En Esta Vida Te Protegeré - Series de Ceos Arrepentidos

7. Los Que Los Ojos Callan

​Abrió los ojos lentamente, aún mareada por el impacto… y lo vio. Él, el joven que, en su otra vida, le había sonreído antes de destrozarla. El mismo que le prometió amor mientras la manipulaba con palabras suaves y caricias vacías; el mismo que la dejó rota, consumida, destruida. ​Kalen Voss.

​Era alto, apuesto, de rostro perfectamente esculpido y con esos ojos castaños que sabían cómo mirarte para hacerte sentir especial… justo antes de enterrarte. Marilen sintió que su cuerpo se tensaba bajo su agarre. No era por la sorpresa, ni por la vergüenza era pánico puro.

​—¿Estás bien? —preguntó Kalen, mientras la ayudaba a recuperar el equilibrio.

​Ella se soltó en cuanto pudo, retrocediendo medio paso a pesar del dolor en el tobillo. Tomó aire, lo miró y lo odió con cada fibra de su ser.

​—Estoy bien —respondió en voz baja, controlando la ira, el temblor y el miedo.

​Una de las chicas que la había empujado disimuladamente se acercó, fingiendo preocupación.

—¡Ay, lo siento! No te vi venir, fue un accidente… —soltó con tono hipócrita.

​Marilen ni la miró; ni siquiera la escuchó. Sus ojos seguían clavados en Kalen, en esa sonrisa que para cualquiera resultaría encantadora, pero de la que ella conocía sus sombras. Kalen se agachó para recoger la muleta caída y se la extendió con naturalidad.

​—Ten más cuidado. El mundo puede ser más cruel de lo que parece —dijo, con una leve sonrisa curvando sus labios.

​Ella apretó los dientes. «¿Lo dice en serio o está jugando conmigo desde el primer momento?» pensó. Tomó la muleta sin agradecerle; no quería deberle nada, no esta vez.

​—Gracias —sentenció con tono plano, sin un rastro de dulzura. ​Kalen la observó con interés, como si ese desdén lo hubiera descolocado.

—No te había visto por aquí. ¿Eres nueva? —preguntó. ​Qué ironía. En su otra vida, esa fue la frase exacta con la que comenzó todo. El primer hilo de la red que tejió a su alrededor.

​—No soy nueva. Solo cambié mi forma de ver las cosas —respondió Marilen sin pestañear.

Kalen alzó una ceja, entre divertido y confundido.

—Eso suena filosófico. Tal vez deberíamos hablar más seguido.

—Tal vez no —respondió ella.

​Sin añadir nada más, ella giró sobre su muleta y se dirigió hacia la biblioteca con el corazón golpeándole el pecho. Entró al edificio sin mirar atrás; no hacía falta para saber que él la observaba. Siempre lo hacía. En la otra vida ella lo encontraba fascinante; ahora, lo encontraba aterrador.

​Kalen Voss era un laberinto de mentiras, un disfraz impecable. Nadie veía lo que ella descubrió al final, el control, el chantaje emocional y la forma en que la aisló de todo mientras le hacía creer que la adoraba. Y lo peor, cómo se deshizo de ella cuando dejó de serle útil.

​Marilen se sentó al fondo de la biblioteca. Sus manos temblaban, no por la caída ni por el tobillo herido, sino porque el pasado acababa de rozarla de nuevo. Se hizo una promesa entre el aroma a libros viejos, Kalen Voss no iba a conquistarla en esta vida, no importaba cuántas veces la salvara del suelo. Esta vez, no.

​La tarde caía sobre el campus. El sol, filtrado entre las ramas, dejaba destellos dorados sobre los senderos, simulando una paz que para Marilen no existía. Había logrado evitar a Kalen durante las clases siguientes, ignorando sus intentos sutiles de cruzar miradas. Pero él no aceptaba el desinterés fácilmente.

​—¿Te puedo acompañar? —dijo una voz a sus espaldas mientras salía de la facultad de Filosofía. Marilen se giró, no necesitaba confirmar quién era. Kalen sonreía con esa ligereza de quien se cree dueño de la situación.

​—Estoy bien sola —respondió ella con firmeza, sin dejar espacio al diálogo.

—Nunca había visto a una mujer tan reservada —insistió él —¿Seguro que no me estás evitando?

—No evito a nadie. Solo me protejo —vociferó.

—¿De qué? ¿De mí? —preguntó él, divertido.

—De mí misma —​La respuesta fue un golpe seco que Kalen no anticipó. Su máscara de ligereza se resquebrajó por un instante.

—Eres interesante —admitió al fin —Mucho más que las demás.

Marilen sonrió sin rastro de alegría.

—Quizá es porque esta vez no vine a jugar.

​Se alejó con sus muletas hacia la plaza. El dolor del tobillo ardía, pero era preferible a revivir viejas heridas. Kalen se quedó atrás, en silencio, algo había cambiado. Empezaba a sospechar que esa chica dulce que creía conocer ya no existía.

​Ren la esperaba en la entrada de la biblioteca. No por plan, sino por instinto; había sentido que algo se rompía en el aire. La vio avanzar sola, con pasos torpes pero determinados y la mirada encendida. La vio girarse una última vez, asegurándose de que la sombra de su pasado, finalmente, se había quedado atrás.




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