En el rostro del heredero

CAPÍTULO 16

Obsidian

El repiqueo de un sonido rítmico y constante —metálico, gélido, irritante— taladra mis sienes hasta arrancarme de la negrura. Lo primero que registro es una textura alfombrosa contra mi mejilla. Un gemido rasga mi garganta cuando intento moverme. Un dolor extraño y punzante recorre mi espalda, como si mis músculos hubieran olvidado cómo sostener mi peso tras la parálisis. Me quema la columna, pero esa misma agonía es la que enciende de nuevo la chispa de mi consciencia.

Lucho contra la pesadez de mis párpados hasta que la vista se aclara. Frente a mí, recortado contra una luz incierta, hay alguien que aguarda en silencio, observando mi retorno a la vida con una paciencia que me pone los pelos de punta.

Me obligo a incorporarme. Cada fibra de mi cuerpo protesta, pero mi voluntad se impone sobre la carne herida. Me yergo centímetro a centímetro, tragándome el dolor, hasta que mis ojos encuentran los suyos.

Es Vikram.

—Buen día, Rizos.

Bueno, nada ha cambiado, seguimos en el carruaje, y parece que él y lleva despierto un rato.

—¿A dónde nos llevan?

—Al límite.

Me despabila aquello.

—Cómo lo sabes — y me da esa mirada de: conozco este lugar como la palma de mi mano, incluso puedo escuchar su estúpida voz en mi cabeza.

La noche se niega a morir, extendiéndose sobre el mundo como un manto de terciopelo pesado y asfixiante. A través de la ventana del carruaje, la luna reina en su máximo esplendor, una esfera de marfil herido que arroja una claridad irreal sobre el paisaje. No hay bruma, no hay neblina que oculte la fealdad de lo que ocurre; solo una nitidez cortante, una luz de plata fría que se filtra en el interior y nos deja expuestos.

—¿Qué parte del límite? —mi voz suena ronca, pero firme, cargada de una sospecha que se me enrosca en el pecho.

Al pronunciar esas palabras, algo se quiebra en la máscara de Vikram. Observo cómo su rostro se tensa, cómo la seguridad granítica que lo define se desmorona para dar paso a una desconfianza primaria. Sus ojos buscan desesperadamente algo más allá del cristal, recorriendo el paisaje con una urgencia que me hiela la sangre.

Él no lo sabe.

Esa realización es más poderosa que cualquier arma: el hombre que debería tener todas las respuestas está tan a ciegas como yo. El depredador ha caído en una trampa que no reconoce. El miedo intenta apoderarse de mis nervios, pero lo aplasto con una convicción salvaje.

El carruaje se detiene con una sacudida que hace crujir la madera. El silencio que sigue es sepulcral, roto solo por el latido desbocado de mi corazón, que golpea contra mis costillas con la fuerza de un martillo.

—Sáquenlos —la orden llega desde fuera, fría y definitiva.

No hay ruego en mi mirada mientras las puertas se abren. Me preparo para el impacto del exterior, apretando los dientes contra el dolor de mi espalda y el fuego de mis muñecas. La puertecilla en la caja se abre, dejando ver las penumbras de una luna triste a nada de desaparecer.

—Parece que tu partida será más rápida, voy a disfrutarlo —susurra el hombre que nos lanzó esa toxina que nos noqueó.

Golpeo su nariz con la punta de mi zapatilla, el crujir de su tabique fue tintineo apenas perceptible, lo empujo para salir del carruaje.

—Tranquila —la guardia Vitral está rodeándome.

La oscuridad del bosque nos traga en cuanto ponemos un pie fuera del carruaje. Es un laberinto de troncos retorcidos y sombras que parecen cobrar vida bajo la luz de esa luna implacable. No reconozco este lugar. Es un territorio salvaje, ajeno, y por la forma en que Vikram escudriña la espesura —con esa mirada errática que capté hace apenas unos instantes—, me queda claro que él está tan ciego como yo. Estamos perdidos en un mapa que nadie ha dibujado.

Siento unos dedos de hierro cerrarse sobre mi hombro y soy jalada con una brusquedad que hace que mis vértebras crujan. El dolor en mi espalda, ese incendio que me despertó, se intensifica con el tirón.

Un chillido de agonía nace en mi garganta, pero me lo trago. Lo muerdo hasta que el sabor a sangre inunda mi boca. No les daré el placer de escucharme.

Al recuperar el equilibrio, me encuentro de frente con Boris.

Su presencia es una mancha de oscuridad absoluta en medio del bosque. El odio que le profeso se convierte en algo físico, una vibración que recorre mis muñecas heridas y me devuelve la fuerza que el sedante intentó robarme. Me obligo a sostenerle la mirada.

Él cree que me tiene, que este bosque es su escenario de triunfo, pero su propio guardia dudaba hace un segundo. Su control es una fachada de cristal.

Me mantengo erguida, con la barbilla en alto y los ojos inyectados en una furia que no necesita palabras. Si Boris espera ver a una mujer quebrada por el arrastre, le toca esperar.

—Eres una maldita hierba mala —menciona con las cejas fruncidas a más no poder.

La piel de rey encantador desaparece dejando en vista a su verdadero rostro. Luce envejecido, el odio de su mirar lo recubre todo y frunzo el ceño ante esta nueva imagen.



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Editado: 23.09.2026

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