Ren, sentado justo delante de ella, se incorporó con naturalidad. Como siempre, su movimiento fue elegante, sin prisas ni alardes. Tomó su cuaderno y lo guardó. Iba a levantarse por completo cuando sintió algo que lo detuvo.
Una mano, delicada y pequeña. Temblorosa. La mano de Marilen. Ren se quedó quieto. No giró ni habló, pero su cuerpo se tensó lo suficiente para que ella lo notara. Su tacto era leve, casi etéreo, como si temiera romper algo invisible entre ellos. Sin embargo, la decisión detrás de ese gesto era firme; lo había hecho sin pensar, pero no sin intención.
—¿Acaso tú también has vuelto? —preguntó Marilen en voz baja, apenas un susurro.
El aire entre ambos se volvió denso, inmóvil. Ren no respondió de inmediato, siguió sin mirarla por unos segundos que a ella le parecieron eternos. Podía sentir cómo su corazón se aceleraba, cómo el latido golpeaba con fuerza en su pecho. ¿Había cometido un error? ¿Había ido demasiado lejos?
Finalmente, él se giró con lentitud, con peso. Sus ojos oscuros se clavaron en los de ella y, por un instante, no hubo nadie más en el aula.
—¿Volví? —repitió Ren sin alterarse, como si saboreara la palabra, envolviéndola en un doble sentido.
Marilen sintió que su alma se encogía. De pronto, la fuerza que la había impulsado a hablar se desvanecía entre sus dedos. Dudó. Tartamudeó mentalmente. ¿Qué acababa de hacer? Él la miraba tan intensamente que cada rincón de su pasado parecía reflejarse en esa mirada. Ella retiró la mano con lentitud, avergonzada.
—Lo siento… discúlpame, no era mi intención decir algo tan absurdo… —balbuceó Marilen, bajando la vista.
Sentía el calor en el rostro y el peso de su imprudencia cayendo sobre ella como una piedra. Pero antes de que pudiera terminar la frase, Ren se acercó demasiado. El borde de su escritorio crujió bajo el leve movimiento de su cuerpo. Se inclinó hacia ella como un lobo que olfatea algo familiar, algo que creía perdido. Sus rostros quedaron a centímetros; tan cerca que Marilen pudo sentir su respiración, pausada y cálida. Tan cerca que su corazón perdió el compás por completo.
Ella abrió los ojos de par en par, sorprendida, atrapada. No podía retroceder y, al mismo tiempo, no quería hacerlo.
—Señorita Marilen… —susurró Ren con un tono suave, pero con un filo oculto bajo la superficie —Debería ser menos impulsiva.
Ella contuvo el aliento. Él la miraba como si lo supiera todo, como si viera dentro de ella, como si ya la hubiera visto caer, morir y desaparecer. Pero sus palabras y gestos no confirmaban nada; solo dejaban pistas. Marilen tragó saliva. El aire a su alrededor se sentía distinto, como si el tiempo retrocediera y avanzara a la vez.
—Yo… solo… —empezó a decir Marilen, pero su voz se quebró.
Ren se incorporó con suavidad, como si no quisiera romper el momento, como si supiera que la había tocado sin rozarla. Se alisó la chaqueta con calma y desvió la mirada por un segundo.
—Las palabras tienen consecuencias —añadió él con frialdad —Incluso cuando se dicen en voz baja.
Sin añadir más, dio media vuelta y se alejó por el pasillo mientras los últimos estudiantes salían rumbo al comedor. Marilen se quedó quieta, mirando su silueta alejarse. Su corazón aún golpeaba con fuerza; no sabía si era miedo, vergüenza o algo peor. Pero de una cosa estaba segura, él había entendido. Tal vez no lo había confirmado, tal vez no había dicho "sí, también regresé", pero lo que sus ojos transmitieron no podía fingirse.
Ren sabía. Y ahora, ella sabía que él lo sabía.
Marilen cerró su vianda sin abrirla; el hambre había desaparecido. En su lugar, una oleada de adrenalina la mantenía alerta, no podía retroceder. Había cruzado una línea, aunque no supiera todavía a dónde la llevaría. Pero si algo había aprendido en su otra vida era esto, las preguntas que no se hacen a tiempo se transforman en heridas que no cierran.
En el pasillo, Ren apoyó una mano contra la pared. Por primera vez en días, perdió la compostura. Cerró los ojos y respiró hondo.
"¿Por qué lo preguntaste…?" pensó él. "¿Qué tanto recuerda?"
Su corazón latía con fuerza porque lo que más temía ya estaba ocurriendo, ella comenzaba a ver, a sospechar. Y eso, en cierto modo, era lo que más había deseado.
La mañana era gris, una de esas en las que el cielo no decide si quiere llover o simplemente fastidiar el ánimo de todos. Marilen caminaba sola, con la capucha del abrigo a medio subir, avanzando lentamente con las muletas hacia la biblioteca. El tobillo seguía doliendo, pero no era lo que más le pesaba. Lo que verdaderamente la consumía eran las voces en su cabeza; las memorias que se entrelazaban entre esta vida y la anterior, los rostros que volvían una y otra vez como fantasmas sin descanso.
Ren, la muerte, la traición y la culpa.
"¿Qué tanto recordaba él realmente? ¿Y por qué me duele tanto saber que esta vez está cerca?" se preguntaba ella.
Sus pensamientos no le permitieron ver lo que se avecinaba. Apenas escuchó el murmullo de risas contenidas o el movimiento rápido de una pierna extendiéndose sutilmente frente a la suya. Una trampa silenciosa; una emboscada disfrazada de torpeza.
Fue demasiado tarde. Su muleta resbaló, se tambaleó y, en ese instante, supo lo que iba a pasar. Iba a caer, otra vez, como en la otra vida. Como en cada momento en el que la humillación la abrazaba y todos miraban hacia otro lado.
Marilen cerró los ojos y se preparó para el impacto, pero el golpe no llegó. Alguien la sujetó por la cintura con firmeza, con una seguridad precisa y calculada. La sostuvo justo antes de que su cuerpo tocara el suelo. Fue como si el tiempo se congelara, como si la gravedad hubiera perdido su fuerza.
—Cuidado... —dijo una voz grave y profunda, casi un susurro en su oído. Era una voz que conocía perfectamente, y no por esta vida.
#2964 en Novela romántica
ceo empresarios, ceos posecivos y amor, amor accion mentiras secretos familia
Editado: 25.04.2026