Inés despertó antes que Javier.
Durante algunos segundos permaneció inmóvil, tratando de entender por qué la pieza le resultaba extraña, hasta que reconoció las cortinas de su madre y recordó que estaban en Santiago. Javier dormía de espaldas a ella, ocupando más espacio del que le correspondía, y desde algún lugar de la casa llegaba el ruido apagado de una puerta que se abría y cerraba.
Buscó el teléfono.
Eran las siete y dieciocho.
La nota seguía abierta en la pantalla.
“Cuando eu falte, esta casa será túa.”
La leyó otra vez.
La noche anterior había conseguido contenerse porque estaba cansada, porque todos dormían y porque todavía podía convencerse de que buscar inmediatamente habría sido una forma de contaminar lo que recordaba. A esa hora de la mañana, después de varias horas de sueño y con la frase intacta frente a ella, el argumento empezó a parecerle menos convincente.
No necesitaba buscar a Carmela.
Podía buscar las palabras.
Eso no rompía la regla.
Inés abrió Google y escribió eu túa idioma.
Los resultados aparecieron casi inmediatamente.
Gallego.
Se quedó mirando la pantalla.
No era una revelación espectacular. Inés sabía que el gallego existía, por supuesto. Probablemente había escuchado hablarlo alguna vez en televisión o en algún video. Sabía que se hablaba en Galicia y que tenía semejanzas con el portugués. Nada de eso era información inaccesible para una mujer adulta con educación universitaria.
Aun así, nunca habría podido construir deliberadamente aquella frase.
Buscó cada palabra por separado.
Eu: yo.
Túa: tuya.
El corazón empezó a latirle más rápido.
Volvió a la nota y leyó la frase completa.
Cuando yo falte, esta casa será tuya.
—Chucha —susurró.
Javier se movió.
Inés bloqueó el teléfono por reflejo y esperó, pero él siguió durmiendo.
Se levantó, se puso un chaleco sobre el pijama y salió del dormitorio. La casa estaba fría. Encontró a David en la cocina preparando café.
—¿Qué haces despierta?
—Buenos días para ti también.
—Son las siete y media.
—Tú estás despierto.
—Yo soy viejo.
—Buen punto.
David le acercó una taza.
—¿Café?
—Sí.
Inés se sentó mientras su padre cortaba pan. Lo observó moverse por la cocina con una tranquilidad que contrastaba con el hombre que recordaba de su adolescencia, cuando cada gesto suyo había parecido contener la posibilidad de que algo ocurriera.
Durante años había prestado atención a la manera en que respiraba.
A los silencios demasiado largos.
A una mano sobre el pecho.
A cualquier cambio de color en su cara.
Ahora David discutía con una bolsa de pan que no quería abrirse y lo único que parecía estar en riesgo era su paciencia.
—Tu mamá compró esta cuestión porque dice que mantiene el pan fresco —dijo.
—¿Y lo mantiene?
—No sé. No puedo sacar el pan.
Inés se rio y tomó la bolsa.
—Dame.
—Yo puedo.
—Llevas como cinco minutos.
—Dos.
—Papá.
David se la entregó.
Inés encontró el cierre y abrió la bolsa en pocos segundos.
—Listo.
—Estaba malo.
—Obvio.
Él sacó dos panes.
—No le digas a tu mamá.
—¿Qué cosa?
—Que no pude abrir la bolsa.
—Voy a llamarla ahora mismo.
—Traición.
Inés sonrió.
La escena era tan cotidiana que por un momento consiguió olvidar lo que acababa de descubrir. Bebió café mientras David preparaba el desayuno y le contaba que el día anterior Andrés había vuelto a dejar el auto casi sin bencina, una costumbre que aparentemente seguía siendo motivo de indignación familiar aunque Andrés llevara años viviendo solo.
—Ese cabro cree que el auto funciona con buena voluntad.
—Déjalo.
—Después queda botado y llama.
—A mí.
David la miró.
—Porque tú le contestas.