En el rostro del heredero

CAPÍTULO 9

Obsidian

No fue un ruido el que me despertó, fue silencio.

Parpadeo varias veces, intentando entender que está pasando conmigo. El olor a tierra me alerta.

¿Qué pasa?

Mi corazón se detiene un momento, pero no porque estuviera en peligro, sino el descubrir que Vikram está sentado en lo que parece una cama, en la que estoy recostada.

Me observa.

—Despertaste.

—Que mal —alcanzo a decir.

Parpadeo un par de veces más.

Observo que estamos en el mismo lugar, solo que, en un lugar diferente, y eso es tan extraño. Los acontecimientos de los últimos días provocan que cierre los ojos y mis manos vayan a mi cabeza y noto algo raro en mi cuero cabelludo cerca de mi frente.

—Es un macerado, ayudará con la herida.

Bueno, al menos huele bien.

—Me imagino que no ha sido Alberto quien lo ha puesto —noto como eleva su comisura, de esa forma sutil, como si le divirtiera.

—He sido yo —a un costado, en un punto ciego, teniendo en cuenta que él está grande, me tiende un plato—. He traído algo para que comas.

Es casi cómico ver al grandote de Vikram sentado en la cama, con sus cicatriz.

—¿Cuánto tiempo pasó?

—Casi medio día.

Me levanto con los codos y me arrastro al inicio de la cama para poner mi espalda en el respaldo de lo que parece es madera. El lugar es pequeño con cuatro camas en hilera, con tablones como soporte y telas que logran hacer de colchón.

—¿Sorprendida?

Observo que me tiende un plato con verduras precocidas, o eso espero.

—Interesada.

—No puedo juzgarte, tu mundo también me pareció interesante cuándo fui.

Coloco el plato en mis piernas mientras suelto mi cabello e intento hacerlo chongo. Noto que su mirada está en mis movimientos.

Carraspeo.

—¿Cómo te fue en el otro mundo? —es una pregunta que me tiene intrigada.

Se estira y puedo notar que el cambio de su ropa es diferente, arrugo el rostro al ver mi ropa y notar que es la misma. Espero no apestar.

—Me adapto, no fue difícil.

Me meto un pedazo de papa, y está chiclosa.

—Parece que eso no cambia, ¿no?

Me observa con curiosidad.

—¿El qué?

—El intentar sobrevivir —dejo de lado las papas faltantes y mordisqueo una zanahoria, probando que está bien—. No importa que mundo sea, eres un sobreviviente.

Mis ojos van a su cicatriz que tiene en la ceja, no es grande y no abarca su cara, pero es claro que fue hecha con propósito.

El silencio es tan largo que dejo de observar la cicatriz para enfocarme en sus ojos, están sobre mí de una manera extraña.

—¿Qué es este lugar?

—Nuestro escondite —noto que la pregunta ya la esperaba por la rapidez.

—¿Qué sigue ahora? —termino metiéndome toda una zanahoria, a ver si quita sus ojos de encima, pero eso parece captar ahora su mirar en mis labios.

—Necesitas conocer el pueblo.

—El rey quiere mi cabeza.

—El pueblo no lo pisa jamás.

—La guardia.

Suspira.

—Podemos encargarnos de ellos.

Dejo las papas hasta el final, y descubriendo que era la primera la que estaba chiclosa, las demás no tenían problema.

—¿Hay algún lugar en donde puedo darme un baño?

Se levanta y desaparece por un momento. Muy comunicativo el sujeto.

No tarda mucho cuando en sus manos trae ropa limpia.

—Elena lo ha traído.

Ahora quiero besar a esa chica, aunque creo que preferiría que cierto chico de cicatriz lo hiciera.

Me levanto sintiéndome no tan desgraciada y eso me mantiene de buen humor.

—¿A dónde?

La sonrisa que me da borra la mía.

(…)

—Bueno, no esperaba una regadera, pero si un bote con agua… algo de privacidad —digo.

—Tienes privacidad.

La ropa esta enrollada y la tengo sujeta en mi mano izquierda, la dejo caer en el pasto para mirarlo.

—Tú estás aquí.

—No te preocupes, me iré detrás de esa roca sin problema.

Cuando me dijo que podía bañarme, imaginaba todos los escenarios, incluso darme un baño en la cascada que casi me mata, no al aire libre en un claro precioso.

Resoplo y camino unos pasos hacia la orilla, quitándome las botas con la punta de los pies. Ya estoy por el broche de mi pantalón cuando me detengo y me giro.



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Editado: 30.04.2026

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