En Esta Vida Te Protegeré - Series de Ceos Arrepentidos

3. Desde Lo Alto

"Tú, que siempre pensé que eras buena persona…"

—Hola, Camila —dijo sin inflexión —Qué coincidencia.
Nada más. Ninguna emoción extra.
Camila ladeó ligeramente la cabeza, desconcertada por la respuesta distante. Ella, que esperaba el abrazo habitual, la calidez, la complicidad.

Marilen no ofreció nada de eso.
—¿Estás bien? —preguntó Camila, tratando de leerle el rostro —Te noto… distinta.

"¿Distinta?" Sí. Lo estaba. Porque en esta vida, no iba a permitir que volviera a acercarse con su disfraz de buena amiga.
—Solo estoy cansada —respondió Marilen suavemente.
Camila asintió, pero algo en sus ojos titiló. Desconfianza, quizá. O sorpresa. Porque Marilen no la miraba como antes. No con admiración. No con dependencia. Ahora, la miraba desde la cima de una montaña que ella ni siquiera sabía que existía.

—¿Nos vemos después entonces? —preguntó Camila, aún sonriendo, pero con una incomodidad bajo la piel.
Marilen dudó un segundo. Luego bajó la mirada a su cuaderno, fingiendo interés en algo que no estaba allí.
—Lo dudo.
Y sin más, se dio la vuelta.
No había odio en su voz. Tampoco rencor. Solo distancia. Esa que se construye ladrillo a ladrillo, con la memoria como argamasa.

Camila la observó alejarse. Sola. Seria. Lejana.
Marilen no lo sabía aún, pero esa pequeña respuesta fue su primer acto de resistencia. Su primer escudo.
Y aunque por dentro todavía dolía, y todavía temblaba, por fuera no se rompió.
Porque en esta vida, no pensaba permitir que nadie más la definiera. Ni siquiera Camila.

El viento soplaba con suavidad sobre la terraza de la Facultad de Humanidades. La ciudad se extendía frente a él como una maqueta imperfecta, con techos oxidados, árboles vencidos por la primavera tardía, y el rumor constante del tráfico colándose entre edificios.

Ren Kamil apoyó los codos sobre el borde de la baranda. No hablaba con nadie desde hacía horas. No tenía clases esa mañana. No había razón para estar ahí arriba. Excepto una. Ella.

Desde el tercer piso, su figura era fácil de reconocer. Delgada, con pasos silenciosos pero decididos, el cabello recogido de forma casual, caminando sola por el patio principal. A primera vista, parecía la misma chica invisible de siempre. Pero Ren lo sabía mejor.

Algo había cambiado.
La había observado a lo largo de la mañana, con esa cautela que solo se tienen hacia quienes alguna vez importaron demasiado. No se trataba de simple nostalgia. No. Era algo más profundo. Algo que desgarraba.

En la vida anterior, ella no caminaba así. Marilen solía moverse como si el mundo pudiera derrumbarse en cualquier momento, como si fuera un estorbo en cada sala, como si pidiera permiso por respirar.

Pero ahora… su andar era frío, recto, sin una sola señal de inseguridad.

Y esa mirada…

Cuando cruzó palabra con Camila —la falsa amiga que tanto daño le hizo en la otra vida —Ren contuvo el aliento. No escuchó la conversación, pero la forma en que Marilen la miró…
Era una mirada que reconocía.
Una mirada que conocía la traición.

Ren apretó los dientes. Todo en él le gritaba que algo no encajaba.
Y sin embargo, no intervino.
Porque algo también le decía que ella no se lo permitiría.

En la vida anterior, él había tardado demasiado en acercarse. Había sido un observador silencioso, creyendo que podía protegerla sin exponerse, sin comprometerse. Y cuando se dio cuenta de que la estaba perdiendo, ya era demasiado tarde.

Ella había elegido a otro.
Un rostro amable. Un gesto dulce. Una mentira disfrazada de amor.
Ese tipo la atrapó en una red de manipulación que nadie —ni siquiera Ren —supo ver a tiempo.

Y ella, ingenua, le entregó todo.
Su corazón. Su confianza. Su futuro.
Hasta que todo se volvió cenizas.

Ren cerró los ojos por un segundo. La memoria aún dolía. El recuerdo del momento en que recibió la noticia de su muerte seguía vivo en su cuerpo, como una herida mal cicatrizada.
Y ahora… el destino le tendía esta segunda vida.
Un regalo. Una maldición. Una oportunidad.

No cometería los mismos errores.
Aunque solo le quedaban dos días antes de que Marilen conociera al hombre que arruinaría su vida, él no pensaba quedarse inmóvil esta vez.

—No vas a acercarte a él —murmuró Ren en voz baja, como si pudiera sellar la promesa con palabras.
Pero sabía que no podía simplemente obligarla.
Sabía que tenía que ser inteligente. Preciso.
Sabía que ella ya no era la misma…
Y él tampoco.

Ren bajó de la terraza justo cuando sonó el timbre del mediodía. Se mezcló con los estudiantes que salían a los patios, saludó con una inclinación de cabeza a quienes lo conocían, pero su mente seguía girando en una sola dirección. Marilen.

La vio dirigirse a la biblioteca sola, igual que en la otra vida. Pero esta vez, no parecía buscar refugio. No parecía necesitar esconderse. Más bien, parecía vigilar. Como si cada paso que daba tuviera un propósito.

Eso confirmaba su sospecha.
Ella también recordaba.
O, al menos, algo dentro de ella sí lo hacía. Y eso lo cambiaba todo.
Ren sintió cómo se aceleraba su pulso.
Si ella realmente había regresado con sus recuerdos, entonces tenía ventaja. Sabía a quién evitar. Sabía lo que la esperaba.
Pero también sabía que seguía siendo buena.
Y por ser buena, seguía siendo vulnerable.

Porque a pesar de su nueva actitud, su corazón seguiría creyendo —aunque fuera un poco —que el amor podía salvarla.
Y ese era el error que la arrastraría al abismo otra vez.

No lo permitiría. No esta vez. Pasaron las horas. Ren no se acercó. No aún. Sabía que tenía que esperar el momento justo. Si lo hacía demasiado pronto, si se mostraba demasiado interesado, corría el riesgo de ahuyentarla.

Marilen ya no confiaba como antes. Ya no sonreía como antes. Ya no miraba con esperanza.




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