En el nombre del amor; sacrificios

Capítulo 5

Estela

La calidez del sol me hace sentir bien, pero sobre todo me siento protegida cuando me abraza. Cada que recargo la cabeza en su hombro, el olor a flores silvestres de su largo cabello negro termina por impregnarse en mis fosas nasales. La piel que me acaricia la espalda es gentil, lleno de cariño que me dan ganas de llorar.

Es extraño; mi cabeza quiere preguntarle el nombre, pero el corazón no lo permite porque ya lo sabe, lo recuerda. Al menos el lo recuerda.

—Pequeña. —Su voz, cielos, está voz otra vez—. ¿Te lastimaste? —Mis ojos comienzan a lagrimear.

Recuerdo vagamente que estaba en un columpio, disfrutando, riendo mientras llegaba más arriba. Quizá en algún punto me caí, no lo sé. Solo tengo fragmentos que no logro aterrizar, y esto me duele muchisimo. Me siento perdida y encadenada a mi propia memoria, la cual me muestra lo que quiere, no lo que necesito saber.

—Dejame ver. —Niego mientras me aferró a ella—. De seguro no fue nada. —Rie al continuar dando palmadas en la espalda—, tenías que ser terca...

Justo aquí termina; su voz se apaga, la imagen se va a desvanecer poco a poco hasta que...

—Lo siento. —Comienza a apretarme tan fuerte que me cuesta respirar—. Lo siento tanto pequeña. —Llora mientras esconde el rostro en mi cuello. De pronto percibo su temblor. Un miedo profundo le atraviesa cada célula y comienza a invadirme también cuando escucho la puerta abrirse.

¿No se supone estabamos en el jardín? ¿Cambie a otro sueño..., más bien, recuerdo?

Una sombra alta invade la poca luz del cuarto, el olor a algo metalico me provoca ardor en la garganta y la mujer que me sostiene me atrae más a ella, aún cuando parece muerta de miedo.

—¡Largo! —grita—. ¡No tienes derecho a llevartela!

No puedo voltear, no puedo hablar, ni controlo mis movimientos, simplemente soy espectadora de este recuerdo con un único error; tengo las mismas emociones de ese entonces.

—Tienes razón, ni es mía.

Ahora entiendo porque esta actuando de esta forma, la persona detrás la conozco muy bien. Me torturo durante semanas, pensé que existia solo en mi cabeza, pero un día se materielizo frente a mí; Esteban Warren.

—Eres un idiota Warren—dice entre un tono meláncolico y furioso—. Laila tenia razón. Ibas a dañarme. —Los zapatos de Esteban rompieron el silencio mientras se acercaba—. ¿Dónde quedo el hombre del que me enamore?

La elegancia fría de sus palabras nos arrebato el aire a ambas—. Ya no existe, Sara.

De pronto ella se esfumo y caí al suelo abruptamente, el dolor fue instantaneo, jadee. De nuevo me senti de mi edad, con el cabello largo y sin ganas de ocultar mi voz—. ¿Sara? —Inspeccione todo el lugar blanco, sin nada ni nadie—. ¡¿Sara?! —grite, generando un eco—. ¡Muestrame!

—Es difícil si no tienes la suficiente voluntad.

Fruncí el ceño—. Tú.

—¿Te has preguntado por qué no puedes recordar?

Visualice las cadenas que sostenian sus muñecas y tobillos, sus pies descalzos llenos de rasguños, la poca piel visible de la cara que antes era pálida se torno grisacea. Un aspecto enfermizo. Ella nota la mirada, no sé cómo, si la capa le cubre media rostro.

Extiende ambas manos al frente—. Puede que sea la última vez que nos veamos.

Me acerco a zancadas porque dudo que me quede tanto tiempo. Ella intenta retroceder pero le sujeto las manos. Suspira.

—Entonces dime algo—ruego—. Estoy harta de seguir en el mismo ciclo.

Niega—. No puedo decirte nada.

—No hace falta que sea con palabras. —Noto que la expresión le cambia en cuanto hace una mueca con la boca—. Enseñame. No el mismo sueño, ni completo si es imposible. Yo armare este rompecabezas. Volvere a juntar las piezas que decidi olvidar.

—¿Entiendes lo peligroso que puede ser? Tu cerebro lo bloqueo por lo traumatico que fue.

Asiento—. Ahora debere abrirlo y enfrentarlo.

—Te va a doler.

—Ya lo esta haciendo.

Una lágrima suya cae al suelo—. Bien—sonríe—, para entender todo—se quita lentamente la capucha, dejando a la vista unos ojos violetas tan hermosos como la galaxia que pasan a segundo plano cuando vea la enorme cicatriz que le atraviesa casi toda la cara—, deberas recordarme a mí también.

***

La luz cegadora me obliga a cerrar los ojos y abrirlos en otro lugar más conocido, aunque no tan cálido la mayor parte de las veces.

Unos brazos fuertes me jalan de la cintura en cuanto me acomodo. Me besa el hombro antes de suspirar—. ¿Planeando escapar tan temprano? Supuse que esa época habia quedado atrás.

La risa que suelta me hace cosquillas en el cuello. Sonrio también en cuanto le robo un beso en los labios—. De tu lado, ya no me quiero ir.

Me mira a los ojos, luego se acerca de nuevo a mis labios. Espero el beso que se tarda en llegar—. Eso es bueno. Me ahorras el esfuerzo de perseguirte toda la vida. —Coloca mis manos en su cuello para abrazarlo—. Ya extrañaba esto. Despertar y verte es mucho mejor que despertar rodeado de documentos pendientes o una habitación sola.

—Tu padre se va a poner como loco.

Rie—. Ya esta loco. De hecho ya descubri porque no nos quiere en la misma habiatación.

Me separo un poco para verlo—. ¿Por qué?

Arquea una ceja al levantarme la barbilla—. Porque no dormirias todas las noches.

Golpee su pecho de forma juguetona—. Dudo que se equivoque.

Cristian soltó una carcajada, dejándose caer nuevamente sobre la almohada—. La verdad, es que yo tambien.

El calor me sube hasta la cara—. Eres un pervertido. —Le robé otro beso antes de acomodarme sobre su pecho. Sus brazos me rodearon casi por instinto, como si después de tanto tiempo separados todavía necesitara comprobar que realmente estaba ahí.

Cerré los ojos. Su respiración. El latido de su corazón. El calor de su cuerpo. Todo me resultaba familiar.

—¿Sabes qué es lo más extraño? —murmuré.

—¿Qué?

—Que hace unos meses jamás habría imaginado estar así contigo.




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