En el rostro del heredero

CAPÍTULO 10

Obsidian

Decir, que si quiera tenía una idea de cómo sería el pueblo, queda descartada en el momento en que puedo visualizarlo.

Cada paso que doy me va acercando a la majestuosa estructura de un castillo con altas torres que podría a osar a decir que tocan el cielo, burlándose de lo pequeño e insignificante que eres ante aquello. Me sorprende no haber podido observar esto, pero teniendo en cuenta que la neblina grisácea absorbe todo, es comprensible.

Mi cabeza está cubierta por una tela, al igual que Vikram. Por órdenes suyas, me he tenido que cubrir porque mi cabello es muy característico y llama demasiado la atención. Incluso pretendí decirle que dos personas cubiertas de la cabeza sería bastante llamativo y no era una buena idea, pero al llegar al pueblo y notar el ambiente nubloso, las coronillas de la mayoría recubierta por telas como protección ante un rey, dejó en claro que en definitiva no conozco un carajo de mi reino.

Las calles están empedradas, lo hogares son chozas que en sus años de gloria del reino Vitrante debieron ser coloridas. Ahora son opacas, sin vida.

El comercio se da en puestos, la gente compra y hablan lo esencialmente necesario, mientras que los de la guardia observan a su alrededor, sin mucho miramiento. Saben que está gente está en su momento más lúgubre, no hay algo que deban cuidar.

—La gente está muerta en vida, Rizos —menciona el grandote a mi lado, mientras caminamos en un estrecho pasillo de venta—. No ha habido ni un solo día que el sol se ponga sobre nuestras cabezas.

Las trompetas del reino suenan con una melodía, que me pone los vellos del brazo de punta. Busco el peligro, creyendo que nos han encontrado, al ver a mi alrededor observo que la gente se detiene, el sonido significa algo.

—¿Qué sucede? —susurro.

—Mensaje del rey — y señala el balcón que da exactamente frente una explanada donde la gente se va acercado, con arrastre de pies tan pesados que me confirma lo que Vikram dice.

La explanada es tan grande que la gente cabe sin problema, incluso hay espacio suficiente para abrirnos paso y quedar detrás de dos personas sin dificultad.

Mi mirada va al balcón en busca de una figura, sin embargo, no se ve nada.

La pequeña tarima que se encuentra en medio es ocupada por alguien de la guardia que trae un cinto azul en el bícep, una marca que indica algo.

—Es parte de la corte coronal.

—¿Corte coronal?

—Son aquellos pocos elites que sobrevivieron a la masacre.

—Me imagino que no están por gusto.

Una mujer me empuja y ni voltea a mirarme.

—Nadie está por gusto.

Señala con su dedo hacia arriba y puedo observar al rey. Aquel que mató a mis padres, y no olvidar que a Cirio. Es Boris Vaziri, el hombre que se hace llamar rey, y que está sobre mi cuello.

—Anuncio real.

La voz del hombre de la guardia llama mi atención. Una última mirada al hombre que se encuentra arriba observando calculador todo desde los cielos, cuidando que lo que el haya mandado a pedir se cumpla.

—La búsqueda de dos fugitivos será recompensada —el murmullo se hace presente, y aquello no me gusta ni un poco, me tenso—. Rizel Vikram, hijo del traidor Elías Vikram —es ahora el hombre de la cicatriz quien se tensa, incluso me atrevo a decir que emana calor del coraje al escuchar el nombre de su padre— y una mujer que lo acompaña. Se solicitan con vida. La recompensa serán dos monedas de oro.

Y eso es todo, no hay más.

El hombre baja de la tarima dejando atrás un ruido creciente.

—Eso valemos, dos monedas.

—Son dos de oro.

—¿Y eso qué? —suspira ruidoso, aunque no tanto como el ruido de nuestro alrededor—. Con ello podrías no trabajar toda tu vida.

El entendimiento aún cuesta llegar en mí, porque la conversión del mundo en donde crecí, dos monedas de oro, valdrían algo, pero no lo suficiente para dejar de trabajar.

Me toma del brazo y empieza a rastrarme.

—¿Ahora a dónde vamos?

—Hay que volver a la fortaleza.

Vikram mantiene el rostro en alto, sin esconderse un poco, y bueno, tampoco es que pase desapercibido, es grande.

Hay un momento en que alguien se sitúa a mi lado.

—El desgraciado sabe lo que hace —menciona David.

—Sabe que Obsidian está conmigo —dice el hombre de la cicatriz, girando mi hombro en sentido contrario. Damos detrás de unas tiendas, es momento de bajar el rostro cuando un grupo de guardias miran a cada uno.

Y sucede algo que me deja de piedra. David me está abrazando.

—¿Qué narices haces? —inquiero con los brazos lánguidos a mis costados y él tiene sus brazos en mi espalda.

Vikram sigue caminado.

—Abrazándote, y hazlo de vuelta.

Vikram sigue caminando sin mirar detrás.

—¿Por qué?



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Editado: 18.05.2026

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