En esta Vida

Capítulo 11

Durante varios días Inés no volvió a abrir el cuaderno.

No fue una decisión consciente. Simplemente lo dejó en el bolso después de aquella noche y la vida se encargó de llenarle las horas con cosas bastante más concretas que una mujer gallega preparando un viaje a Buenos Aires.

Pascal tenía que ensayar para la presentación de la escuela de música y había decidido que necesitaba hacerlo también en casa, lo que significaba que la batería se escuchaba desde prácticamente cualquier habitación. Julieta tenía un partido el sábado y había descubierto que las rodilleras nuevas no mejoraban mágicamente su rendimiento, injusticia que procesaba culpando alternativamente al entrenador, a sus compañeras y al piso del gimnasio. Javier estaba preparando una reunión importante en la universidad y llegaba varias noches con el computador bajo el brazo, cenaba con ellos y después seguía trabajando en la mesa del comedor.

La casa estaba llena.

Inés agradecía eso.

El miércoles llegó del hospital cerca de las ocho y encontró a Javier cocinando.

Se detuvo en la puerta de la cocina.

—¿Qué pasó?

Él se volvió.

—Hola.

—¿Por qué estás cocinando?

—Porque los seres humanos necesitamos alimentarnos.

—Sí, pero tú estás cocinando.

—Puedo cocinar.

Inés miró la sartén.

—¿Qué es?

—No sé todavía.

—Ah.

—La receta decía una cosa, pero tomé algunas decisiones creativas.

—Ese es exactamente el motivo por el que no cocinas.

Javier levantó la cuchara.

—Confía en el proceso.

—Esa frase nunca antecede nada bueno.

Julieta estaba sentada en la mesa haciendo una tarea.

—Yo le dije que pidiéramos pizza.

—Gracias por el apoyo —dijo Javier.

—Todavía podemos.

—Traidores.

Inés dejó el bolso sobre una silla y se acercó a mirar.

—No se ve mal.

—Gracias.

—Tampoco dije que se vea bien.

Javier le dio un beso en la mejilla.

—Ándate.

Inés sonrió y fue a cambiarse.

Cenaron los cuatro porque Pascal llegó justo cuando Javier estaba sirviendo. La comida resultó sorprendentemente buena y él exigió reconocimiento formal de su talento durante el resto de la cena.

—Una vez —dijo Pascal.

—¿Qué?

—Te resultó una vez.

—Eso basta para demostrar capacidad.

—No funciona así la ciencia —dijo Inés.

—Directora de escuela ahora.

—Director.

—No por mucho si sigues hablando.

Javier levantó las manos.

—Ambiente hostil.

Inés se rio.

Después, mientras guardaban las cosas, Javier puso música desde el teléfono y empezó a moverse exageradamente frente al lavaplatos.

—No —dijo Inés.

—¿Qué?

—Eso no es bailar.

—Estoy bailando.

—Estás teniendo un episodio neurológico.

Julieta apareció desde el pasillo.

—Papá, qué vergüenza.

—En esta casa nadie aprecia el arte.

Pascal asomó la cabeza.

—Por favor detente.

Javier siguió solo para molestarlas.

Inés terminó riéndose tanto que tuvo que apoyarse en la cubierta.

Esa noche, acostada junto a él, recordó la fotografía del matrimonio en la que Javier supuestamente bailaba. Pensó en la cantidad de años contenidos entre esa imagen y la cocina de hacía unas horas.

No estaba viviendo una vida triste.

La idea llegó con una claridad que no necesitaba discusión.

No estaba atrapada en una casa donde nadie la quisiera. Javier no era un hombre del que necesitara escapar. Sus hijas estaban bien. Ella tenía un trabajo que amaba, amigos, familia, una casa que le gustaba y momentos en los que se reía hasta que le dolía la guata.

Entonces la pregunta era todavía más incómoda.

¿Por qué seguía apareciendo aquella sensación?

No quiso responder.

Se acercó a Javier y se durmió.

El viernes por la tarde, Josefina la llamó cuando salía del hospital.

—Voy a Concepción en dos semanas.

—¿Por qué?

—Qué amorosa.




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