El viernes, Inés volvió a la playa.
No había ocurrido nada nuevo desde el supermercado y se esforzó por convencerse de que eso no tenía relación con la decisión de ir. Había salido temprano del hospital, Javier tenía una reunión hasta tarde, Pascal estaba en música y Julieta en vóleibol. Tenía casi dos horas completamente suyas antes de tener que recoger a Julieta, y la playa era una opción perfectamente razonable para ocuparlas.
Eso se dijo mientras llenaba el termo en la cocina del hospital.
Carla la vio guardar el mate en el bolso.
—¿Te vai de paseo?
—A la playa.
—Qué envidia.
—Tengo dos horas.
—Con dos horas yo dormiría.
—Porque no tienes espíritu.
—Tengo sueño, que es más útil.
Inés cerró el bolso.
—Nos vemos el lunes.
—Si el universo quiere.
—No digas hueás.
—Tú eres la que anda con un cuaderno secreto.
Inés se detuvo.
—No es secreto.
—Entonces muéstralo.
—Chao, Carla.
La risa la acompañó hasta el pasillo.
Durante el trayecto estuvo tentada de llamar a Josefina, pero decidió no hacerlo. Habían hablado la noche anterior y, aunque le había contado la memoria del supermercado, omitió deliberadamente la última línea que había escrito en el cuaderno.
Yo no sé qué quiero saber.
No porque fuera especialmente íntima. Josefina conocía cosas bastante más vergonzosas sobre ella. No se la había contado porque todavía no entendía qué significaba.
Llegó a la playa, estacionó y caminó hasta encontrar un lugar que le gustara. Había más viento que la primera vez y tuvo que sujetarse el pelo varias veces antes de rendirse y amarrarlo con un elástico que encontró en el bolso.
Se sentó.
Preparó el mate.
Miró el mar.
Y esperó.
Lo supo desde el primer minuto.
Había ido a esperar.
No a descansar, ni a mirar el agua, ni a aprovechar sus dos horas libres. Había ido porque una parte de ella estaba convencida de que el mar podía devolverle a Carmela.
Inés bebió un sorbo y miró hacia el horizonte.
—Ya po.
Nada.
Esperó un poco más.
Intentó pensar en otra cosa, pero era imposible no darse cuenta de que estaba intentando pensar en otra cosa, lo que convertía el ejercicio en una estupidez circular. Pensó en el hospital. En la presentación de Pascal. En que Julieta necesitaba rodilleras nuevas. En el almuerzo del fin de semana anterior. En Javier.
Volvió a mirar el agua.
Nada.
Sacó una galleta.
Una gaviota apareció a una distancia prudente.
—Ni lo sueñes.
La gaviota se acercó un poco.
—Ya tuvimos esta conversación.
Otra apareció detrás.
Inés levantó la galleta.
—Esto es hostigamiento.
Las dos siguieron observándola.
—Busquen trabajo.
Se comió la galleta entera bajo la mirada acusadora de ambas y sonrió.
El viento estaba helado, pero el sol alcanzaba a entibiarle la cara. Se acomodó mejor dentro de la chaqueta y tomó otro mate.
Nada ocurrió.
Después de unos veinte minutos empezó a molestarse.
No con Carmela, porque eso habría implicado aceptar una serie de cosas para las que todavía no estaba preparada. Se molestó con ella misma por haber convertido una tarde libre en una especie de cita con algo que ni siquiera sabía nombrar.
—Qué hueona —murmuró.
Guardó el teléfono dentro del bolso.
Si no iba a pasar nada, al menos podía disfrutar de la playa.
Y lentamente, casi a pesar suyo, lo hizo.
Miró a una pareja intentar sacarse una fotografía mientras el viento les destruía el pelo. Vio a un perro correr detrás de una pelota y perderla dos veces porque calculaba mal la trayectoria. Terminó las galletas, tomó mate y durante varios minutos consiguió no pensar en Carmela.
La ausencia dejó de parecerle un fracaso.
Eso la sorprendió.
Estaba ahí porque quería estar.
Aunque no ocurriera nada.
Aunque volviera a casa exactamente con las mismas preguntas con las que había llegado.
La idea era tan sencilla que Inés sonrió.
Quizás podía hacer eso más seguido.