En el rostro del heredero

CAPÍTULO 1

OBSIDIAN

El sudor que recorre por mi frente y el lado de mis mejillas, provoca que me descubra el rostro; y el golpe en la boca me haga trastabillar.

—Te he dicho que no te distraigas con nada —dice, mandando su puño a mis costillas.

Muerdo mi labio para no soltar un quejido lastimero.

—Es mi maldito cumpleaños, deberías dejarme en paz por hoy —contradigo.

Me agacho y con una de mis piernas golpeo los pies de él, haciéndolo caer. Tomo su cuello y aprieto, sé que debo déjalo cuando palmea mi brazo.

—Ve a ducharte —jadea en el piso, desplomándose en forma de estrella, estirando sus extremidades—. Soy demasiado viejo.

—Eso es mentira.

Levanta el mentón hacia mí con el ceño fruncido.

—No, señorita, yo la dejo ganar.

—Ajá —quito las vendas de mis manos—, jamás me has dejado ganar. Todo me lo he ganado.

—Bueno, en mi defensa diré que la mediocridad no es parte de mí, y lo que eres es por ti, nadie te ha dado nada fácil.

—Ya mejor me voy. Tu sentimentalismo está abochornándome.

Entro a la pequeña casa para darme una ducha.

Cuando estoy cambiándome el aroma a comida y pastel llega a mí. Troto las escaleras encontrando a Cirio sacando del horno el pequeño pastel que él mismo me ha preparado.

—Ya sólo saca los platos, me iré a duchar.

—No es como que seamos demasiados. Yo podría comer en una servilleta.

Ya estaba por desaparecer de la pequeña cocina cuando voltea a verme.

—No comencemos, Obsidian.

—Pero no dije nada —rezongo.

Niega, y emprende su camino a su cuarto. Resoplo al ver el pequeño pan horneado, porque ni es un pastel, es un pan. No me mal entiendan no estoy haciendo menos esto, al contrario, le agradezco por todo lo que ha hecho por mí, aunque siempre en mi cumpleaños la sensación de que algo malo va a pasar me inunda.

Busco en las repisas porciones de chocolate derretido que he visto, pruebo un poco para saber que aún está bueno. Lo está.

Encima del pastel una vela con el número veintitrés se encuentra en ausencia de esa flama.

El repiqueo en la entrada me hace fruncir el ceño. Guardo silencio, dejando de respirar y agudizando mi oído si es que han tocado y no ha sido mi imaginación.

De nuevo, ese toque.

Dejo todo en la mesa, dirigiéndome a la puerta. No hay nada.

Resoplo resignada ante el sonido que volverá a repetirse dentro de un rato. No es la primera vez que lo hacen. Hay un grupo de críos que tocan las puertas y salen huyendo.

Cierro de un portazo.

—¿Quién ha tocado? —inquiere Cirio desde las escaleras.

—Los mocosos.

—¿Por favor dime que no les has dicho que les arrancaras la lengua?

—No —me defiendo.

Rueda los ojos, bajando las escaleras.

—El día que uno de sus padres venga a reclamarnos sobre amenaza de amputación de extremidades, tendremos que huir.

—El día que venga un padre a reclamar, yo haré lo mismo al no educar a su hijo bien —contrataco.

Lo escucho reír, moviendo los platos que tenemos.

Se sienta en el pequeño taburete, yo imito lo mismo. Estoy por partir el pastel cuando toma mi mano.

—¿En serio?

—Un cumpleaños de pastel debe llevar una vela. Encendida —toma unos cerillos haciendo la acción que mencionó.

—Somos dos. Además, que esto es tradición de este mundo no del de nosotros.

—Pues ahora estamos en este y hacemos lo de aquí. Calla y pide un deseo porque la cera se está derritiendo.

Ruedo los ojos.

Al mirar esa pequeña luz amarillenta, la tristeza y nostalgia abrazan mi corazón. Pido el deseo de todos los años:

Que aún no sea tiempo de volver.

Al soplar y elevarse el humo la puerta es retumbada por un golpe, sin espera de nada me levanto de mi lugar haciendo trastabillar el taburete.

—Por favor, no asesines a los niños —escucho que susurra.

Abro la puerta de un tirón.

Imaginé encontrar nada en la entrada o sólo ver el vestigio de niños huyendo de la acera, incluso salir corriendo y gritarles, pero no. Esta vez encontré a un hombre vestido de negro, llevando un balaclava. Sus ojos marrones es lo único que visualizo ya que están totalmente cubierto incluso de las manos.

Sin espera de respuesta o tal vez el impacto del encuentro al no saber quién demonios es este hombre, me toma desprevenida entrando a la casa.

—Tienes que huir, Cirio. Vienen por ti.

—Oye, oye, ¿quién narices eres? Sal de mi casa —manifiesto.

El hombre está situado a mitad de la entrada que da a la cocina mirando a Cirio. Eso no es lo que me impresiona, sino que Cirio luciera como si lo conociera.



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Editado: 13.04.2026

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