El sol iluminaba en todo su esplendor, era otro día rutinario y agotador de escuela en la estación de primavera. Iba tarde, como se me hizo una mala costumbre, corriendo en mi camino a tomar el autobús de siempre.
Tenía el tiempo medido, el calor era insoportable y el uniforme escolar no ayudaba en absoluto, ¡Tú puedes con otro día más, Abril! Me animaba mentalmente sin parar hasta detenerme a beber un poco de agua antes deshidratarme en lo que esperaba el autobús pasar.
Bebí un poco hasta notar a un pequeño cachorro chillar debajo mío, sediento en la calurosa banqueta, fue que, sin evitarlo, mirando sus ojos oscuros, su pelo blanco, quebradizo y esponjoso, se me enterneció el corazón y decidí darle agua en el recipiente donde llevaba mi comida para el almuerzo sin arrepentimientos, aunque mi mamá después se quejará al respecto.
El pequeño cachorro bebió sin parar, como si tuviera días sin tomar siquiera una gota de agua, lo acaricié un poco en lo que llegó mi autobús, notando que no llevaba placa alguna, y era una pequeña, no pequeño, siendo seguramente de la calle, preguntándome dónde estaría su demás familia. Sin saber que ese día sería el día en donde te conocería y llegarías a mi vida y que, con una simple acción, formaría parte de la tuya.
Cada día después de que nuestros mundos se encontrarán, aparecías en el mismo lugar, debajo del cártel de la parada de autobús en el inmenso sol, pareciendo esperarme por un poco de agua. Y yo cada día que te veía, te cuidaba a mi manera al comprarte comida, yéndome satisfecha al verte comer por la ventana del autobús dirigiéndome a mi destino. Con el paso del tiempo, fuiste creciendo, tu pelo comenzó a aumentar y a hacerse gris al ensuciarse, y, aun así, seguías esperando atentamente debajo del sol. Esperando por mí con el mismo recipiente a un lado tuyo, moviendo fuertemente tu pequeña cola al acercarme y así, sentir tu calidez.
Fue así durante toda esa primavera, hasta pasar la época de lluvias y al presenciar tu ausencia, me había dado cuenta de que me había encariñado sin planearlo con tu presencia. Me había acostumbrado a verte y me preguntaba si estabas bien, si estabas a salvo en un lugar cálido y si tu pequeño estómago se había llenado, si recibías el amor y la compañía que tanto merecías.
Te perdí absolutamente el rastro hasta que un día sin esperarlo, te encontré de casualidad al hacer las compras semanales en donde mi corazón se alegró, me emocionó el hecho de verte, aunque esta vez, con el pelo húmedo, luciendo en tu cuello un pequeño listón rosa desgastado y cuando me acerqué, pareció que te alegraste al reconocerme. Estabas buscando comida en la basura y tus costillas se marcaban, por lo que me apresuré a comprarte comida rápidamente en la inmensa fila del supermercado. Los minutos pasaban y pasaban, hasta perder la noción del tiempo, siendo seguramente más de lo que quisiera, la lluvia había regresado con todas sus fuerzas y mi preocupación aumentó, sentí un gran pesar en el pecho al imaginarme el frío, hambre y soledad que pudiste pasar en todo este tiempo que pareció eterno, apachurrándome el corazón.
Cuando por fin logré pagar y correr lo más rápido que pude, cargando la bolsa de tela con las cosas que quería darte, un pequeño suéter, recipientes para comida y comida de cachorro, me encontré una escena que juraría que jamás olvidaría al verte completamente empapada en la lluvia helada y creciente, esperándome sentada en la salida con el recipiente a un lado tuyo que ese día que te conocí te di. Solté a llorar y a abrazarte en la lluvia sin importarme nada más que darte esa calidez que tanto necesitabas y que tanto había necesitado yo en mi vida, mi llanto incrementó al sentir tu frágil y débil cuerpo que, a pesar de todo, habías sobrevivido por tu cuenta a tu manera, teniéndome presente. Me lamiste sin parar y tus ojos brillaban al verme, chillando desconcertada. Fue en ese momento en que decidí darte oficialmente la bienvenida a mi vida y que quería pasar cada segundo de la tuya a tu lado, era definitivo, te cuidaría y protegería hasta el final. Esa fue una prueba de vida y el comienzo de una nueva, juntas.
Nos teníamos mutuamente, cuidé de ti, de tu salud, aspecto y comodidad, hasta que tus malos hábitos que eran normales por la edad como ensuciar y morder por doquier, molestaban a mi mamá amenazándome en darte en adopción y obligándote a dormir en el frío patio hasta comportarte, eso hasta que llegaba la medianoche e iba al rescate por ti, dejándote dormir en mi cama, haciéndose una costumbre.
Eras un caos andante y eras un cachorro problemático, fueron días de desvelos, rasguños, mordidas y regaños hasta que nos acostumbramos a ti y tú te acostumbraste a nosotras. Te vi crecer poco a poco, hasta que creciste más y más, teniendo siempre presente tu gusto por el sol, la calidez que sentía al tenerte entre mis brazos se sentía de tal magnitud, así que así decidí llamarte, "Sol". Mi pequeña y brillante Sol.
Tenía que alternarme el cuidarte, cumplir con mis responsabilidades y pendientes al solo ser mi mamá y yo en ese pequeño departamento. Era bastante duro porque estudiaba y trabajaba de medio tiempo para mantenerte al ser un requerimiento para tenerte, siendo una prueba a mi madurez de la cual, aunque al principio me sentía insegura de ser capaz, al verte tan feliz, llena de vida, energía y emoción en cada paseo al parque, cada juguete nuevo que tenías, cada noche de desvelo en mis estudios y que me esperabas para ir a dormir, quedándote siempre a mi lado, valía totalmente la pena el esfuerzo y el sacrificio.
Cada vez te conocía más, tus gustos, tu comida preferida siendo curiosamente el pescado, tu carácter fuerte, tu miedo a los ruidos fuertes en donde corrías a ocultarte en la ropa de mi armario y donde siempre te quedabas hasta tranquilizarte, abrazándote mientras dormías y te sostenía en mis brazos. Tu aspecto cambió y parecías más un pequeño oso, lleno de muchísimos bigotes pareciendo un conejo, siendo una extraña combinación de distintos animales. Comías mucho, eras muy energética y noble con otros al pasear, era divertido ver tus huellitas hacerse rositas al lavarse en los días de lluvia en donde ya no pasábamos debajo de esa inmensa lluvia, sino que ambas compartíamos un mismo techo, cobija y calidez en un lugar llamado "Hogar", nuestro hogar.
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Editado: 05.02.2025