En el rostro del heredero

CAPÍTULO 14

Narrador Omnisciente

23 años atrás…

Hubo un tiempo en que el reino de Vitrante no era una cicatriz en la memoria, sino un refugio de luz absoluta. Bajo el ala de la reina Romina y el rey Arón, la existencia fluía con una mansedumbre casi divina, superando en gracia a cualquier rincón del otro mundo. Aquel plano lejano era apenas un susurro olvidado; nadie pronunciaba su nombre, pues nadie anhelaba el exilio. Aunque las fronteras eran invisibles y los habitantes poseían el don de traspasar el velo, el deseo de partir era una semilla que no hallaba tierra donde germinar. La vida era tan plena que el horizonte no representaba una huida, sino una promesa cumplida.

Sin embargo, el destino comenzó a tejer su propia mortaja apenas unos días antes de que el heredero a la corona reclamara su primer aliento.

De pronto, la armonía se quebró con la sutileza de un cristal trizado. La flora, antes vibrante, comenzó a marchitarse en un lamento silencioso, perdiendo su color ante la mirada atónita de los jardineros. La fauna, presa de una debilidad inexplicable, buscaba el refugio de las sombras para entregarse al sueño eterno. Un presagio intangible se instaló en el aire, una vibración extraña que erizaba la piel y nublaba el juicio. Nadie lograba descifrar el origen de aquella melancolía que descendía sobre el reino, pero todos, desde el noble hasta el campesino, sentían que el mundo que conocían estaba exhalando su último suspiro de paz.

—Vamos a morir, ¿verdad?

La pregunta de su esposa, con el prominente vientre le enterneció y estrujó el corazón al rey.

—Sabes que eso puede cambiar.

Ella se negó con una rotundidad silenciosa, una firmeza que parecía nacer de las raíces mismas del mundo. En la quietud de su espíritu, habitaba una certeza gélida: el curso de la historia dependía enteramente de su voluntad. Comprendía, con una lucidez dolorosa, que no importaba cuán sinuosos fueran los senderos elegidos ni cuántos esfuerzos se hicieran para postergar la oscuridad; el mal era una marea lenta, una carcoma invisible que terminaría por devorarlo todo.

Sin embargo, en el sagrado refugio de su vientre, latía una verdad distinta. Sabía que la vida que allí se gestaba no era solo carne y sangre, sino la respuesta final a un enigma milenario. Y si para que esa luz brotara era necesario que su propia existencia se extinguiera, aceptaría el final. Su muerte no sería una pérdida, sino el precio de una nueva alborada, el último tributo para que el destino, por fin, encontrara su cauce.

—¿Ya sabe Cirio?

El rey está por responder, cuándo el repique en la puerta lo detiene. Sabe muy bien quién es, así que no pregunta y sólo abre, encontrándose con el mismo par de ojos que los de él.

—¿Por qué me has llamado, Arón? Y en tus aposentos.

—Adelante. Romina y yo debemos hablar contigo.

Cirio cruzó el umbral con el paso vacilante de quien camina sobre cristal fino, escoltado por el temor de que su secreto hubiera dejado de ser suyo. Le aterraba pensar que su hermano y su cuñada hubieran descifrado, en un descuido de su mirada, el incendio que ella provocaba en su pecho. Aquella posibilidad lo hacía estremecer, una vibración que nacía en su alma y terminaba por sacudirle los huesos.

Se había jurado a sí mismo una discreción absoluta, un exilio voluntario de la presencia de Romina. Evitaba sus ojos, sus palabras y su rastro, pues no encontraba la forma de contemplarla sin que el vacío de no poseerla le desgarrara el espíritu.

Sin embargo, tras la amargura de su deseo, residía una paz resignada. Sabía, en lo más profundo de su ser, que ella descansaba en las manos correctas. Su hermano no solo la amaba; la adoraba como a una deidad y la respetaba con una devoción que rozaba lo sagrado. En el altar de ese amor ajeno, Cirio aceptaba su propio martirio.

—¿Qué sucede? —menciona un Cirio joven.

La reina se levantó de la cama con ayuda de su esposo, ya que estaba en los últimos días para dar a luz.

Cirio, se irguió al verla. Se veía preciosa con esa bata de seda de dormir que hacía lucir su vientre y sus mejillas rosadas. Los rizos en su total esplendor la hacían ver magnifica.

—Cuándo nuestro hijo nazca tú vas a encargarte de él.

—¿Qué? —el asombro lo impactó tanto que el miedo que lo abarcó anteriormente fue reemplazado por el nerviosísimo—. ¿De qué hablas?

Arón abrazo a su esposa por los hombros cuando la vio temblar.

—Boris va a traicionarnos, hermano. Nuestro hermano.

—¿De qué hablas? —se alejó de ellos como si una fuerza imaginaria lo aventara—. ¿Qué está pasando?

—Cuando nazca nuestro hijo vas a tener que huir al otro mundo.

—¿Acaso es una burla? Mira, si desean que me vaya del castillo puedo hacerlo no necesitan que me digan cosas sin sentido.

—¡Cirio! —el rugir de su hermano lo detuvo de su caminata sin sentido—. Boris va a atraicionarnos y necesito que protejas a mi hijo.

—¡Pero por qué no lo encierras! ¿Cómo sabe eso? Hermano, están perdiendo la cabeza.

—Cirio —la voz calmante de la mujer lo hizo calmar y entender que fuera lo que estuviera pasando era grave y que su llamado en los aposentos era importante—. Tu hermano va a traicionarnos, el reino va a caer.



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Editado: 04.06.2026

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