En esta Vida

Capítulo 3

Inés permaneció sentada frente al mar bastante más tiempo del que había planeado.

Después de la frase no ocurrió nada más. Esperó unos minutos, aunque no habría sabido explicar qué esperaba exactamente, y terminó sintiéndose ridícula por hacerlo. El mar continuó entrando y saliendo con la misma indiferencia de siempre, la mujer del perro desapareció hacia el estacionamiento y una familia llegó cargando sillas, bolsos y una cantidad de cosas que parecía excesiva para pasar unas horas en la playa.

Inés volvió a cebar el mate.

Estaba frío.

—La hueá —murmuró.

Vació el agua, guardó el termo y se quedó un momento con las manos apoyadas sobre las piernas. Ya no sentía sal en ellas. Tampoco se movía el suelo bajo sus pies ni escuchaba madera crujiendo. El estómago estaba perfectamente bien después de las galletas y, si no fuera porque recordaba con absoluta claridad lo que acababa de experimentar, habría sido fácil convencerla de que no había pasado nada.

Se puso de pie, se sacudió la arena del pantalón y caminó hacia el auto.

Durante el trayecto de regreso intentó ordenar lo ocurrido con la misma lógica que usaba cuando recibía un animal en urgencias y el tutor llegaba diciendo que no sabía qué había pasado, que cinco minutos antes estaba bien y que de pronto había empezado a respirar raro. Primero se observaban los hechos. Después se descartaban las explicaciones más simples. Recién entonces tenía sentido ponerse creativo.

Había dormido poco. Había desayunado poco. Estaba cansada. Llevaba semanas con turnos intensos y probablemente más estrés del que estaba reconociendo. Había pasado la noche anterior pensando una estupidez que la había dejado incómoda y esa mañana se había ido sola a la playa con una predisposición emocional poco habitual.

Todo eso podía explicar una sensación extraña.

Incluso podía explicar la frase.

El cerebro hacía cosas bastante más raras que inventar una oración.

Lo único que no lograba acomodar era la precisión física de aquellos segundos. No había imaginado simplemente que estaba en otro lugar. Durante un instante había sabido que estaba de pie. Había sentido el movimiento bajo los pies, el peso tirando de su brazo, la sal en las manos y el viento golpeándole la cara de una manera distinta a la que lo hacía en la playa.

No había visto prácticamente nada.

Eso, curiosamente, era lo que más la molestaba.

Si hubiera tenido una imagen completa —un barco antiguo, una mujer con vestido largo, una costa lejana— habría podido acusar inmediatamente a su imaginación de ponerse creativa. Pero no había una escena. Había un cuerpo.

Su cuerpo.

Y no era su cuerpo.

Inés apretó las manos sobre el volante.

—Dormiste como el hoyo —dijo en voz alta—. Eso pasó.

La explicación sonó bastante convincente dentro del auto.

Decidió quedarse con ella.

Cuando llegó a casa, Javier ya no estaba. Encontró un mensaje avisando que había ido a buscar a las niñas y que pasarían a comprar algo para almorzar. Inés respondió con un corazón, dejó el bolso sobre una silla y llevó el termo a la cocina.

La casa estaba silenciosa.

Abrió la llave para lavar el mate y, cuando el agua le cayó sobre las manos, se quedó quieta.

La sensación no volvió.

Movió los dedos bajo el chorro.

Nada.

—Ya, Inés.

Cerró la llave con más fuerza de la necesaria y dejó el mate secándose.

Quince minutos después escuchó el auto de Javier y la puerta principal se abrió casi inmediatamente.

Julieta entró primero.

—Mamá, la Antonia vomitó.

Inés cerró los ojos.

La normalidad había regresado.

—Hola, hija. Qué lindo verte también.

—Hola. La Antonia vomitó.

—Eso entendí.

Pascal apareció detrás cargando una mochila, una bolsa con ropa y la expresión resignada de quien llevaba demasiado tiempo escuchando la misma historia.

—No fue para tanto.

Julieta se dio vuelta.

—¡Vomitar siempre es para tanto!

—Había comido como tres kilos de cosas.

—No fueron tres kilos.

—Era una forma de hablar.

—Entonces habla bien.

Javier entró con dos bolsas de comida.

—¿Podemos dejar el informe clínico de Antonia para después de almorzar?

—Mamá es veterinaria —dijo Julieta—. Le interesa.

—Antonia no es un perro —respondió Pascal.

—También atiende gatos.

Pascal la miró durante dos segundos.

—A veces me preocupa que compartamos ADN.




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