El problema de decidir no buscar el año fue que, desde ese momento, Inés no pudo dejar de pensar en el año.
El domingo despertó con la palabra Asturias dando vueltas en la cabeza y una necesidad absurda de tomar el teléfono. No necesitaba ni siquiera escribir una búsqueda completa. Bastaban dos palabras y probablemente tendría la respuesta en segundos. El conocimiento estaba ahí, disponible, y ella había decidido voluntariamente no tocarlo.
Era una forma de tortura bastante estúpida.
Se levantó antes que los demás y fue a la cocina. Preparó café, abrió una ventana y se quedó un rato mirando el patio todavía húmedo por las lluvias de los días anteriores. Juanito apareció desde el pasillo, saltó a una silla y luego a la mesa con la seguridad de quien jamás había reconocido autoridad humana.
—Bájate.
Juanito la miró.
—Sabes perfectamente que no puedes estar ahí.
El gato se sentó.
—No vamos a negociar.
Juanito parpadeó lentamente.
Inés lo tomó y lo dejó en el suelo. Él esperó exactamente tres segundos antes de volver a subir.
—Hueón.
—No le digas hueón a mi gato.
Pascal apareció envuelta en una manta.
—Tu gato es un hueón.
—Es sensible.
—Está arriba de la mesa.
Pascal lo tomó en brazos y Juanito empezó a ronronear inmediatamente.
—¿Viste? Sensible.
—Interesado.
Pascal se sentó con el gato encima.
—¿Por qué estás despierta tan temprano?
—Porque soy adulta y tengo responsabilidades.
—Es domingo.
—Mi cuerpo no sabe.
—Triste.
Inés le mostró el dedo del medio.
Pascal sonrió y apoyó la cara sobre Juanito.
—¿Vas a hacer desayuno?
—Pensaba disfrutar diez minutos de paz, pero llegaste tú.
—Ya, pero después.
—Sí.
—Panqueques.
—No abuses.
—Con manjar.
—Ándate.
Pascal no se fue.
Poco después apareció Julieta y la posibilidad de silencio desapareció por completo. Javier fue el último en levantarse y, cuando entró a la cocina, encontró a Inés preparando panqueques mientras Pascal ponía música y Julieta intentaba convencerla de que agregar chips de chocolate a la mezcla era una decisión nutricionalmente válida.
—Esto parece una familia funcional —dijo Javier.
—No te emociones —respondió Inés.
Él se acercó por detrás y le dio un beso en el cuello.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Dormiste bien?
Inés dudó apenas.
—Sí.
Javier abrió el refrigerador.
—¿Tenemos jugo?
—Puerta.
—No hay.
—Segunda repisa.
—No veo.
Inés dejó la espátula.
—Javier, está literalmente frente a ti.
Él movió una botella.
—Ah.
Pascal miró a su madre.
—No sé cómo llegó a director.
—Contactos —dijo Inés.
—Envidia —respondió Javier.
La mañana siguió con esa facilidad doméstica que a Inés siempre le había gustado. Desayunaron tarde, discutieron qué hacer durante el día y terminaron decidiendo no hacer nada juntos porque Pascal quería ir a casa de Damián, Julieta había sido invitada a un cumpleaños e Inés necesitaba comprar algunas cosas.
Javier la miró mientras ella guardaba los platos.
—Podríamos almorzar afuera después.
—¿Nosotros?
—Sí. Las criaturas tienen vida social.
—Ya.
—¿Ya sí o ya no?
—Ya sí.
Javier sonrió.
—Excelente. Una cita.
—No exageres.
—Voy a reservar.
—Son las once de la mañana.
—Soy un hombre organizado.
—No encontraste el jugo que estaba frente a tu cara.
—Son competencias distintas.
Inés se rio.
A la una estaban solos.
Fueron a un restaurante que conocían hacía años. No tenía nada especial y precisamente por eso les gustaba. Javier pidió lo mismo de siempre, Inés cambió de opinión tres veces antes de ordenar y terminaron compartiendo una entrada que él había asegurado que no quería.