En Esta Vida Te Protegeré - Series de Ceos Arrepentidos

5. El Peso De Avanzar

—No me agradezcas. Solo estuviste en el lugar equivocado… en el momento equivocado —dijo Ren. Marilen bajó la mirada.

«Sí, como aquella vez. Como cuando morí aquí, sin que nadie lo supiera» se decía Marilen a sí misma. Ren la miró por última vez antes de retirarse.

—Cuídate, Marilen —le dijo Ren. Ella alzó los ojos, sorprendida.

—¿Sabes mi nombre? —preguntó Marilen. Ren se detuvo en la puerta.

—Claro que lo sé —respondió Ren. Y se fue, dejándola con el corazón desbocado y la creciente sospecha de que ella no era la única que había vuelto con recuerdos.

El sonido de las muletas golpeando contra el piso resonaba en cada rincón del pasillo, haciendo que cada paso de Marilen fuera un eco que la anunciaba incluso antes de cruzar la puerta del aula. Era temprano, más de lo que solía llegar, el cielo aún tenía ese gris pálido que solo existe antes de las ocho de la mañana, y el aire arrastraba el frío típico de los corredores mal calefaccionados.

El dolor persistía, aunque ahora más controlado. La enfermería le había proporcionado analgésicos suaves y una venda firme que inmovilizaba su tobillo, pero el verdadero dolor no estaba en el cuerpo. Estaba en los ojos ajenos, en las risas que recordaba, en los gestos que alguna vez la hirieron sin siquiera tocarla. Y, sin embargo, había decidido ir.

—Quedarte todo el día en la residencia solo hará que te consumas con los pensamientos —se había dicho Marilen a sí misma mientras se acomodaba la ropa frente al espejo. Era una voz que no siempre escuchaba, pero que hoy había decidido obedecer.

Estaba decidida a no repetir su pasado, y eso significaba no desaparecer, no huir.

Cuando entró al aula, aún no había nadie. Eso le trajo un pequeño alivio. Se dirigió con lentitud a su asiento habitual; no en la última fila como en la vida pasada, ni tampoco en el centro donde todos pudieran mirarla. Esta vez eligió un lugar lateral, junto a la ventana. Luz suficiente, distancia estratégica. Se sentó con esfuerzo, dejando las muletas recostadas contra la pared para luego llegar a suspirar.

El aula olía a marcador seco y humedad. Todo seguía igual, excepto ella. Sacó su cuaderno y lo abrió sin mirar la portada. Las hojas en blanco le recordaban que aún tenía control sobre lo que escribiría en esta vida. Tal vez no sobre todo… pero sí sobre algunas cosas.

Pasaron unos minutos, el murmullo creciente en el pasillo le avisó que los demás ya se acercaban. Y con ellos, las miradas. Las primeras fueron rápidas, como flechas disfrazadas de curiosidad. Un par de estudiantes que entraron primero fingieron no verla, pero sus ojos bajaron enseguida a sus muletas y luego a su rostro. No preguntaron nada, se sentaron lejos.

Después vino el resto, voces, risas, pasos apresurados… y esos susurros que no eran tan sutiles como pensaban.

—¿Es la que se cayó ayer, no? —susurró un estudiante.

—Sí, qué papelón… —respondió otro compañero.

—Ren la ayudó. ¿Lo viste? Casi la cargó —comentó una chica. Marilen mantuvo la vista fija en su cuaderno.

Su caligrafía temblaba ligeramente, pero no por la incomodidad física, era ese tipo de atención la que más la asfixiaba. No porque le doliera que hablaran de ella, sino porque en su vida anterior había vivido creyendo que merecía ese tipo de humillación. Ahora sabía que no, pero eso no hacía que las palabras dolieran menos. El aula se llenó.

A mitad de la fila, Camila entró acompañada de un pequeño grupo de seguidores, como siempre. Marilen la vio de reojo y sintió ese nudo en el estómago que siempre la acompañaba en su presencia. Camila se le quedó mirando un instante, su sonrisa habitual titubeó cuando notó que Marilen no bajaba la mirada. La ignoró deliberadamente y tomó asiento en el otro extremo del aula.

«Bien», pensó Marilen. «Que se mantenga lejos».

Entonces, justo antes de que el profesor ingresará, Ren cruzó el umbral. Vestía informal, como de costumbre, pero tenía ese aire impecable que lo hacía resaltar sin esfuerzo. Algunas chicas murmuraron al verlo, pero él no les prestó atención. Sus ojos, de inmediato, buscaron a Marilen, y la encontraron.

Ella sintió esa conexión involuntaria, como si el aire se comprimiera entre ambos durante un segundo eterno. Ren la observó con atención, escaneando su rostro, su postura, sus muletas. Su expresión era difícil de leer. No había compasión, tampoco lástima. Era algo más complejo, una mezcla de culpa, cuidado… y una determinación que ardía en silencio.

Sin decir palabra, caminó hacia su lado. Hubo un murmullo general cuando pasó junto a todos y tomó asiento justo en la fila delante de ella. Marilen tragó saliva. No dijo nada. Y Ren tampoco. Pero esa cercanía, ese acto simple de sentarse cerca, era un escudo en un campo de batalla invisible.

La clase comenzó. El profesor hablaba, los apuntes se acumulaban y el murmullo de fondo se apagó. Pero Marilen apenas podía concentrarse, porque Ren no dejaba de girarse ocasionalmente para mirarla, como si estuviera asegurándose de que no se desvaneciera, como si tuviera miedo de perderla otra vez.

En un momento, se volteó por completo, con el ceño levemente fruncido.

—¿Te duele? —susurró Ren, lo justo para que solo ella lo escuchara.

Ella dudó, luego asintió, sin mirarlo.

Ren no insistió, solo volvió a mirar al frente, pero dejó su cuaderno ligeramente inclinado hacia ella, dejando ver sus apuntes con claridad. Un gesto pequeño, pero profundo.

Y entonces Marilen comprendió, él sabía algo. No podía ser coincidencia, no esa mirada. No esa forma de tratarla como si ya hubiera vivido esto. Su corazón latió con fuerza.

«¿También volviste… Ren?», se preguntó Marilen «No, no puede ser ¿que estoy pensando?» pensó ella.

Pero no dijo nada, aún no. Porque aunque su tobillo doliera, aunque su pasado ardiera, aunque la amenaza del futuro estuviera cerca… hoy había resistido. Había ido a clase. Había enfrentado las miradas, y no estaba sola. No del todo.




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