Ren no necesitaba verla de cerca para saber que algo había pasado. Y que ese algo tenía nombre y apellido. Kalen Voss.
—¿Estás bien? —preguntó Ren en cuanto ella llegó a su altura. Marilen se sorprendió al verlo allí. Respiró hondo, intentando dominar el vuelco que había dado su pecho.
—Sí. ¿Qué hacés aquí? —quiso saber ella.
—Esperándote —respondió él, sosteniéndole la mirada. Ella arqueó las cejas, sin saber si tomarlo como una broma o como una advertencia.
—¿Por qué? —indagó Marilen.
—Porque cuando un depredador vuelve a cazar, hay que saber en qué dirección mira su presa —dijo Ren. Su voz, baja y casi cortante, envió un escalofrío directo a la nuca de ella.
Marilen lo miró fijo. El corazón se le apretó en un vuelco cálido y doloroso. ¿Estaba hablando de Kalen?
—¿Tú también lo viste? —preguntó ella en un susurro. Ren asintió. Se cruzó de brazos, apoyando la espalda contra la pared, pero sin cortar el magnético contacto visual.
—El mismo que intenta atraparte en su red de mentiras —sentenció él.
El silencio entre ellos se volvió espeso, casi palpable. Y allí estuvo otra vez… esa grieta invisible, esa confirmación no dicha pero clara. Ambos recordaban.
—¿Cómo lo supiste? —preguntó Marilen con un hilo de voz, sintiéndose repentinamente expuesta ante su cercanía.
—Por cómo lo miraste. Por cómo le hablaste. Por cómo tu cuerpo ya no se deja tocar por sus palabras —explicó Ren, dando un paso al frente —Porque esta vez… eres diferente.
Marilen tragó saliva. Sintió una punzada en el pecho, algo peligrosamente parecido al alivio y a la excitación. Por fin alguien lo decía. Por fin Ren la veía; no como una víctima o una chica silenciosa, sino como lo que realmente era.
Una sobreviviente que había regresado para no repetir sus errores.
—No quiero que se acerque a mí —susurró ella, y el aire pareció faltarle.
—Entonces no lo hará —respondió Ren sin titubear, acortando imperceptiblemente la distancia entre los dos.
Ella bajó la vista, atrapada en un remolino donde ya no sabía si lo que le aceleraba el pulso era la gratitud o el miedo.
—Él no es estúpido. Va a darse cuenta de que lo estoy evitando —dijo Marilen, mientras observaba sus propias manos, que empezaban a temblar sutilmente.
—Y cuando lo haga… lo vas a enfrentar. Pero no sola —le aseguró él.
Ren dio un paso firme hacia ella. El calor que emanaba de su cuerpo la envolvió de inmediato.
—Te fallé una vez —añadió él en voz baja, y el tono de su confesión rozó la piel de Marilen como una caricia amarga —Vi cómo te rompían. Y no hice nada. No otra vez.
Ella lo miró con una mezcla de sorpresa y dolor. Porque si había algo peor que recordar su propio sufrimiento… era ver la culpa quemando en los ojos de Ren, cuando en realidad él había sido lo único cálido y seguro que le había quedado en sus últimos días.
—No fue tu culpa —susurró ella, dando un paso inconsciente hacia él.
—Sí lo fue. Por no estar. Por no hablar. Por no acercarme. Por miedo. Por orgullo —rebatió Ren. Su voz se quebró apenas, volviéndose más ronca, más íntima —Pero esta vez… esta vez no pienso dar ni un solo paso atrás.
Marilen lo miró durante unos segundos que parecieron eternos. Su corazón golpeaba con fuerza contra sus costillas, pero no por confusión. Era por la certeza peligrosa de que algo abrasador estaba creciendo entre ambos.
Un nuevo vínculo. Más fuerte. Más honesto. Forjado en la segunda oportunidad que el destino, caprichoso, les había concedido.
Y sin embargo… una parte de ella aún temblaba. Porque Kalen estaba ahí afuera. Y no tardaría en empezar a jugar su juego. Uno más complejo. Más calculado.
Solo que esta vez, su oponente no era una chica inocente. Era una mujer que ya había muerto una vez… y no pensaba volver a caer.
La tarde se había rendido finalmente al anochecer. La brisa arrastraba hojas secas por el sendero empedrado mientras el campus se sumía en ese silencio especial que solo existe cuando los estudiantes ya han dejado atrás las aulas.
Marilen caminaba despacio, prescindiendo de las muletas por primera vez desde su caída; lo hacía con cuidado, pero con paso firme. Aún sentía el tobillo tenso, pero el dolor quedaba a un lado ante la necesidad de calmar el torbellino de pensamientos que no dejaban de girar dentro de su mente.
Detrás de ella, Ren caminaba manteniendo el mismo ritmo, como una sombra protectora. Habían salido juntos de la biblioteca sin intercambiar muchas palabras. A veces, la tensión silenciosa entre ellos era más elocuente que cualquier conversación.
