En esta Vida

Capítulo 10

La lluvia empezó esa misma noche.

Primero fueron unas gotas aisladas contra las ventanas y después un sonido continuo que llenó la casa. Inés se despertó cerca de las tres porque tenía frío y descubrió que Javier se había llevado casi todo el plumón. Tiró de él con cuidado, no consiguió moverlo y terminó dándole un empujón.

—Javi.

Él gruñó algo.

—Dame plumón.

Javier se movió sin despertar completamente y liberó una parte.

—Ladrón de mierda —murmuró Inés.

—Mmm.

—Encima te haces el hueón.

Javier volvió a quedarse quieto.

Inés se acomodó y cerró los ojos, pero la lluvia no la dejó dormirse de inmediato. Le gustaba escucharla cuando estaba adentro. Había algo agradable en saber que afuera hacía frío mientras ella estaba tibia, acostada junto a alguien que conocía desde hacía tantos años que podía insultarlo medio dormida y recibir como respuesta un ruido incomprensible.

Se acercó a Javier.

Él reaccionó por costumbre y levantó el brazo para que ella apoyara la cabeza.

Inés sonrió en la oscuridad.

Eso también era su matrimonio.

No solamente las infidelidades, las separaciones, las conversaciones mal terminadas o las preguntas que ahora se le aparecían sin permiso. También era aquello: buscarse dormidos. Saber qué lado de la cama ocupaba el otro. Reconocer el sonido de sus pasos entrando a la casa. Poder adivinar por la forma en que dejaba las llaves si había tenido un mal día.

A veces pensaba que las personas hablaban de las relaciones como si estuvieran hechas exclusivamente de grandes decisiones, cuando en realidad gran parte de amar a alguien consistía en acumular miles de cosas tan pequeñas que terminaban pareciendo parte de una misma.

Volvió a dormirse pensando que al día siguiente probablemente no recordaría haber pensado nada de eso.

La mañana fue caótica.

La lluvia seguía cayendo y Julieta anunció cinco minutos antes de salir que necesitaba llevar un material al colegio que nadie había escuchado mencionar antes. Pascal no encontraba un cuaderno y Javier había dejado el computador cargando en el dormitorio cuando ya estaba poniéndose la chaqueta.

—¿Qué material? —preguntó Inés.

—Una botella.

—¿Una botella de qué?

—Vacía.

—Eso no es un material, Julieta.

—La profe dijo una botella vacía.

Javier apareció con el computador bajo el brazo.

—Hay una en reciclaje.

—Tiene que estar limpia.

—La lavamos.

—Y seca.

Inés miró la hora.

—La secamos.

—¿Cómo?

—Con un paño, hija. La humanidad ha resuelto problemas más complejos.

Pascal entró a la cocina.

—¿Alguien vio mi cuaderno negro?

—¿Cuál negro?

—El negro.

—Excelente descripción.

—Mamá.

—¿Lo buscaste en tu mochila?

—Sí.

—¿En tu pieza?

—Sí.

—¿En el living?

Pascal se quedó pensando.

—Creo.

—Eso significa que no.

Javier sacó una botella del reciclaje.

—Trabajo en una universidad y siento que este es el problema más complejo que voy a resolver hoy.

—Porque tus estándares son bajos —dijo Inés.

Entre los cuatro consiguieron salir de la casa con todo lo necesario, aunque Pascal encontró el cuaderno finalmente debajo de un cojín y Julieta decidió que la botella estaba demasiado arrugada justo cuando Javier ya tenía la puerta abierta.

Inés se quedó sola después de que se fueron.

Miró la cocina.

Había una taza sobre la mesa, migas en la cubierta y una silla mal puesta. El silencio posterior al caos siempre le producía una sensación extraña, como si la casa todavía conservara la velocidad de quienes acababan de salir.

Tenía turno de tarde.

Podía volver a acostarse.

En cambio empezó a ordenar.

Recogió la taza de Javier, guardó el pan y limpió la cubierta. Cuando terminó, miró alrededor y pensó que había hecho exactamente lo que hacía siempre: borrar las huellas del movimiento para que todo estuviera listo cuando regresaran.

La idea no tenía nada de extraordinario.

Aun así, dejó el paño.

Preparó café y se sentó.

La casa podía esperar.

A las once la llamó Josefina.




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