Obsidian
Mis uñas golpean la madera vieja, rítmicas, obsesivas. Es el único sonido que valida que sigo viva en este refugio, y a la vez, es el sonido que está terminando de desquiciarme. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Un día? ¿Dos? He perdido la cuenta porque el tiempo aquí no fluye, se estanca como el agua podrida. El silencio no es tranquilo; es una criatura odiosa que me obliga a escuchar el zumbido de mis propios pensamientos, y créeme, ahora mismo mi cabeza no es un lugar seguro para estar.
Vikram se ha ido. Dijo algo sobre bañarse, una excusa para alejarse de esta asfixia, y no es que me hiciera falta su compañía. No es que seamos precisamente el muy comunicativos entre nosotros. Él se pierde en el brillo metálico de su navaja, afilándola hasta el cansancio, mientras yo me dedico a inventariar cada grieta del techo, cada mancha de humedad, cada sombra que se alarga. Somos dos extraños compartiendo un panteón.
Pero ahora que no está, el vacío es peor. Mis dedos no dejan de martillear la madera; mis yemas ya duelen, pero no puedo parar. Necesito ruido, necesito que algo ocurra antes de que empiece a gritarle a las paredes.
De pronto, el crujido de unas pisadas.
Mi cuerpo se tensa al instante. El pulso se me dispara, golpeando contra mis costillas. Conozco ese andar, ese ritmo pesado y seguro. Ni siquiera necesito girarme hacia la entrada de las camas para saber quién es.
—Traje algo de comida y ropa limpia —anuncia, soltando las cosas con una naturalidad que casi envidio.
—¿Algo que deba saber? —suelto de inmediato. Mi voz suena extraña, oxidada por el silencio de las últimas horas.
—El rey mandó azotar a tres comerciantes por no haber pagado la cuota mensual —dice, como quien comenta el clima.
—¿Qué ha hecho qué? —mi corazón da un vuelco. No sé si es indignación o simplemente el shock de recibir noticias del mundo exterior.
—Mandó azotar…
—Sí, David. Me refiero a, ¿eso hace? —lo corto, exasperada. El aburrimiento me ha dejado los nervios a flor de piel y sus precisiones literales me desesperan.
Él se limita a cruzar los brazos y soltar un suspiro cargado de esa paciencia que solo tienen los que no están al borde de un colapso nervioso.
—Rizel no es muy hablador, ¿cierto? —pregunta él, cambiando el rumbo de la charla con una chispa de picardía en los ojos.
—Solo me mira —respondo, recordando la tensión de compartir espacio con alguien que parece una estatua de sal.
David sonríe de lado, una expresión elocuente y casi burlona que ilumina su rostro.
—Sí, eso hemos notado.
—Creo que es mi cabello —menciono de repente, mientras mis manos, inquietas por la ansiedad acumulada, buscan la trenza mal hecha que me cuelga del hombro.
—Bueno, tienes un cabello bastante llamativo —admite él, mirándome con una amabilidad que Rizel jamás se ha molestado en mostrar.
—Pero tú no me miras así.
David se acerca y se sienta en una de las camas, justo a mi derecha. Entrelaza sus manos, adoptando una postura relajada que contrasta violentamente con mi rigidez.
—Bueno... es Rizel —dice, como si ese nombre explicara todas las anomalías del mundo.
Hago un mohín de inconformidad. El aburrimiento se está transformando en una curiosidad punzante, la única forma de escapar de mis propios pensamientos.
—¿Sabes por qué lleva esa cicatriz? —le pregunto, inclinándome hacia él.
David levanta el rostro, genuinamente curioso por mi repentino interés.
—A que eso lo hace ver guapo y elocuente, ¿eh? —suelta con una risita, tratando de contagiarme esa ligereza que tanto me hace falta en este agujero.
—Claro, elocuente —repito con una pizca de sarcasmo.
David intenta desviar la atención, pero se da cuenta rápido de que mi curiosidad es como un animal hambriento: no voy a soltar la presa. Su sonrisa, antes brillante, se apaga poco a poco y carraspea, incómodo.
—Es algo que le pasó de niño —dice al fin.
—¿Una caída? —pregunto, esperando algo mundano.
—No —elevo una ceja, exigiéndole con la mirada que continúe, pero él suspira y niega con la cabeza—. No es algo que me competa a mí decir. Pero… es algo desagradable. Creo que él debería informarte.
Casi me dan ganas de soltar un bufido de frustración ante la falta de detalles. Es el colmo: atrapada en un agujero y los únicos chismes disponibles están bajo llave. Pero lo entiendo. No es la historia de David, sino la de Vikram, así que si de verdad quiero saber qué marcó esa cara de pocos amigos, me tocará interrogar al grandote cuando regrese.
Aburrida incluso de mi propia existencia, me levanto de un salto. El movimiento es tan brusco que David se sobresalta, parpadeando confundido.
—Ven, levántate —le ordeno. No es una petición; es una necesidad de movimiento.
—¿Por qué? —pregunta, pero ya conoce mi tono.
—Solo hazlo.
De un tirón, logro que se ponga en pie. Le tomo las manos sin pedir permiso. Son suaves, casi delicadas, como si nunca hubieran tenido que aferrarse a nada para no caer. Atrapó su barbilla entre mis dedos y giro su rostro de un lado a otro, inspeccionándolo como si fuera un objeto extraño bajo una lupa.