En esta Vida

Capítulo 4

La hoja permaneció doblada en el bolsillo del delantal hasta el final del turno.

Inés la sintió varias veces durante la tarde. No necesitaba tocarla para recordar que estaba ahí, pero cada vez que metía la mano en el bolsillo buscando un lápiz, una tijera o el teléfono, sus dedos tropezaban con el papel y la imagen regresaba: una mano que no reconocía sujetando algo doblado y un nombre que no pertenecía a nadie de su vida.

Manuela.

A las siete y media decidió que estaba haciendo el ridículo.

Había visto una mano durante menos de un segundo. El nombre podía haber salido de cualquier parte. Una paciente, una apoderada del colegio, alguien mencionado en una conversación, una actriz, una noticia leída sin atención. El cerebro almacenaba cantidades absurdas de información que después aparecían sin invitación. Eso no convertía cada pensamiento espontáneo en un misterio.

Terminó una ficha, revisó las indicaciones de los animales hospitalizados y fue a cambiarse. Carla estaba sentada en una banca del vestidor quitándose las zapatillas.

—Tienes cara de que te atropellaron a ti.

—Gracias.

—De nada.

Inés abrió su casillero.

—¿Cómo quedó el del edema?

—Estable. Nico ya dejó todo anotado.

—¿Y la gata?

—Comió.

—¿Sola?

—Sí.

—¿Cuánto?

Carla dejó de desamarrarse un zapato y levantó la vista.

—Inés.

—¿Qué?

—Ándate.

—Estoy preguntando cuánto comió.

—Y yo te estoy diciendo que te vayas a tu casa. Llevo diez horas contigo y estás empezando a preguntarme cosas que puedes leer mañana.

Inés la miró un momento y después cerró el casillero.

—Qué poco compromiso.

—Terrible. Buenas noches.

—Chao.

—Y come.

—Sí, mamá.

Carla levantó el dedo medio sin mirarla.

Inés salió riéndose.

Apenas llegó al estacionamiento sonó su teléfono. Vio el nombre de Josefina en la pantalla y contestó mientras abría el auto.

—Hola, hueona.

—¿Estás trabajando?

—Saliendo.

—Perfecto, porque necesito que alguien me explique por qué acepté una reunión a las ocho de la mañana con seis hombres que creen que Excel es una personalidad.

Inés dejó el bolso en el asiento del copiloto.

—Porque eres gerenta y te pagan una cantidad obscena de plata para soportarlos.

—No es suficiente.

—Nunca es suficiente.

—Hoy uno me explicó mi propio presupuesto.

—Qué amable.

—Veinticinco minutos, Inés. Con gráficos.

—Quizás pensó que te ayudaría.

—Te voy a cortar.

Inés se rio y encendió el auto. Josefina siguió hablando mientras ella salía del estacionamiento, describiendo con indignación creciente una reunión que, por lo que Inés entendía, había terminado exactamente como Josefina había dicho que terminaría antes de que comenzara.

Hablar con ella siempre tenía algo de continuidad. Podían pasar dos días sin llamarse y retomar una conversación como si hubieran hecho una pausa para ir al baño. No necesitaban ponerse al día formalmente ni preguntar primero cómo estaba la otra. Las cosas importantes terminaban apareciendo en algún momento, generalmente entre una puteada y una historia que no tenía ninguna relación.

—¿Y tú? —preguntó Josefina cuando terminó de desahogarse—. ¿Cómo estuvo el zoológico?

—Pesado. Tuvimos de todo.

—¿Algún humano mordido?

—Nico casi pierde un dedo.

—Entonces buen día.

—Bastante.

Inés dobló hacia la avenida principal.

Podía contarle.

La idea apareció con tanta facilidad que durante unos segundos estuvo segura de que lo haría. Josefina era probablemente la persona a la que podía decirle que había sentido un barco debajo de los pies y escuchado una frase imposible sin que eso cambiara absolutamente nada entre ellas.

Abrió la boca.

—Jose...

—¿Qué?

Inés dudó.

—Nada. Se me olvidó.

—Mentira.

—¿Qué?

—No se te olvidó.

—¿Y tú cómo sabes?

—Porque te conozco desde que teníamos dieciséis años y cuando se te olvida algo dices “chucha, se me olvidó”. Cuando no quieres contarme una hueá dices “nada, se me olvidó”.




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