En el rostro del heredero

CAPÍTULO 8

Rizel

Debería estar prestando atención a lo que dice David, sobre la nueva información, pero estoy inquieto, al igual que mis ojos, que no dejan de desviarse a la mujer que está a nada de desmayarse, aunque intenté ocultarlo.

—El rey hará una celebración donde matará al heredero —alcanzo a escuchar a David, volviendo de nuevo al tema.

—No lo hemos encontrado —intervengo.

—Tal vez si lo encontró —opina el padre de Alberto.

Observo brevemente a Obsidian que mal mira a Alberto, involuntariamente una comisura se levanta.

No se está quieta.

—Estuve meses en el otro mundo con Cirio, el único que sabe del paradero del heredero y nunca me lo dijo. Es imposible que lo hayan encontrado —menciono.

—No se han puesto a pensar que es posible que ni el propio Cirio lo haya sabido —interviene Elena y logra que Rizo la mire ofuscada—. Sólo piénselo por un momento. Cirio tuvo una hija, que posiblemente es de la edad del heredero perdido. Tal vez se dio cuenta que al tenerlo era poner la vida de Obsidian en peligro y se deshizo de él, y ahora no sabe de su ubicación. Bueno, teniendo en cuenta de que no podemos preguntarle.

Las palabras, los hizo reflexionar, y es gracioso que el único que tiene una reacción negativa es Alberto, Obsidian está divertida con la situación.

Puede que Cirio la haya entrenado para sobrevivir, pero ella también desarrollo habilidades bastante interesantes.

—Elena tiene un punto. Sí no te dijo nada, es por dos razones: no sabe del paradero o estuvo encubriéndolo —manifiesta André acariciando su barbilla.

—No, él no haría eso. Amaba a su hermano, no se hubiera desecho de su sobrino.

—También hubo un hermano que lo traicionó y ahora los gobierna —hace una observación Obsidian que si no fuera porque eleva la barbilla al cielo agotada, diría que es una verdad entre líneas.

—¿Y qué sabe la mujer? —me cuestiona, Alberto.

—Obsidian —le recuerdo su nombre—. No sabe nada. Su padre jamás le contó nada.

—¿Seguro? —la intromisión de Débora me obligar a mover el cuello en tensión—. No parecía asustada, ni un poco. Y su padre ha muerto. No debería estar… desecha.

La tirantez que crece en el aire no me gusta ni un poco, porque está demostrando que soy un inútil, y no lo soy.

No debería sorprenderte, tus habilidades están en lo más profundo del agua. Eres un fiasco.

Cierro los ojos ante aquellos pensamientos.

Vamos, Rizel, no me suprimas, sabes que tengo razón.

—Su padre la entrenó —a mi mente viene la imagen de ella atravesando al hombre con el objeto de madera sin dudarlo.

—Es gracioso… —la escucho murmurar.

—Básicamente, tenemos nada —Dionisio, se levanta del tronco, sacudiendo su atuendo—. ¿Qué haremos con la hija de Cirio?

—Cómo que, ¿qué haremos? —esta vez no me preocupo en ocultar mi molestia.

—Es una extraña para nosotros, será muy hija de Cirio, pero no sabemos…

—Ella no va a traicionarnos.

—¿Cómo sabes eso? —enarca una ceja.

Relamo mis labios.

—Los entiendo soy Vaziri —se levanta como puede y cuadra los hombros y mira a cada uno con una intensidad que me inquieta, y no es hasta que sus ojos can en mí, que mis labios se entreabren con cierta impresión —. Entre congéneres se traicionaron. Uno de ellos mato al hermano y la esposa, el otro se llevó al hijo de uno de ellos… por que la hija de uno de ellos no traicionaría. Es el linaje, ¿no?

—¿Por qué si quiera la tenemos aquí?

Yo, ni otro de la mesa estaba preparado, teniendo en cuenta que Obsidian estaba por caer, cuando sale disparada sobre la mesa con el estilete en dirección al cuello de Alberto. Ambos caen, él de espaldas y ella sobre él. El grito de Elena y la exclamación del padre, es el acompañante del sonido sordo de la caída.

—¿Quieres que comience con tu muerte? —Alberto, la golpea en la mejilla logrando girar.

—Se nota que eres la bastarda.

Cuando Obsidian está por apuñalar a Alberto, la tomo de la muñeca y la arranco de él.

—¡Basta! —el grito de su padre pasa desapercibido cuando se levanta con la intención de ir tras de ella, me interpongo indicándole que no la tocará.

—Voy a matarla.

—Dejen de pelear —anuncia Débora—. ¿Qué te pasa, Alberto?

—Ella empezó.

—No seas llorón —escucho la voz de Obsidian tras de mí—. Empezaste tú, sólo que yo he dado el primer paso.

—Voy a matarte.

—¡Dije que basta, Alberto! —su padre lo empuja, una manera de sacarlo de la rabia.

—Nadie va a asesinar a nadie —interviene Débora con su típico tono de voz neutral.

—No sé dejen cegar sólo porque sea hija de Cirio.

No sé cómo lo percibo, pero el cuerpo de Obsidian está por desplomarse, la tomo de los hombros.



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Editado: 30.04.2026

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