Rizel
Golpeo las barras tres veces más, sin ningún mínimo de ceder.
—Haces demasiado ruido.
La voz de hombre ebrio que está frente a mí, con los brazos sobre las barras me mira ceñudo.
—Lamento despertarte de tu siesta de belleza.
—¡Ese tiene razón! ¡Haces mucho ruido! —grita alguien al fondo de las celdas.
Ruedo los ojos.
Golpeo la pared con el puño, más por rabia que por esperanza, y comienzo a dar vueltas en este espacio asfixiante como un animal enjaulado. He recorrido cada centímetro de piedra buscando una fisura, un punto de debilidad, pero estas malditas celdas fueron forjadas para que nadie —ni humano, ni nada que respire— logre salir de aquí por su cuenta. Es arquitectura real; hierro fundido con una pureza que solo los antiguos conocían. Me atrevería a decir que las rejas tienen esencia, una carga mágica o ancestral que vibra bajo mi tacto y que anula cualquier intento de fuerza bruta. No habrá escape, no a través de este metal.
Me detengo frente a la ventanilla, lo suficientemente alta como para recordarme mi cautiverio. La luz grisácea se filtra por la rendija: ya ha amanecido.
Aprieto la mandíbula mientras observo ese rayo de luz estéril. Espero que Débora y los demás ya hayan notado que el sitio donde deberíamos estar está vacío. Que la ausencia les queme lo suficiente como para buscarnos. Sin embargo, analizando nuestra posición desde un ángulo puramente estratégico, la realidad me golpea con la misma frialdad que el suelo: no hay un solo punto a nuestro favor. Estamos atorados en este agujero, esperando a que el enemigo mueva la siguiente pieza.
—¿Por qué estás aquí? —me inquiere el sujeto, esta vez con la cara pegada a las barras.
No digo nada, sigo buscando la manera inútil de salir.
No tengo encima mi navaja, así que no hay forma si quiera de intentar con la cerradura.
—¿Robaste licor? —insiste.
—¡Es el hijo de Elías Vikram! Lo he visto con mis propios ojos —dice uno.
La borrachera se le baja en un segundo, se yergue y me mira con ojos abiertos.
—¡No puede ser! —lo observo—. Te atrapé. ¡He encontrado a Ritel Vikram! —grita.
Bufo.
—Es Rizel, pedazo de tonto. Y no me has encontrado si seguimos aquí.
—Exigiré el dinero, yo te vi.
—¡Mentira! ¡Yo lo vi primero! ¡Esas monedas son mías!
Y el lugar se vuelve un griterío de hombres exigiendo la suma, indicando quien me vio primero y porque son merecedores.
—¡Cállense! —el rugir de una voz deja el silencio en silencio.
El hombre de frente me señala a mí y a él, y hace la seña de dinero. Ruedo los ojos.
Un hombre de la guardia Vitral se sitúa frente a mí, el mismo que nos trajo aquí.
—Luces encantador —menciona mientras busca la llave de la cerradura—. Es hora de llevarte frente al rey.
—¿Dónde está?
Se detiene un momento, y sigue con su búsqueda con un movimiento leve de cabeza.
—Qué extraño, es lo mismo que ella me ha preguntado.
Sigue viva.
—Parece que soy inolvidable —digo y él ríe sin gracia.
—¿Sabes que ella lleva esposas? —observo mis muñecas y pies libres de ellas.
—¿Qué intentas decirme?
No dice nada, solo me indica que salga de la celda. Me comenta algo de que no debo hacer movimientos bruscos o me clavará la espada. Es mi primera vez en las entrañas de este castillo, pero mientras avanzo, una sensación inquietante me recorre la columna; mis pies parecen conocer el ángulo de cada giro y la altura de cada escalón, el camino me es familiar, y no entiendo por qué.
Cruzamos varios umbrales fortificados donde los guardias no necesitan palabras para coordinarse; intercambian miradas pesadas, un código táctico que fluye entre ellos como una corriente eléctrica. Me estudian, calculando mi peligrosidad, mientras yo memorizo sus posiciones por puro instinto de combate. Sé que hemos alcanzado nuestro destino cuando la penumbra muere ante una puerta que es un insulto a la miseria de abajo: brillante, reluciente y adornada con una madera tan frondosa que parece respirar.
—¡Bienvenido!
Mi rostro retrocede ante el recibimiento jovial de rey. Esperaba de todo menos esto.
No me gusta nada.
—Por favor, adelante —insiste.
Mis ojos están fijos en su espalda, escaneando obsesivamente la tensión en sus hombros, la caída de esos rizos indomables, buscando cualquier grieta en su armadura de hielo que me indique qué demonios está pasando. Pero no obtengo un indicio; obtengo un huracán.
Sin un giro previo, sin una milésima de segundo de advertencia, se lanza hacia mí con la ferocidad ciega de un animal maldito. La sorpresa es un cortocircuito en mi cerebro; mi instinto de combate, tan afilado hace un momento, se congela ante la imposibilidad de que ella sea la agresora. No hay elegancia en su ataque, solo pura violencia desesperada. El impacto de su cuerpo contra el mío me roba el aire, y antes de que pueda alzar las manos, un golpe seco y brutal estalla contra mi mejilla. El dolor es un destello blanco que me aturde, enviando mi mundo a un espiral de confusión mientras retrocedo, tambaleándome, incapaz de comprender por qué la mujer que se suponía debía proteger me acaba de atacar.