Esa noche, desde su escritorio, Ren repasó mentalmente cada paso de la vida pasada. Cada conversación. Cada error. Cada silencio que dejó pasar.
Y recordó claramente el momento en que Marilen le dijo que se había enamorado del otro.
Él no lo demostró entonces, pero aquella confesión lo destruyó.
Porque él también la había amado en secreto.
A su manera pero tarde. Y ahora, con la vida dándole otra oportunidad, no iba a desperdiciarla.
No por miedo, no por orgullo. Y mucho menos… por cobardía.
Dos días. Eso era lo que tenía.
Dos días para evitar que el mismo desastre volviera a repetirse.
Dos días para interponerse, para frenar el curso de lo inevitable.
Dos días para cambiar el destino.
Y aunque no sabía cómo iba a lograrlo, sí sabía una cosa con absoluta certeza.
Esta vez, no iba a perderla, no por segunda vez, el suelo estaba frío.
El frío de la muerte, ese que comienza por las extremidades y sube lento, reclamando cada órgano como suyo, como si el cuerpo se rindiera al destino inevitable.
Marilen respiraba con dificultad.
No sentía las piernas.
La sangre salía en pulsos sordos de una herida que no podía ver, pero que sabía mortal.
“¿Qué hice mal…?”
No lo decía en voz alta. Apenas podía hablar.
Pero su mente repetía la pregunta mientras los ojos se le llenaban de lágrimas calientes.
El cuerpo ya temblaba menos. Era lo último.
Y entonces lo escuchó.
Una voz. Un grito. Un nombre. El suyo. Y luego… silencio.
El golpe fue seco.
La torpeza no fue suya alguien salió del baño justo cuando ella lo hacía, empujándola sin mirar.
Sus pies resbalaron. El zapato falló. Y su cuerpo cayó torcido sobre el mismo punto que, en su vida anterior, marcó su último suspiro.
Esta vez no era una herida mortal.
Pero el dolor fue brutal.
El tobillo crujió bajo su peso, torciéndose en un ángulo que jamás debió tomar. Un grito agudo se escapó de su garganta.
Y como si el universo disfrutara del espectáculo, el eco de las risas de otros estudiantes llenó el pasillo.
—¿Estás bien?
—¡Qué caída, por Dios!
—¡Graben esto, que se hace viral!
Marilen cerró los ojos con fuerza. La vergüenza y el dolor la envolvieron al mismo tiempo.
Apretó los labios para no gritar más. El tobillo palpitaba como si un cuchillo lo atravesara. Su rostro ardía de humillación.
No por la caída. No por el tropiezo.
Sino porque nada había cambiado.
Las mismas personas. La misma crueldad disfrazada de diversión. Las mismas risas cuando alguien vulnerable caía.
"No importa cuántas veces renazca…", pensó. "Siempre habrá quienes disfruten de ver a otros sufrir."
Intentó moverse. No pudo.
Y entonces, una sombra se cernió sobre ella.
Una mano —grande, firme, tibia —le sostuvo la pierna con cuidado, y su cuerpo se tensó por reflejo.
—No te muevas… creo que te has sacado de lugar el tobillo.
La voz era grave. Seria. Cercana.
Ella alzó los ojos, y por un segundo el tiempo se congeló. Allí estaba él, Ren Kamil.
El chico más popular, el más admirado.
El que en su vida pasada jamás se involucraba en este tipo de situaciones.
El que parecía vivir en un universo aparte, rodeado de admiradores, amigos, atención, poder.
Y sin embargo… ahí estaba.
Sosteniéndola. Mirándola. Preocupado.
Sus ojos se encontraron.
Los de él parecían distintos. Más oscuros. Más intensos.
Había algo allí… una emoción que no recordaba haber visto jamás en su mirada. Dolor. Urgencia.
Marilen parpadeó, sin poder disimular su desconcierto. El sudor le bajaba por la sien, pero el rostro de Ren seguía fijo en el suyo, como si evaluara algo más que su tobillo.
—¿Puedes mover los dedos? —preguntó, bajando la vista con cuidado mientras presionaba ligeramente—Necesitamos hielo. Y que no pongas peso en el pie.
Ella asintió, aunque apenas podía hablar.
La muchedumbre seguía observando. Algunos reían todavía. Otros filmaban con sus teléfonos. Pero la presencia de Ren los calló como un muro invisible.
Porque él no era cualquiera.
Y cuando Ren Kamil hablaba con seriedad, los demás escuchaban.
—¿Alguien puede llamar a la enfermería? —ordenó sin alzar la voz, pero con un tono firme.
Dos chicas salieron corriendo al instante.
Ren volvió su atención a Marilen. Sus manos ahora la sostenían mejor, más seguras, como si temiera causarle más dolor. Ella no podía dejar de mirarlo. Todo era tan surreal que por un momento dudó si aún seguía en el piso o si su mente la estaba traicionando con una fantasía.
—¿Por qué…? —susurró, más para sí que para él. Ren se detuvo.
—¿Por qué qué?
Ella tragó saliva. El tobillo dolía. Mucho. Pero no tanto como el recuerdo que la había invadido segundos antes. El mismo lugar. La misma sensación de impotencia.
"Aquí morí."
No físicamente, en esta vida.
Pero sí emocionalmente, en la anterior.
Este pasillo fue donde todo se quebró. Donde comenzó la cadena de eventos que la llevaron a desconfiar de todos, a aislarse, a amar al hombre equivocado… y a morir por ello.
—Nada —murmuró, desviando la mirada —Solo... gracias.
Ren la miró un segundo más. No dijo nada. Pero sus ojos hablaban.
Y ella no podía entender por qué la miraba así.
Como si ya la conociera, como si supiera algo que ella no.
Como si le doliera verla rota, incluso cuando apenas habían cruzado palabras.
Minutos después, llegó personal de la enfermería con una camilla. Ren no se movió de su lado en ningún momento. Incluso los ayudó a levantarla con cuidado. La acompañó en silencio hasta la sala médica. Se quedó allí mientras le hacían las primeras curaciones, mientras diagnosticaban un esguince y la preparaban para inmovilizar el pie.
—No es nada grave —le dijo una enfermera —Pero vas a necesitar muletas por unas semanas.
Ella asintió, con la garganta cerrada.
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Editado: 25.04.2026