La pregunta regresó mientras se lavaba los dientes.
Inés levantó la vista hacia el espejo y se encontró con su propia cara cubierta de espuma, el pelo recogido de cualquier manera y una expresión que no parecía particularmente atormentada. Se quedó mirándose un momento, como si esperara encontrar ahí alguna explicación para la estupidez que se le había ocurrido durante la caminata.
No encontró ninguna. Escupió, abrió la llave y se enjuagó la boca mientras desde el dormitorio llegaba la voz de Javier. Estaba acostado revisando el teléfono y comentaba que Pascal acababa de avisar que habían llegado bien y que Julieta ya se había comido, según su hermana, la mitad de las cosas destinadas al cumpleaños del día siguiente.
—Tu hija —dijo Inés desde el baño.
—Cuando come es mi hija.
—Conveniente.
—Cuando ordena su pieza también.
Inés apagó la luz y entró al dormitorio. Javier había dejado su lado de la cama preparado para ella, levantando una esquina del plumón. Era una tontera, uno de esos gestos mínimos que hacía desde hacía años y en los que Inés rara vez se detenía a pensar. Se sacó el pantalón y lo dejó sobre una silla.
—¿Vas a dejar eso ahí?
—Sí.
—Después alegai que la pieza está desordenada.
—Mañana lo guardo.
—Voy a tomar una foto como evidencia.
—Sácala. La voy a negar.
Javier sonrió y dejó el teléfono sobre el velador. Inés se metió en la cama y él se acercó casi de inmediato, le pasó un brazo por la cintura y le dio un beso en el hombro antes de subir lentamente hacia el cuello.
—Tenemos la casa sola —murmuró.
—Me había dado cuenta.
—Lo digo por si necesitabas información contextual.
Inés soltó una risa y se volvió hacia él. Lo besó esperando, quizás, encontrar algo que explicara la sensación de la caminata, pero no había nada extraño en su cuerpo. Ningún rechazo ni incomodidad. Le gustaba su olor, la barba áspera contra su cara y la manera en que Javier la acercaba cuando quería sentirla más cerca.
Después de tantos años conocía ese cuerpo casi tan bien como el suyo. Sabía cómo tocarlo y cómo le gustaba que la tocara; había una familiaridad entre ellos que no necesitaba demasiadas instrucciones y que, sin embargo, todavía era capaz de sorprenderla.
—Te extrañé esta semana —dijo Javier contra su boca.
Inés le acarició la nuca.
—Si vivimos juntos.
—Igual.
Ella sonrió.
—Yo también.
Y era verdad. Eso era lo más desconcertante.
Hicieron el amor sin que Inés tuviera que fingir ganas, entusiasmo ni placer. Después quedaron desordenados entre las sábanas, con Javier respirando todavía un poco más rápido y ella apoyada sobre su pecho mientras él le acariciaba distraídamente la espalda.
—Esto de mandar a las niñas a dormir afuera tiene potencial —dijo.
—Qué romántico.
—Siempre he sido un poeta.
—Una sensibilidad impresionante.
—Gracias.
Inés se rio y cerró los ojos. Durante unos minutos estuvo simplemente bien ahí, escuchando el corazón de Javier debajo de su oreja y sintiendo cómo su respiración se hacía cada vez más lenta. Supo que se estaba quedando dormido cuando la mano que recorría su espalda dejó de moverse.
Levantó la cabeza con cuidado y lo miró. Dormido parecía más joven, o quizás era solamente que dejaba de fruncir el ceño. Se apartó despacio para no despertarlo y se acomodó de su lado. Javier hizo un ruido incomprensible, buscó el plumón medio dormido y siguió respirando profundamente.
Fue entonces cuando la pregunta regresó.
¿Qué estoy haciendo yo aquí?
Inés cerró los ojos con fuerza y soltó el aire.
—Qué hueá —susurró.
Se dio vuelta, decidida a dormir. No quería pensar, mucho menos esa noche, porque no encontraba nada que justificara aquella pregunta. Habían pasado una tarde preciosa, había disfrutado estar con Javier, se habían reído, habían caminado de la mano y acababan de hacer el amor. Si alguien le hubiera pedido que identificara qué estaba mal en ese preciso instante, probablemente no habría sabido qué responder.
Entonces, ¿qué mierda estaba preguntando?
Volvió a acomodarse y miró la espalda de Javier. Estaba a menos de medio metro de ella. Inés estiró una mano y apoyó los dedos sobre su piel, sintiendo el movimiento suave de su respiración.
Él estaba ahí.
Eso era precisamente lo que habían querido durante tanto tiempo.
Cerró los ojos y, aunque demoró bastante en conseguirlo, finalmente se quedó dormida.
A la mañana siguiente despertó sola. Miró la hora y descubrió que eran poco más de las nueve. Durante algunos segundos no recordó que las niñas estaban fuera y sintió esa alarma automática de los domingos en que nadie había aparecido todavía a pedir desayuno, un cargador, permiso, dinero o ayuda para encontrar algo que, por supuesto, estaba exactamente donde Inés había dicho que estaba.