Inés decidió contarle a Javier el viernes. Lo decidió el jueves por la noche, mientras él dormía a su lado, y volvió a decidirlo el viernes por la mañana mientras preparaban desayuno. No tenía sentido seguir ocultándolo. No estaba haciendo nada malo, no había una razón concreta para excluirlo y, después de haberse pasado media noche preguntándose por qué no podía hablar con él, la única respuesta razonable era intentarlo.
El problema fue encontrar el momento. A las siete y cuarto Julieta derramó leche sobre la mesa. Pascal anunció que Damián probablemente se quedaría a comer porque tenían que avanzar en una canción, información que aparentemente no requería consulta previa, y Javier descubrió que una reunión que creía a las nueve era a las ocho y media.
—Me tengo que ir —dijo, mirando el teléfono.
—¿Ahora?
—En diez minutos.
—¿No llevas a la Juli?
Javier se quedó quieto.
—Chucha.
Julieta levantó la vista.
—¿Qué?
—Nada.
—Dijiste chucha.
—No escuchaste.
—Sí escuché.
—Entonces no preguntes.
Inés se rio.
—Yo la llevo.
—¿Puedes?
—Sí.
—¿Segura?
—Javi, trabajo a las diez.
Él se acercó y le dio un beso rápido.
—Gracias.
—Me debes una.
—Anotado.
—No anotas nunca nada.
—Por eso te tengo a ti.
La frase era una broma, Inés lo sabía. Había escuchado versiones parecidas durante años y probablemente ella misma había hecho chistes equivalentes. Aun así, algo en su cuerpo reaccionó: no fue una memoria, sino una molestia pequeña, difícil de explicar.
—No —dijo.
Javier, que ya estaba buscando las llaves, la miró.
—¿Qué?
Inés estuvo a punto de dejarlo pasar.
—No me tienes para acordarme de tus cosas.
Él se quedó quieto un segundo.
—Era una talla.
—Sé que era una talla.
—Ya.
No había enojo en su voz, solo desconcierto. Inés respiró.
—Perdón. Me sonó mal.
Javier se acercó.
—¿Estás enojada conmigo?
—No.
—¿Segura?
—Sí.
Él la miró un instante más.
—Ya.
Le dio otro beso, esta vez más lento.
—Nos vemos en la noche.
—Ya.
La puerta se cerró.
Pascal apareció desde el pasillo con la mochila.
—¿Qué fue eso?
—Nada.
—Sonó a algo.
—Tienes colegio.
—Qué manera de evadir conversaciones.
Inés la miró.
Pascal sonrió.
—Me voy.
El momento para contarle a Javier, evidentemente, no había sido ese. Tampoco apareció en la tarde. Él le escribió que tendría una cena con gente de la universidad que había olvidado por completo. Inés respondió con un insulto y recibió un corazón de vuelta.
Cuando salió del hospital, decidió que podía esperar hasta el sábado.
No quería contarle por mensaje ni iniciar una conversación de ese tamaño a medianoche. Quería hacerlo bien. Sentarse con él, explicarle desde el principio y darle tiempo para pensar que su esposa había perdido la cabeza antes de mostrarle el cuaderno.
La decisión la tranquilizó: no estaba evitando la conversación, solo esperando un buen momento. El sábado despertó con esa certeza todavía intacta.
Javier llevó a Julieta a vóleibol y Pascal salió a música. Inés aprovechó de ordenar algunas cosas y, cuando quedó sola, encontró el cuaderno dentro del bolso.
Lo sacó y pensó en dejarlo preparado sobre el velador para acordarse de hablar con Javier, pero terminó abriéndolo y leyendo las últimas páginas.
1908.
La palabra ya no parecía tan impresionante como dos días antes, quizás porque había tenido tiempo de acostumbrarse o porque el cerebro tenía una capacidad sorprendente para normalizar incluso lo imposible.
Pasó las páginas hacia atrás.
Carmela había empezado como una sensación en la playa. Después una mano, una carta, Manuela, Buenos Aires, Galicia, una madre, una decisión, Vigo, un barco.
Inés tomó el teléfono. No buscó nada: abrió el chat con Josefina.