Durante los días siguientes, Inés descubrió que esperar un recuerdo era una excelente manera de conseguir que no ocurriera ninguno.
El lunes llevó el cuaderno en el bolso al hospital. No porque esperara necesitarlo, se dijo, sino porque ya había comprobado que anotar varias horas después podía alterar los detalles. La explicación era razonable y suficientemente profesional como para no admitir que había empezado a sentir una especie de expectativa cada vez que una palabra, un olor o una imagen le resultaban vagamente familiares.
No pasó nada.
El martes tampoco.
El miércoles se sorprendió mirando las manos de una mujer mayor que esperaba en recepción con un poodle envuelto en una manta. La piel era fina, llena de manchas, y durante un segundo Inés creyó que algo iba a ocurrir. No ocurrió absolutamente nada y se sintió tan estúpida que entró al box antes de que Paula pudiera preguntarle por qué estaba mirando fijamente a una clienta.
A la hora de almuerzo, Tomás encontró el cuaderno sobre la mesa.
—¿Diario de vida?
Inés se lo quitó antes de que alcanzara a abrirlo.
—Sí. Hoy voy a escribir sobre ti.
—Pon que soy guapo.
—Estoy escribiendo ficción, no fantasía.
Carla soltó una carcajada desde el microondas.
—Esa dolió.
Tomás se llevó una mano al pecho.
—Acoso laboral.
—Denuncia —dijo Paula desde la puerta—. Pero después de las cuatro porque antes estoy ocupada.
—Nadie me valora en este lugar.
—Correcto —respondió Carla.
Inés guardó el cuaderno en el bolso.
Le gustaba que su vida siguiera siendo exactamente esa. Le gustaba poder pasar de una conversación sobre una posible vida anterior a discutir cinco minutos después si un gato necesitaba hospitalización. La normalidad no había perdido peso porque algo extraordinario estuviera ocurriendo; si acaso, se había vuelto más importante.
El miércoles por la noche Javier llegó tarde. Inés estaba en la terraza fumando y revisando mensajes cuando escuchó la puerta. Él apareció unos minutos después con la corbata suelta y una expresión agotada.
—No quiero hablar con ningún ser humano por las próximas doce horas.
Inés levantó la vista.
—Hola, mi amor.
—Tú no cuentas.
—Qué romántico.
Javier se inclinó para besarla antes de sentarse.
—¿Tienes cigarro?
Inés le pasó la cajetilla.
Javier fumaba muy poco, generalmente cuando había tenido un día especialmente pesado. Encendió uno, dio una calada y cerró los ojos.
—Estoy viejo para esta hueá.
—¿Qué pasó?
—Todo.
—Específico.
Él empezó a contarle. Un problema con una acreditación, un docente que había cambiado una evaluación sin avisar y una reunión que se había extendido casi dos horas porque nadie quería tomar una decisión. Inés lo escuchó mientras terminaba su propio cigarro.
Cuando Javier hablaba así, ella sabía cuándo intervenir y cuándo dejarlo descargar. Lo había aprendido durante años. Había preguntas que lo ayudaban a ordenar lo ocurrido y otras que solo conseguían que se irritara más. Sabía cuándo estaba pidiendo una opinión aunque no la pidiera y cuándo simplemente necesitaba que alguien confirmara que el resto del mundo era, efectivamente, incompetente.
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó cuando terminó.
Javier se encogió de hombros.
—Mañana hablar con ellos de nuevo.
—¿Y si no resulta?
—Tendré que decidir yo.
—Entonces decide tú desde ahora.
Él la miró.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque no me corresponde tomar esa decisión solo.
Inés dejó de mover el pie.
Javier siguió hablando, sin notar nada.
—Puedo tener una opinión, pero hay otras personas involucradas. Si decido por todos porque creo que tengo razón, después el problema es mío.
La frase produjo una pequeña incomodidad que Inés no consiguió identificar.
No era una memoria.
Era algo más cercano a un pensamiento que no alcanzó a formarse.
—¿Qué? —preguntó Javier.
—Nada.
Él sonrió.
—Otra vez.
Inés lo miró.
—¿Otra vez qué?
—Nada.
Por un instante creyó que iban a discutir. No sabía siquiera por qué. Javier apagó el cigarro y estiró una mano hacia ella.
—Ven.