En Esta Vida Te Protegeré - Series de Ceos Arrepentidos

1. Prólogo - Donde el tiempo se rompe

La noche olía a lluvia antes de que cayera. Una humedad espesa flotaba en el aire, como si el mundo contuviera el aliento, preparándose para algo inevitable. Las luces del hospital parpadeaban con un zumbido casi imperceptible, como si también quisieran desvanecerse junto a ella.

—¿Por qué tuviste que meterte...? —La voz de Ren Kamil Hiro estaba rota, más allá del enojo, al borde del llanto.

Sangre, demasiada, sobre su camisa, sobre el suelo, sobre sus manos. Pero lo que más le dolía era el silencio que venía de ella.

Ella... La chica a la que nunca había podido decirle que la miraba desde lejos. A la que había ignorado con la misma torpeza con la que los cobardes intentan protegerse del amor.

Ella, que ahora yacía en sus brazos, con los labios entreabiertos, como si quisiera decir algo… pero no tenía fuerzas.

—No debía ser así —susurró, apretando los dientes, como si pudiera revertir el destino con pura voluntad —No ahora… no cuando por fin te encontré otra vez.

Sus ojos la buscaron con desesperación. Pero los de ella estaban vidriosos, opacos. Una lágrima descendía por la comisura de su ojo. No parpadeaba, no lo veía.

Ren apretó su cuerpo contra el suyo, ignorando el dolor en sus costillas, ignorando las sirenas que ya no llegarían a tiempo. Solo quería mantenerla caliente, solo quería retenerla un poco más.

El reloj del pasillo marcaba las 22:02.

Y en ese minuto, el mundo se quebró.

Porque nada volvería a tener sentido.

La traición había sido perfecta.

Ella, arrastrada por la “mejor amiga” en la que más confió. El plan orquestado con precisión, una herencia, un secreto de familia, una muerte encubierta. Lo que nadie esperaba… era que ella lo descubriera todo.

Y menos aún, que muriera protegiendo a alguien más.

A él, porque aunque nunca lo supo, aunque nunca se lo dijo, lo había amado. En silencio. Desde aquella primavera en la universidad donde sus caminos se cruzaron por primera vez.

Y ahora estaba muerta, Ren no durmió esa noche, ni la siguiente.

Dejó de comer. Dejó de hablar. Solo se sentaba frente a la lápida de mármol blanco que llevaba su nombre. A veces llevaba flores, a veces no, a veces hablaba, o a veces simplemente lloraba.

Pero ese día… el mundo decidió darle una segunda oportunidad.

El dolor comenzó como una presión en el pecho. Un latido desbocado, como si el corazón no supiera en qué tiempo debía estar. Se sujetó el pecho, el entorno giraba. El cielo se fragmentó como un espejo roto. Una voz que no era suya, ni humana, ni terrenal, lo llamó por su nombre. Y entonces… oscuridad, silencio, un suspiro, y luz.

Despertó bruscamente, jadeando. Las sábanas blancas de algodón, el techo familiar del dormitorio masculino de la residencia universitaria. El sonido de una alarma antigua, ese pitido insoportable que recordaba de sus años de estudiante.

Se incorporó de golpe. El sudor empapaba su cuello, sus dedos temblaban, miró alrededor.

La habitación no tenía los cuadros modernos de su apartamento. Ni los documentos sobre el escritorio, ni los rastros de la vida adulta.

No. Eso era... el pasado literalmente.

Saltó de la cama y corrió hacia el espejo del baño. Su reflejo le devolvió la mirada, más joven, sin cicatrices, con el cabello desordenado de sus años universitarios.

Su corazón se detuvo un instante. Volvió, volvió. ¡Volvió!

Y con un grito ahogado, se dejó caer de rodillas.

—Volví… —susurró —Dios… ¿por qué? ¿Cómo? — Y entonces lo recordó todo.

Ella, la chica silenciosa, que pasaba desapercibida. La que todos ignoraban, pero que siempre estaba ahí, sentada tres hileras detrás de él, con los apuntes perfectos y la mirada perdida.

La misma a la que nunca tuvo el valor de hablarle como realmente quería.

La que había amado… hasta el último latido. La que murió protegiéndolo.

La universidad bullía con vida.

Era primavera. El mismo día en que ella había llegado tarde a clase por la lluvia, con el cabello pegado al rostro y los zapatos mojados. Ese día en que él la vio y pensó que había algo especial en su tristeza. Pero no hizo nada, solo observó desde su trono de arrogancia. Esta vez no.

Ren caminó por los pasillos como si pisara una mina cada cinco pasos. Todo estaba como antes, las risas, los rostros, los mismos profesores. Las mismas traiciones escondidas bajo sonrisas falsas.

Y entonces la vio, frente al edificio de Humanidades, con el cabello suelto, los hombros encorvados y la mirada hacia el suelo, sola como siempre. Y hermosa. Su garganta se cerró. Ella estaba viva.

Viva… cruzó la distancia sin pensar, se detuvo a solo unos pasos. Ella no lo vio. Estaba demasiado concentrada en sus propios pensamientos. Él extendió una mano, pero la retiró antes de tocarla.

¿Qué debía decirle? ¿Qué se le dice a alguien que murió? ¿Qué se le dice cuando volvés en el tiempo con el alma hecha pedazos?

Solo pudo susurrar su nombre una vez.

Ella levantó la vista, sorprendida. Sus miradas se cruzaron.

Por un segundo, creyó que lo reconocía.

Pero ella frunció el ceño, se dio vuelta… y se alejó.

Ren se quedó allí, con el corazón latiendo tan fuerte como esa última noche.

Ella no lo recordaba. Pero él sí.

Y esta vez… no iba a dejarla ir.

Y aunque solo unas clases compartían, no dejaría que ella sufriera nuevamente los acosos escolares, no esta vez.

No, esta vez no se quedaría observando como un completo idiota cobarde, fingiendo que nada pasaba mientras ella cargaba con el desprecio ajeno. No permitiría que los mismos comentarios, las risas disimuladas, los empujones "accidentales", los murmullos en los pasillos la rompieran por dentro como aquella primera vez.

Recordaba demasiado bien cómo se sentaba al final del aula, tratando de no hacer ruido, cómo se encogía cada vez que alguien pronunciaba su nombre con burla o cómo evitaba levantar la mano aunque supiera la respuesta correcta. Ella, que tenía tanto para dar, se fue apagando lentamente, como una vela ignorada en medio de la tormenta.




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