En el nombre del amor; cicatrices

Capitulo 27

Cristian.

—¿Crees, que por fin recapacite?

—No lo sé, Cristian. La persona que casi mata Jimena fue Estela y no tú. Para Adler, sería un favor—contestó dando vuelta para estacionar el coche.

Suspiré—. ¿Por qué demonios todos quieren matar a mi novia?

—Sinceramente, pienso que si tu padre ve el amor que le tienes a Estela te ayudara a protegerla, o los dejara a su suerte.

—Veo más seguro la segunda opción—mencione por lo bajo, mirando con recelo la enorme mansión de donde tanto me costo salir.

Los tonos blancos en las paredes atrapan la mayor cantidad de luz posible; sin embargo, dentro de esos muros se esconde un hombre cuyo apellido provoca miedo. Un hombre respetado no solo por su triunfo en el mundo empresarial, sino por la crueldad que tiene para cumplir sus metas, llegando al marco ilegal. Eso es solo la parte superficial de lo terrible que es Adler Wilson, mi padre.

—Bienvenidos. —Recibió una de las muchas sirvientas de esta casa, de las cuales, seguramente cambiaran por haber interactuado conmigo, o incluso…, mataran si llega a escuchar una frase de la conversación que tendré con él—. Por aquí, por favor. —Nos invitó a pasar, guiándonos por los pasillos llenos de tensión, incluso puedo decir, que tienen el olor a muerte impregnado—. El señor Adler, los

esta esperando en el despacho. —Señalo las escaleras. Por supuesto el personal tiene prohibido su querida capsula de tortura.

—Gracias—contestó Armando, subiendo detrás de mí.

Aprete los puños. Esto listo. El niño asustadizo que salió de estos muros no es el mismo que regresa.

Antes de entrar, enderece la espalda, levante la barbilla y apague cualquier recuerdo bueno de él. Solo así, me anime a tocar con dos golpes secos antes de rozar la pistola de mi cintura para asegurarme que seguía en su lugar.

—Adelante.

En cuanto abrí la puerta me llevé el peor impacto de toda la vida—. ¿Sebastián?, ¿qué haces aquí?

No respondió, en cambio, el hombre castaño sentado a su izquierda me dedico una mirada rápida antes de señalarme el asiento de cuero frente a él—. Pasa—ordenó con su característica gélida voz—. Siéntate—hablo en plural.

—Armando viene conmigo—use el mismo tono.

Suspiró—. ¿Sigues con la mala costumbre de tratarlos por igual? —Soltó una repugnante sonrisa—. Entren.

Tome asiento. Armando se posicionó a mi lado detrás de la silla.

Inspeccione rápido el lugar, a Sebastián, a mi padre. Nada parecía estar fuera de su sitio. Incline ligeramente, posicionando las manos sobre el escritorio—. Vine a darte los detalles de un incidente, pero veo que alguien se me adelanto.

Imito mis movimientos; signos de poder. Una mala costumbre entre padre e hijo.

—Estas en lo correcto—comenzó sin prestar el mínimo interés—. Jimena Di Nardo es la misma escoria que su familia. De no ser por su apellido me había desecho de ella, parece tu acosadora. Además, desde un inicio se sigue aferrando a la idea de que sigues siendo tu hermano, lo cual es peligroso.

Le sostuve la mirada a sus penetrantes ojos café oscuros—. Me pregunto de quién será la culpa.

Resoplo—. Hijo, si fueras un poquito inteligente sabrías que fingir sería mucho más sencillo. El mundo humano se rige por mentiras. Aquí, quien dice la verdad es solo una presa.

Troné la lengua, harto—. Ya conozco tus estúpidas ideas—exprese sin temor, recibiendo una palmada en el hombro. Cálmate. Respire—. Dime tu decisión—exigí, posicionando una mano en el arma, solo por precaución—. Estar en tu casa, me da asco.

Se recargo en la silla, dedicándole una mirada a Sebastián. Estos dos planean algo.

—Tu amigo tiene razón. Esa mujer te hace ser el Cristian Wilson que necesito. —Inmediatamente inspeccione a Sebas, quien asintió. ¿Vino a ayudarme? —Si bien, la influencia de los Di Nardi es útil para mantenernos fuera de la policía, Jimena no soportaría ver tanta muerte en su vida. Sabes que para tener poder se requieren de sacrificios. Ahora, yo te pregunto, ¿Estela Rais, será capaz de soportar ver a la persona en la que te convertirás?

Con que eso es… Sebastián vino aquí en busca de un trato; Adler me dejara estar con Estela siempre y cuando tome su cargo.

<<La persona en la que te convertirás.>> Recordé la preocupación en sus ojos cuando dije que mataría a todo aquel que la lastimara. Estela ya ha visto demasiada maldad como para que yo le sume más, pero si no acepto esto…, es posible que la dañe porque ella ya sabe en parte el secreto de mi apellido. <<¿Será capaz de soportar?>> No tiene porque verme así. Al final, es una mascara de maldad, mientras con ella puedo ser realmente Cristian Park. Aunque, ¿es correcto condenarla de esa forma? Mediante mentiras y engaños.

La pregunta que formula Adler es incorrecta. En realidad, ¿yo seré capaz de soportar la decepción de Estela al haberme convertido en un hombre sin piedad?

—Entonces—su voz se torno demandante—, ¿cuál es tu respuesta, hijo?




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