. Me iré.
El geólogo no dijo nada de inmediato. Solo asintió, con una expresión seria, como si tampoco estuviera completamente seguro de lo que estaba a punto de proponer. De hecho, no explicó demasiado. Habló de algunas suposiciones, de cosas que había observado desde que llegó al pueblo, de zonas donde el domo parecía reaccionar de forma distinta. Nada concreto. Nada seguro. Solo de una posibilidad y de que el salir no debería ser algo imposible.
Amber apenas lo escuchaba. Las palabras se mezclaban entre sí y terminaban, de a ratos, siendo ajena a todo lo que sucedía a su alrededor.
Lo único que entendió con claridad fue cuando Benjamín le habló otra vez.
—Si vas a salir, tiene que ser hoy.
Esa frase sí logró atravesarla. Y no era porque no lo supiera, sino porque escucharla en voz alta lo volvía real y la regresaba al objetivo que llevaba pensando hacía tiempo, desde que todo se había complicado. Era algo que iba a pasar. Esa misma noche. No había otra oportunidad.
Hurton dejó una pequeña linterna sobre la mesita. Luego, una navaja plegable. No dijo para qué servían. No hacía falta explicar lo obvio. Ni siquiera parecía convencido de que realmente pudieran ayudarla en algo, pero estaban ahí; eso era lo importante.
Amber miró los objetos sin tocarlos.
—Hay otra cosa que tienes que saber —le comentó Benjamín, en voz más baja.
Ella levantó la mirada.
—Después de esta noche, el pueblo va a creer que estás muerta.
Hubo un silencio pesado antes de que Amber asintiera dándole el visto bueno.
Benjamín explicó lo justo. El incendio se daría por un accidente. La casa, reducida a cenizas. Nadie preguntará por qué se dio de tal manera, ni pensarán que era mejor mantenerla con vida cuando sabía demasiado; mucho menos se darán cuenta de que se trataba de un truco de magia para distraer a los espectadores. Sería más fácil así. Para todos.
Amber tragó con dificultad. Esa casa era lo único que les quedaba. Y ahora también iba a desaparecer.
Se abrazó a sí misma, como si el frío hubiera llegado de golpe.
Benjamín notaba cada gesto en Amber: la repulsión, el dolor, el enojo. Pero no podía hacer que se alejara de esos sentimientos ni que lo olvidara, porque sabía que ese odio y todo lo que ella intentaba contener era, precisamente, lo que necesitaba para marcharse y jamás volver.
La idea lo destrozaba; ni siquiera estaba seguro de que afuera podría encontrar un pueblo en mejores condiciones del que intentaba dejar atrás. Sentía que, aun siendo una criatura, su parte humana luchaba con desesperación por apoderarse de lo poco que le quedaba: ella y su amor. Estaba atado, como si su propia existencia dependiera de ese hilo invisible que se negaba a soltar. Porque si Amber ya no está, quizás lo poco que quedaba de Benjamín dejaría de existir.
—Ve al hospital —dijo finalmente con frialdad—. Trae a tu madre antes de que empiece a oscurecer. Después de eso, ya no va a haber tiempo para nada más.
Amber se puso de pie y preparó una mochila pequeña con lo que podrían llegar a necesitar ella y su madre. Cuando acabó y lo dejó todo listo, se dirigió sola al hospital, aunque vigilada por el señor H para tener refuerzos. No obstante, el trayecto no fue lo que esperaba. El pueblo callado que conocía había desaparecido. En su lugar, un tránsito desconocido llenaba las calles; vehículos que iban y venían en un desorden, con prisa, que le resultaba imposible de normalizar.
#360 en Thriller
#152 en Misterio
#amnesia, #engañoymentiras, #asesinato miedo y recuerdos olvidados
Editado: 25.03.2026