En el rostro del heredero

CAPÍTULO 15

Rizel

Ya no quedaban sombras donde esconderse; los secretos se habían incinerado entre nosotros. Ahora ella sabía que yo era el Vigilante, y yo finalmente veía en ella a la Heredera. Esa revelación la transformó ante mis ojos; una chispa de soberbia, afilada y brillante, la recorrió de pies a cabeza, envolviéndola como una armadura de cristal.

—¿Por qué mentiste?

—No mentí.

Me acerco a ella, invadiendo su espacio hasta que me veo obligado a inclinarme para sostenerle la mirada. En ese instante, el aroma de un jabón frutal, dulce y fuera de lugar en este entorno de muerte, inundó mis sentidos, distrayéndome por un segundo de la gravedad del momento.

—Omitir información es una forma de engaño…

—Eso no suena muy convincente de los labios del Vigilante —ataca, con un sarcasmo que me obliga a retroceder un paso.

El ligero movimiento de su comisura me indica que va a disfrutar esto.

—Debemos huir.

—¿Saben ellos que eres el Vigilante? —menciona y la ignoro.

Camino al balcón, pero las puertas están selladas. Bien, era de esperarse. Si está esposada, es claro que la mantendría con mayor protección.

—Mi nombre y apellido acarrean una maldición.

—¿Dónde está él?

Me detengo y me giro a observarla.

Sé a quién se refiere.

—Me abandonó.

—¿Y tu madre?

—Asesinada.

El interrogatorio sobre mi procreador parece morir ahí, en ese punto de no retorno. Reanudo mi inspección y me acerco al ropero de caoba; al abrirlo, me sorprende la cantidad de mantas acumuladas. Es entonces cuando me permito observar la alcoba con detenimiento. Es tan imponente como la estancia donde yo me encontraba, pero hay algo diferente, algo que palpita bajo la superficie.

—Es mi alcoba —menciona ella—. La alcoba del heredero.

Entonces noto los detalles. Detrás de la pintura desgastada por el tiempo y el descuido, se pueden ver los rastros de una vida que debió ser luminosa: el cuidado en las molduras, el amor en los acabados y esos tonos pastel que se resisten a desaparecer bajo la mugre. Es una cápsula de tiempo de una infancia que le fue robada.

Mis ojos bajan a sus muñecas. Están enrojecidas, la carne viva empieza a asomarse por el roce constante del metal. Sin pensar, tomo sus manos entre las mías. Espero que las retire con hastío, que me golpee o me escupa, pero para mi sorpresa, me permite sostenerlas. Se queda quieta, permitiéndome examinar el daño que el orgullo de su linaje le está causando.

—Estuvimos esperándote —susurro, y las palabras parecen quedar suspendidas en el aire, cargadas con el peso de años de exilio, de planes trazados en la oscuridad y de hombres que dieron su último aliento pronunciando un título que ella ahora porta con desdén.

Sus ojos, afilados y carentes de la devoción que yo esperaba encontrar, se clavan en los míos. No hay emoción en ellos, solo una fijeza analítica que me hace sentir pequeño bajo mi propia máscara.

—No sirvo de nada atada —responde ella, y su voz es un latigazo de realidad que corta el misticismo de mi declaración.

—Si sólo nos hubieras dicho.

—Eso no cambia nada.

—¿No? —la acerco a mí—. Eres el maldito heredero. Tu debes estar sentada en ese trono, no aquí.

Suspira y se aleja.

De espaldas, su cabello cae en una cascada implacable, una marea de oscuridad que parece absorber la escasa luz de la estancia y robarse, por derecho propio, toda la atención de la habitación. Está enfundada en un vestido dorado, una tela que fluye como oro líquido. El contraste es violento y hermoso a la vez: el brillo de la realeza contra la sombra de la rebelde. En esa espalda erguida, envuelta en seda y sombras, se adivina la fuerza de un linaje que se niega a ser enterrado. Ya no es solo la prisionera con las muñecas en carne viva; es la imagen viva de la corona que Boris intentó destruir.

—Esperan un él, a alguien que esté dispuesto a morir —gira y mira un punto sin fijo—. Pero solo soy una chica del otro mundo, no tengo ni idea de cómo llevar un reino. Si llego a matar a Boris, ¿qué se supone que haré después de eso?

—Debemos comunicarnos con los Líderes.

Sacude su cabeza para despejar su rostro.

—El maldito quiere hacerme su esposa —escupe ella, y las palabras salen cargadas de un odio tan puro que parece quemar el aire entre nosotros—. Soy su propia sobrina, su sangre, y el malnacido pretende sentarme a su lado. Qué retorcida debe estar su cabeza para siquiera concebir esa aberración.

Instintivamente mi rostro se retrae ante el asco.

—No sucederá eso —quiero trasmitirle la convicción de mis palabras—. No podrás quitarte eso.

—Ya lo sé.

—No, me refiero a las esposas. No podrás quitarte eso porque tienen esencia —corrijo, bajando la mirada hacia el metal que aprieta sus muñecas—. Crees que usaría unas esposas comunes.



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Editado: 20.07.2026

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