El sábado Inés despertó esperando algo.
No lo reconoció de inmediato. Se levantó, fue al baño y puso agua a calentar mientras revisaba los mensajes que habían llegado durante la noche. Pascal había mandado al grupo familiar un video de un baterista tocando una canción que Inés no conocía; María había enviado a las siete y doce de la mañana una fotografía de David desayunando con la frase «tu papá dice que este pan está espectacular», información cuya urgencia nadie se habría atrevido a cuestionar; y Josefina había escrito cerca de las dos preguntando si seguía despierta.
Inés respondió primero a su madre con un corazón, después abrió el video de Pascal y finalmente escribió a Josefina.
Obviamente a esa hora estaba durmiendo, anciana.
La respuesta llegó antes de que terminara de preparar el café.
Yo también te quiero.
Inés sonrió y dejó el teléfono sobre la mesa.
La casa todavía estaba silenciosa. Javier dormía y las niñas no daban señales de vida. Se sentó junto a la ventana con la taza entre las manos y, sin proponérselo demasiado, pensó en la carta.
Esperó.
Nada.
Intentó recordar la mesa de madera, la vela, aquella mano recorriendo el papel. La imagen regresó, pero era solamente el recuerdo de lo que ya había visto. Lo supo de inmediato. No tenía la intensidad física de las otras veces ni esa extraña certeza de estar experimentando algo que no pertenecía a su vida.
Pensó en Manuela.
Después en Buenos Aires.
Nada.
—Ya po —murmuró.
La ausencia de respuesta le produjo una irritación tan inmediata que tuvo que reírse de sí misma.
Dos días antes estaba buscando explicaciones neurológicas para convencerse de que no se estaba volviendo loca y ahora estaba sentada en la cocina esperando que su cerebro volviera a hacer exactamente aquello que la había asustado.
Tomó café y decidió dejar de intentarlo.
No funcionó.
Mientras preparaba desayuno pensó en Manuela. Mientras doblaba ropa pensó en la carta. Cuando entró a la ducha se preguntó desde dónde habría querido viajar aquella persona y, mientras se lavaba el pelo, empezó a enumerar mentalmente lugares desde los que alguien podría haber emigrado a Buenos Aires.
España.
Italia.
Alemania.
Francia.
Podía ser cualquier parte.
También podía ser ninguna.
Quizás Buenos Aires no tenía relación con un viaje. Quizás Manuela vivía ahí. Quizás la carta venía desde ahí. Quizás todo era una construcción que su cabeza estaba armando con dos palabras y una imagen.
Cuando salió de la ducha, Javier estaba sentado en la cama mirando el teléfono.
—¿Qué quieres hacer hoy? —preguntó.
Inés se secó el pelo con la toalla.
—Nada.
—Excelente panorama.
—¿Tú?
—Tengo que pasar un rato por la universidad.
—Es sábado.
—Gracias por avisarme.
—De nada.
Javier dejó el teléfono y la miró.
—Después podríamos almorzar afuera con las niñas.
—Ya.
—O hacer algo en la tarde.
—Ya.
—Qué entusiasmo.
Inés le lanzó la toalla.
—Estoy pensando.
—Eso nunca termina bien.
Ella sonrió y empezó a vestirse.
La frase de la caminata seguía ahí, pero había perdido espacio desde la aparición de las imágenes. Inés se dio cuenta de aquello mientras buscaba una polera y la constatación la incomodó. Había ido a la playa porque una pregunta sobre su propia vida no la dejaba tranquila y, apenas apareció algo más extraño e interesante, había conseguido desplazarla.
Quizás era exactamente lo que estaba haciendo.
Distraerse.
Cerró el cajón con más fuerza de la necesaria.
—¿Qué? —preguntó Javier.
—Nada.
Él la miró durante un segundo.
—Estás diciendo mucho «nada» últimamente.
Inés se volvió hacia él.
El comentario no había sonado acusatorio. Javier incluso sonreía un poco. Aun así, sintió la necesidad de defenderse.
—Estoy cansada.
—Ya.
—¿Qué significa ese ya?
—Significa ya.
—No, ese fue un ya de otra cosa.
Javier soltó una risa.
—¿Ahora tengo categorías de ya?
—Obvio.