En Esta Vida Te Protegeré - Series de Ceos Arrepentidos

2. El Primer Día otra vez

El sonido de la alarma cortó el silencio con una violencia insoportable. Ella entreabrió los ojos, desorientada. La habitación estaba inundada por una luz tibia, tenue, filtrada por las cortinas baratas de flores que conocía demasiado bien. Sus pulmones se llenaron de aire lentamente, y por un segundo pensó que era solo un recuerdo, una sensación retenida en medio del dolor. Pero la sensación no se desvaneció.

El colchón bajo su cuerpo era delgado, incómodamente familiar, la manta, esa manta celeste que su madre le había dado antes de irse a la universidad estaba sobre sus piernas. Parpadeó, una, dos veces.

La habitación era la misma que había dejado atrás hacía más de diez años.

Su vieja cama, su escritorio de madera rayado con iniciales, los posters pegados con cinta que ya no existían en su memoria adulta. Su mochila… la morada. La que había tirado años atrás cuando dejó de funcionar el cierre.

Su respiración se volvió irregular, se incorporó de golpe y corrió hacia el espejo.

Su reflejo la golpeó como una bofetada, piel limpia, sin las cicatrices del tiempo, sin las ojeras permanentes, sin la sombra que la había acompañado desde que la traición le robó todo. Tenía diecinueve años, estaba de vuelta.

—No… —susurró, llevándose una mano a los labios —No puede ser —cayó de rodillas frente al espejo.

¿Era un sueño? ¿Una alucinación? ¿Había muerto y esto era un castigo?

La última imagen que recordaba era la sangre fría, sobre su piel. El sonido de una voz que gritaba su nombre. Y después… oscuridad.

Pero esto no era oscuridad, era el pasado, era su primera vida… otra vez.

Se quedó allí, temblando, durante minutos que fueron eternos. Luego, poco a poco, fue poniéndose de pie, tambaleante, con las piernas frágiles como si nunca las hubiera usado. Se lavó la cara, buscando que el agua la despertara de aquel absurdo realidad. Pero el reflejo seguía allí, joven, inocente, pero rota por dentro, aunque todavía nadie pudiera verlo.

—Dios… —susurró, abrazándose los codos frente al espejo —¿Por qué estoy aquí? —no tenía la respuesta, pero tenía memoria. Y esta vez, no pensaba desperdiciarla.

Se vistió con rapidez, no con la ropa que solía usar, la de siempre, la que la hacía parecer invisible, sino con una blusa blanca y jeans ajustados que no había usado en aquel entonces por miedo a “llamar la atención”.

“Estúpido” pensó. Había aprendido que no importaba lo que hiciera, el mundo encontraba formas de lastimarla. Así que esta vez… no se escondería.

Tomó su cuaderno, revisó su horario, el mismo, clase de sociología a primera hora, y salió del dormitorio con pasos decididos.

Las caras en el pasillo eran un golpe directo a la memoria, todos seguían allí. Las risas, los saludos, los comentarios que antes la hacían encogerse. Pero ahora ella sabía quiénes eran realmente.

La chica de cabello rojizo que fingía ser simpática pero le robaría sus apuntes. El compañero que la empujaba con "accidentes" todos los miércoles. La profesora que la ignoraba cuando levantaba la mano. Y sobre todo, ella.

Su “mejor amiga” la misma que la apuñaló por la espalda una y otra vez. Camila.

Allí estaba, al final del pasillo, riendo como siempre, con sus ojos grandes y su sonrisa falsa.

Cuando la vio, alzó la mano para saludarla. En la otra vida, ella habría corrido hacia ella, ingenua, feliz de verla. Pero ahora… solo la miró fría, inalterable.

Camila bajó lentamente la mano, desconcertada, ella siguió caminando sin detenerse, el primer corte con el pasado había sido hecho.

La clase comenzó puntual, ella se sentó en la tercera fila, al centro. En la vida anterior, siempre se sentaba al fondo, invisible, esperando que nadie notara su existencia, pero esta vez no.

A su derecha, una pareja hablaba sin disimulo. A su izquierda, un joven de lentes le sonrió tímidamente, ella solo abrió su cuaderno y se preparó para escuchar.

Cuando el profesor entró y empezó a pasar lista, ella ya sabía que su nombre vendría acompañado de alguna burla de fondo, así había sido siempre.

Pero esta vez, cuando alguien soltó una risa ahogada detrás de ella, giró lentamente la cabeza y lo miró directo a los ojos.

El chico que la molestaba en cada clase se congeló, no dijo nada más. Ella se volvió hacia el frente sin expresión alguna, ese era su nuevo lenguaje, ninguna palabra, pero toda la presencia.

En el receso, mientras caminaba hacia la biblioteca, lo sintió, esa presencia, una mirada que conocía demasiado bien, aunque en su vida anterior nunca se había detenido a analizarla. Y cuando giró la cabeza, lo vio. Él, Ren Kamil.

Alto, impecable, su rostro aún no endurecido por los años, su porte elegante incluso en ropa informal. Pero había algo en sus ojos… algo que no correspondía a esa etapa de sus vidas.

¿La estaba observando… con nostalgia? desvió la mirada con rapidez. No iba a repetir el mismo error.

En la otra vida, se enamoró de él en silencio, lo idealizó, lo admiró, lo siguió con la mirada sin atreverse a cruzar la línea. Él nunca le habló más allá de lo necesario, ella creyó que su amor era puro, pero inútil.

Y al final, su sacrificio no había valido la pena, esta vez, no pensaba mirarlo más de lo necesario, esta vez, su vida no giraría alrededor de nadie.

Porque ahora sabía algo que antes ignoraba, no había nadie que fuera a salvarla, excepto ella misma.

Marilen desvió la mirada hacia su derecha, alertada por ese perfume dulzón que conocía demasiado bien, y que ahora le provocaba un nudo en el estómago, Camila.

Avanzaba hacia ella con su andar seguro, con esa sonrisa cuidadosamente construida para parecer encantadora. Era la misma de siempre, ropa perfecta, voz melosa, rostro relajado. Para el resto del mundo, Camila era agradable, popular, de esas personas con las que todos querían hablar. Pero Marilen sabía la verdad.

La recordaba, recordaba los susurros tras su espalda, las pequeñas manipulaciones disfrazadas de consejos. Las veces que le robó ideas, contactos, incluso oportunidades.




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