Obsidian
Es una ironía amarga cómo el instinto de supervivencia reconoce el peligro mucho antes que la razón. Este despertar no tiene nada que ver con la bruma del cansancio que me doblegó antes; es una descarga eléctrica que me recorre la columna.
El hedor a humedad rancia golpea mis fosas nasales con la violencia de un puñetazo, y el eco estridente del metal chocando con el suelo me obliga a abrir los párpados. Intento moverme, pero el peso gélido me detiene. Estoy encadenada. Jodida mierda... mi cuerpo lo sabía incluso antes de que mis ojos lo confirmaran.
Estoy encadenada… jodida mierda.
—¡Ha despertado!
La voz llega como un eco distorsionado, una intrusión lejana que precede al sonido rítmico de unos pasos acercándose sobre el suelo de piedra. Obligo a mis ojos a recorrer el lugar, y la realidad me golpea con la fuerza de un bloque de hielo.
Estoy en una celda que parece haber sido olvidada por el tiempo y la piedad. Las paredes exudan una humedad negra y viscosa, y el frío no es solo ambiental; es una presencia física, una garra gélida que se filtra por mis poros y se enrosca en mis huesos. No hay luz, salvo por un resplandor mortecino y amarillento que se filtra desde el pasillo, revelando la suciedad acumulada de décadas: una capa de polvo y moho que recubre cada rincón como una mortaja. El aire es pesado, estancado y cargado con el olor metálico del óxido y la podredumbre. Es un espacio diseñado para anular el espíritu, un rincón apagado donde la esperanza parece morir antes de nacer.
—Es bueno saber que sigues viva, eso le encantará al rey —reconozco al hombre, es el que nos emboscó.
—¿Dónde está él?
—Lo encontrarás en un momento.
—Vikram. ¿Dónde está?
Parece divertirle y me arrepiento por preguntar por él.
—En otro lugar, en una zona dedicada para personas como él.
Muerdo mi lengua para no preguntar más.
Espero que Débora, Elena, David y los otros sepan que estamos aquí. Que se percaten de que nuestra desaparición no es un descuido, sino un rapto, y que esa certeza los ponga en marcha antes de que las sombras de esta celda nos terminen de devorar.
—Necesito que retrocedas —me solicita.
—Estoy encadenada —elevo mis muñecas—. ¿Pasa algo?
No dice nada, se guarda su inquietud. El brillo gélido de la plata se funde con las incrustaciones de obsidiana, tan negras y profundas como el vacío de esta celda. Es una advertencia silenciosa forjada en metal. Con un gesto imperativo, me indica que abandone mi cautiverio y lo hago.
—Nada de movimientos bruscos.
Mantengo mis labios sellados, permitiendo que mis ojos hagan el trabajo de reconocimiento. Mi cautiverio se limitaba a una de las celdas finales de un corredor que exuda abandono; las jaulas contiguas bostezan vacías, meros huecos de piedra y sombra donde el silencio es absoluto. Sin embargo, mi brújula interna se calibra al girar a la izquierda y me percato que hay lado derecho. Allí, la atmósfera se vuelve densa, cargada con el hedor inconfundible de la miseria humana; el rastro salino de fluidos corporales, sudor viejo y una suciedad que se siente viva en las paredes me indica que esa es la zona habitada. No soy la única prisionera de este lugar, solo la más aislada.
Un empujón brusco de mi captor me obliga a abandonar mi análisis y retomar la marcha. El contacto es un recordatorio innecesario de mi posición, pero mi atención ya ha sido capturada por las antorchas que flanquean el camino. El fuego proyecta sombras erráticas sobre la madera que sostiene las cuencas de luz, y es ahí donde lo veo, tallado con una precisión que hiela la sangre: el escudo familiar.
Es la primera vez que me permito observar nuestra heráldica grabada en el corazón de esta estructura. Ver ese símbolo, que debería representar protección, convertido en el carcelero de mi propia estirpe, me provoca una náusea que entierro bajo una capa de desprecio absoluto.
Me había convertido en una observadora obsesiva, una intrusa en mi propia casa. Mi mirada se movía con un hambre voraz por cada detalle de la arquitectura, capturando con una precisión quirúrgica las bóvedas, los relieves y la solidez de la piedra que, por derecho de sangre, me pertenece. Estaba tan absorta en reconocer los rincones de mi herencia, en reclamar visualmente el castillo de mi familia, que mi mente levantó una muralla contra la realidad inmediata.
Iniciamos un ascenso claustrofóbico por una escalera de caracol tan estrecha que el frío de las paredes parece rozar mis hombros a cada paso. El aire se vuelve más liviano a medida que subimos, pero la tensión en mi pecho solo aumenta.
Finalmente, el ascenso muere ante una puerta de madera oscura, pesada y antigua, que guarda los secretos de lo que hay más allá. Mi captor golpea la madera tres veces—un código rítmico, seco y autoritario—que recibe respuesta inmediata. Una pequeña mirilla se desliza con un chirrido metálico, y un par de ojos extraños, cargados de una vigilancia paranoica, nos observan desde el otro lado. Me sostengo firme, ofreciéndole a esa mirada anónima la misma frialdad que la piedra que me rodea.
—Abre.
No necesita más, cuando se escucha el metal del otro extremo con eco. El chirrido de las bisagras ante la humedad me indica que no le han puesto aceite.