Josefina llegó a Concepción dos semanas después con una maleta pequeña, un computador, dos botellas de vino y la convicción de que aquello constituía equipaje suficiente para cualquier situación. Inés la esperaba afuera de la casa cuando bajó del auto.
—¿Eso es todo?
Josefina miró su maleta.
—Voy por dos días.
—Trajiste dos botellas.
—Precisamente.
Se abrazaron. Josefina olía a perfume, carretera y café, e Inés sintió la familiaridad inmediata de tenerla ahí, como si las semanas o meses entre una visita y otra fueran apenas una interrupción.
—Estás más flaca —dijo María desde la pantalla del teléfono cuando Josefina apareció accidentalmente en una videollamada esa misma tarde.
—Hola, tía.
—¿Estás comiendo?
Josefina miró a Inés.
—Tu mamá me está atacando.
—Bienvenida a mi vida.
—Jose, ven —gritó Julieta desde el living—. ¡Trajiste algo!
Josefina se volvió hacia Inés.
—Qué interesada tu hija.
—Aprendió de su padre.
Javier apareció desde el pasillo.
—Escuché eso.
—Era la idea.
Josefina lo abrazó con cariño.
—¿Cómo estai?
—Sobreviviendo.
—¿A qué?
—A esta familia.
—Pobrecito.
—Gracias. Alguien me entiende.
—No dije que te creyera.
Javier se rio. La llegada de Josefina convirtió la casa en algo todavía más ruidoso. Julieta quiso mostrarle su pieza aunque la conocía perfectamente; Pascal apareció desde la escuela de música con Damián y exigió que escuchara una grabación, y Juanito se instaló sobre la maleta antes de que Josefina alcanzara siquiera a llevarla al dormitorio.
—Mira —dijo ella—. Todavía me ama.
Pascal levantó al gato.
—Ama la maleta.
—No destruyas esto.
Juanito había sido regalo de Josefina cuatro años antes, cuando Pascal cumplió nueve. Entonces era un gato pequeño, desproporcionado y lleno de energía; ahora era un animal naranjo considerablemente más ancho que seguía comportándose como si cualquier superficie disponible le perteneciera.
—Está gordo —dijo Josefina.
—No está gordo —respondió Pascal—. Está macizo.
—Es una lavadora con patas.
—Jose.
—Un refrigerador emocional.
Pascal se llevó a Juanito indignada e Inés se rio.
Aquella noche cenaron todos juntos. Damián se quedó porque nadie se molestó siquiera en fingir que aquello necesitaba autorización. Javier abrió una de las botellas de vino y Josefina contó una historia sobre la reunión que había tenido ese día, imitando a uno de los gerentes con suficiente precisión como para que Inés terminara llorando de risa. Durante varias horas Carmela no existió, y eso también le gustó. No quería que aquella historia se apoderara de todo.
Después de cenar, Pascal y Damián se encerraron a escuchar música, Julieta se fue a acostar y Javier anunció que tenía sueño.
—Viejo —dijo Josefina.
—Tengo cuarenta y cinco.
—Exactamente.
—Tú tienes cuarenta y tres.
—Pero los llevo mejor.
Javier la miró.
—Buenas noches, Jose.
—Buenas noches, viejito.
Él besó a Inés antes de irse.
—No se tomen todo.
—No prometo nada.
Cuando quedaron solas, llevaron las copas a la terraza. Inés encendió un cigarro y Josefina la observó durante un momento.
—Ya.
—¿Qué?
—Muéstrame.
Inés supo inmediatamente a qué se refería.
—¿El cuaderno?
—Sí.
—Pensé que venías a verme a mí.
—También.
—Interesada.
—Muchísimo.
Inés fue a buscarlo. Josefina lo recibió con una seriedad que no había mostrado hasta entonces y pasó las primeras páginas lentamente, leyendo fechas, anotaciones y correcciones. De vez en cuando levantaba una ceja o volvía hacia atrás.
—Hueona.
—¿Qué?
—Esto es mucho más de lo que me habías contado.
—Te conté casi todo.
—No es lo mismo escucharlo por teléfono que verlo escrito.
Llegó a la página de 1908 y pasó el dedo sobre la anotación.