Marilen sabía que algo estaba cambiando. Lo sentía en la forma en que los ojos de Ren se posaban en ella, fijos y pesados. Lo percibía en el modo en que él buscaba cualquier excusa para estar cerca, rozando apenas su espacio, sin presionarla, pero sin dejarla escapar.
Esa noche no era diferente.
Al llegar al invernadero, un lugar envuelto en sombras y poco frecuentado después del atardecer, Marilen se detuvo. Ren imitó su gesto. Era como si, sin necesidad de verbalizarlo, ambos supieran que su camino debía detenerse ahí.
—¿Querés entrar? —preguntó Ren, señalando con un leve movimiento de cabeza la puerta entreabierta, desde donde se colaba una luz tenue.
Ella dudó, sintiendo de pronto el aire demasiado espeso.
—Es tarde… —murmuró Marilen.
—No lo suficiente —replicó Ren, y la vibración de su voz le erizó la piel.
Entraron, la humedad cálida del invernadero los envolvió de inmediato, impregnada con el aroma intenso a tierra mojada, hojas y flores exóticas que se resistían al cambio de estación. Las luces del techo eran suaves, mortecinas, creando un juego de luces y sombras que los aislaba por completo del bullicio del mundo exterior.
Marilen se apoyó en una baranda de madera, buscando un punto de anclaje. Ren se quedó a unos pasos de ella, pero la distancia pareció desaparecer bajo el peso de la atracción.
El silencio volvió a adueñarse del espacio, pero esta vez fue distinto. Había una electricidad suspendida en el aire, una corriente latente que hacía que cada respiración fuera más profunda, más consciente. Algo que ambos sentían en la piel, pero que ninguno se atrevía a nombrar.
Hasta que él dio un paso más. Y luego otro. Y otro.
Hasta quedar justo frente a ella, rompiendo cualquier barrera.
Tan cerca que Marilen pudo sentir el calor que se desprendía de su pecho. El corazón de la joven se aceleró indómito. Lo miró confundida, con la respiración entrecortada, atrapada en la anticipación de lo que sabía que iba a ocurrir.
Entonces, Ren levantó una mano. Sus dedos, cálidos y firmes, se posaron suavemente sobre su nuca, deslizándose entre su cabello con una delicadeza que rozaba lo sagrado, haciéndola estremecer. Su otra mano bajó con lentitud, firme pero posesiva, hasta rodear su cintura. La atrajo hacia sí, eliminando el último espacio entre sus cuerpos, como si necesitara pegarla a su pecho para confirmar que ella estaba ahí. Presente. Viva.
Marilen contuvo el aliento. Un calor súbito e intenso se extendió desde su vientre por todo su cuerpo. No entendía. No estaba segura, pero el contacto de la piel de Ren contra la suya la estaba volviendo loca. Sus labios se separaron en un intento desesperado por articular una palabra, pero el aliento se le escapó antes de lograrlo.
—En la otra vida... nunca tuve el valor de hacer esto —confesó Ren. Su voz sonó áspera, cargada de una urgencia contenida, como si cada palabra llevara el peso de diez años de arrepentimiento y deseo reprimido.
Y entonces, la besó.
Sus labios encontraron los de ella con una mezcla de desesperación y ternura feroz. No fue un beso tímido ni torpe; fue un reclamo hambriento, profundo, que sabía exactamente lo que quería transmitir. Ren la reclamaba con una intensidad que le hizo perder el suelo bajo los pies, devorando sus dudas en una caricia húmeda y abrasadora.
Marilen se quedó suspendida en el tiempo. Al principio, sus ojos permanecieron abiertos y su cuerpo se tensó, abrumado por el impacto de tanta sensualidad contenida. No supo cómo responder, atrapada entre el impulso de alejarse para protegerse o el de enredar sus manos en el cuello de él y entregarse por completo.
Su mente era un caos de confusión, pero su cuerpo ya había elegido: se ablandó contra el de Ren, embriagado por su calor, por la sinceridad de su tacto y por el temblor que sacudía los hombros del joven. Por un momento… no fue la chica que murió. No fue la víctima de nadie.
Fue solo ella, una mujer deseada. Y Ren era solo un hombre dispuesto a amarla y poseerla sin condiciones, quemándose en el proceso.
Cuando él se separó apenas, lo justo para que sus respiraciones mezcladas chocaran en el aire, mantuvo los ojos cerrados. Respiró hondo, con el pecho agitado, como si acabara de cruzar una línea de la que jamás querría regresar.
—Te juro que esta vez… voy a pelear por ti —prometió Ren, y sus dedos se enterraron con un poco más de fuerza en la cintura de ella, marcando su territorio—. No me voy a quedar observando. No te voy a dejar sola. Y no voy a dejar que Kalen vuelva a llevarte a ese lugar oscuro.
Marilen lo miró con las mejillas encendidas y los labios húmedos, completamente desbordada por la tormenta sensorial que él acababa de desatar en su interior.
—¿Por qué hiciste eso? —susurró Marilen, con la voz rota por el deseo y la sorpresa.
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Editado: 29.05.2026