En el refugio de sus alas

Capítulo siete

Berna, Suiza

THOMAS

La sangre brotaba de un lado de su cabeza por el fuerte impacto que recibió con un pedazo de madera; la hemorragia no se detenía y fluía sin parar. Una de sus piernas había sido aplastada por un fragmento de concreto (del cual se pudo librar con mucho esfuerzo), le dolía terriblemente, pero suponía que no se había quebrado porque aún podía caminar.

Había buscado entre los sobrevivientes a quien asistir, pero todos estaban muertos, menos el que descansaba ahora en su regazo, respirando dificultosamente. El torso de Jhon tenía una herida alarmante, que abierta y sangrante, surcaba un costado de su cuerpo.

Thomas se sentía agotado. Arrastrar a su gigantesco amigo (una masa de músculos de casi dos metros) y compañero de trabajo, desde el estudio de grabación (del que solo quedaban escombros, encima de cadáveres) hasta la hipotética seguridad del exterior lo había dejado sin fuerzas. Sentía alivio al haberlo podido rescatar del peligro inminente, pero ahora, exhausto y herido, no sabía a ciencia cierta cómo proseguir.

—Me duele mucho y tengo mucho frío... creo que no... —comenzó Jhon, pero él no le permitió seguir, intuyendo lo que le diría.

—No, Jhon, lo lograrás, lo lograremos. Tus hijos y nuestras esposas nos necesitan. Aguanta por ellos. Sé fuerte, hermano.

Jhon asintió quedamente. Él siempre le decía a Thomas que, aunque era mucho más delgado y menos fornido, entre los dos él era el más fuerte. Fuerza interna, le llamaba Jhon, y Thomas como nunca rogó estar a la altura de sus expectativas.

Suspiró y comenzó a buscar una forma de ayudar a su amigo; de salir de ese montón de ruinas para poder ir así con sus familias y poder corroborar que estuvieran bien.

«¿Terrorismo?»

Eso podía darle a ese ataque sin sentido una pizca de realidad, pues en su mente lo sucedido superaba su raciocinio y destruía por completo su forma coherente de ver el mundo.

—Ana —murmuró en medio de aquel mutismo, solo roto a intervalos por los quejidos de Jhon y por los sonidos remanentes de la destrucción.

No tenía forma de saber si la magnitud de este suceso era mundial. Si había alcanzado a su esposa allá en Londres, ciudad natal de ambos. Ana, su compañera de vida y amiga más cercana. Su heroína. Una mujer distinta a cualquier otra que él se hubiera cruzado antes; tan firme en sus convicciones; con principios tan elevados y con un corazón misericordioso y compasivo que venía sobreviviendo desde su juventud a las peores fatalidades.

Su Ana.

Thomas pidió a ese Dios al que nunca se acercaba que la protegiera, que la cuidara, pues en ese momento, él no podía hacerlo.

 

Westminster, Inglaterra

PILLY-KABIEL

Cuando Pilly-Kabiel oyó pasos acercándose alejó de inmediato el oído de la puerta. Un intento de disimular su acto poco decoroso.

—Tengo un mensaje para el comandante, capitán. Es del comandante superior, quien acaba de llegar, ¿él esta aquí?—le cuestionó el soldado al que había oído acercarse. Ella seguía a un lado de la puerta; asintió en respuesta automática, aunque por dentro la hiel de ese nombre la amargaba.

—¿Él ya arribó? —le preguntó, aunque acababa de decírselo—.¡Maldición!

El joven ángel de cabello cobrizo adoptó un semblante de incomodidad. Por supuesto, nadie quería que lo atraparan criticando por los rincones a su comandante. A Pilly-Kabiel le importaba un rábano.

Decidió ocultarse detrás de un pilar para no ser vista por Hariel (no quería dar explicaciones) y después hallar la forma de huir disimuladamente para no toparse con Luzbell (ese bastardo la odiaba, si no fuera por Hariel...)

Observó que el ángel le transmitía desde afuera el mensaje y que poco después Hariel salía velozmente. Él ni siquiera la notó, seguramente su mente solo tenía espacio para Ziloe. Esperó un poco más (un par de minutos) y salió de su escondite. Reflexionó sobre cuál sería la mejor ruta de escape; el pasillo contiguo daba a la salida después de surcar varios recovecos; le pareció el adecuado. Rápidamente enfiló hacia allá, cuando de pronto escuchó una odiada y muy conocida voz a sus espaldas.

—Capitán Pilly-Kabiel en persona. —Fue el agrio saludo de Luzbell—. Como siempre en las sombras... ¿tal vez fraguando algún ardid en mi contra?

Sin más remedio, ella se volteó y lo encaró. Hariel estaba a su lado. Si hubiera sabido que vendrían hacia allí tan pronto, no se hubiera tardado tanto.

—Luzbell —lo saludó con una reverencia cargada de ironía. Se arrancaría la lengua con sus propias manos antes de decirle señor.

—¿Por qué crees que haría algo así? —prosiguió sin bajarle la mirada—, ¿acaso desconfías del amor de tus súbditos?

Lo estaba haciendo enojar adrede, pero no sería ella si se mantuviera callada. Menos con ese.

Él sonrió. Esa maldita sonrisa suya de condescendencia.




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