En ésta no

Lo que no se puede ocultar

Enith:

Mi pequeña había nacido tres días antes de la fecha de parto, tras verla por primera vez sentí que el mundo podría caerse y no importaba con tal de poder sostenerla en mis brazos, no me importaba Adley, ni mis padres ni mucho menos Fiorella, sólo importaba Rachele, el nombre que habíamos decidido ponerle, porque había que reconocer que Amirov se había ganado ese derecho a pulso.

- No puedo dejar de verla, siento que podría pasarle algo si la dejo de ver ‒dice él sin apartar la vista de ella, dormía tranquila tras comer, no podía evitar sonreír como idiota al verlo ser tan tierno con ella, era impresionante ver a ese hombre tan imponente, de mirada fría y serio, ser tan dulce y desbaratarse por cualquier cosita que hiciera, era hermoso de ver.

 

Amirov:

Me había despertado al no sentirla a mi lado, al abrir los ojos la vi cerca de la cuna, estaba de espaldas y mecía a Rach, justo como lo había imaginado, incluso traía esa bata dorada, y no pude más, sabía que no podría contener más estos sentimientos y que no era justo hacerla pasar por todo esto.

- Se durmió de nuevo ‒me sonríe tras dejarla en su cuna, me había puesto de pie y caminado hacia ellas.

- Enith, ya no puedo más, necesito decirte algo ‒eso parece ponerla nerviosa.

- ¿Qué pasa?, ¿te sientes mal? ‒me mira, sus ojos comienzan a llenarse de lágrimas‒, ¿vas a pedirme el divorcio? Eso es, ¿verdad? ‒se cubre el rostro comenzando a llorar, la abrazo con fuerza.

- No, Dios no Enith, lo que quiero decir es que ya no puedo seguir escondiendo lo mucho que te amo y que quiero que seamos un matrimonio de verdad ‒beso su cabeza, ella alza la cabeza, lo primero que veo es sorpresa y después una enorme y preciosa sonrisa.

- ¿De verdad? Oh Amirov, me estaba volviendo loca porque creí que estaba faltando a nuestro acuerdo, me fue imposible no enamorarme de ti y pensé que me habías descubierto y querías el divorcio porque no querías cargar con mis emociones y yo ‒sostengo suave su rostro y la beso, quería hacerle entender que la amaba, que saber que ella sentía lo mismo me volvía el hombre más feliz de este mundo.

- Mandemos ese contrato al demonio cara, no me importa ‒susurro sobre sus labios, ella asiente.

- Ese trato me gusta mucho más ‒sonríe inocente, la pega más a mí y la beso con amor y deseo.




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