En Esta Vida Te Protegeré - Series de Ceos Arrepentidos

9. Las máscaras se preparan

​—Porque no podía seguir esperando —confesó Ren. Tragó saliva, y el movimiento de su garganta delató la intensa lucha interna que sostenía —Porque te perdí una vez y juro por lo que más quiero que no va a pasar de nuevo.

​Ella bajó la mirada, sintiendo que su mundo tambaleaba. La calidez del beso aún ardía en sus labios, dejándolos expuestos, tibios y ligeramente húmedos; pero junto a ese calor, también latía el miedo.

​—No soy la misma —admitió Marilen con la voz quebrada —No puedo ser la misma.

​—No te pido que lo seas —respondió él.

​Ren alzó el rostro de la joven usando solo dos dedos, rozando la línea de su mandíbula con una lentitud que le erizó la piel. El contacto de sus dedos era una caricia de fuego.

​—Solo quiero que me dejes ser parte de esta nueva versión, la fuerte, la que lucha. La que no se deja caer —suplicó él en un susurro ronco, tan cerca de su boca que ella pudo respirar su aliento.

​Una lágrima solitaria descendió por la mejilla de Marilen, trazando un camino húmedo que Ren contempló con devoción, sin atreverse a romper el hechizo. En ese instante, ella entendió que había algo mucho más peligroso que el odio hacia Kalen, algo más inquietante y perturbador que el propio miedo al pasado.

​La posibilidad de volver a sentir, la posibilidad de desear y amar otra vez. De dejar entrar a un hombre justo allí donde más dolía, abriéndose por completo a él.

​Ren no insistió. No la presionó para que hablara ni volvió a reclamar sus labios, aunque la tensión sexual entre ambos flotaba en el aire, densa y magnética. En su lugar, la sostuvo con firmeza contra su pecho. La rodeó con un abrazo posesivo y protector que no exigía nada, pero que lo decía todo, permitiendo que Marilen sintiera los latidos desbocados de su corazón y el calor protector de su cuerpo.

​Y en ese instante, en ese pequeño invernadero silencioso, rodeados de sombras y vegetación húmeda, dos almas heridas comenzaron a reconocerse. No por lo que fueron en el ayer, sino por lo que estaban dispuestas a ser en esta nueva vida.

​Pero afuera… afuera el peligro no dormía. Kalen Voss también empezaba a moverse, y el juego apenas comenzaba.

​Camila ajustó el lazo de su cabello frente al espejo del baño con una sonrisa serena, impecable. A los ojos de las demás, ella representaba la combinación perfecta de belleza, dulzura y generosidad. Era la amiga fiel, la confidente de todos, la que jamás pronunciaba una mala palabra sobre nadie.

​Y, por supuesto, la mejor amiga de Marilen. O al menos, esa era la mentira que vendía.

​Porque Camila había aprendido muy pronto que, en el universo universitario, la imagen significaba poder. Y ella ansiaba el control total, de las relaciones, de las miradas ajenas y de las historias que se susurraban en los pasillos.

​Sin embargo, una nueva amenaza se presentaba en su perfecto tablero de juego. ​Kalen Voss.

​El simple eco de ese nombre ya provocaba un cosquilleo de expectación entre las chicas del campus. Rico, irresistiblemente atractivo, envuelto en un aura de misterio peligroso. Era el tipo de hombre que parecía caminar siempre un paso por delante del resto del mundo. Y ahora, de manera inexplicable, sus ojos estaban fijos en Marilen.

​Camila lo había notado en el momento exacto en que Kalen sujetó a Marilen para evitar su caída. Había sido un contacto demasiado cercano, cargado de una atención desmedida que no encajaba con la frialdad habitual de Voss. Y aunque las demás estudiantes rieron, disimularon y murmuraron entre ellas sobre la supuesta torpeza de Marilen, Camila se limitó a observar.

​No porque le preocupara su supuesta "amiga". Sino porque entendía el peso de los gestos. Kalen Voss no ayudaba a cualquiera.

​«Marilen... ¿qué tiene ella que no tenga yo?», pensó Camila, sin perder la sonrisa angelical mientras salía del baño.

​Se hizo una promesa silenciosa en ese mismo instante: vigilaría cada movimiento y actuaría con una precisión quirúrgica. No atacaría de manera abierta; no todavía. Primero debía reforzar su papel de santa. La amiga leal. La que siempre estaba presente. La que todo lo sabía… y todo lo callaba.

​Mientras tanto, dejaría que los demás siguieran creyendo en la perfecta mentira que ella misma había construido.

​En otra parte del campus, Kalen cruzaba los pasillos con paso firme y seguro. Vestía un abrigo largo y elegante de corte impecable, con el cuello levemente alzado, nadie se atrevía a interponerse en su camino. Las miradas ajenas lo seguían con esa mezcla de admiración y temor reverencial que tanto complacía su ego.

​Se detuvo frente a la oficina de admisión y golpeó la puerta con apenas dos toques secos. Una mujer de unos cincuenta años, que llevaba las gafas apoyadas en la punta de la nariz, levantó la vista con fastidio al verlo entrar.

​—¿Sí? —preguntó la mujer.

​—Buenas tardes, señora rectora —saludó Kalen. Esbozó una sonrisa medida, perfectamente ensayada, en la que no se apreciaba el menor rastro de humildad —Me gustaría cambiar algunas materias de mi programa académico.

​La mujer suspiró, ajustándose los lentes.

​—¿Tienes el formulario correspondiente?

​—No lo necesito —sentenció él con total tranquilidad.

​La rectora parpadeó, desconcertada por su audacia.

​—Las materias ya fueron asignadas hace dos semanas —le recordó ella en tono severo —Solo es posible realizar modificaciones con una justificación válida y la aprobación directa del decanato.

​Kalen sonrió, pero esta vez su gesto se tiñó de una fría arrogancia.

​—Perfecto, entonces puedo llamarlo directamente —declaró mientras extraía su teléfono celular y lo desbloqueaba con un movimiento rápido de dedos —El decano Varela es un amigo muy cercano de mi padre. Seguro que me atiende en un minuto.

​La rectora lo observó con el rostro endurecido, tragándose el orgullo ante el peso del apellido Voss.

​—¿Qué materias desea cambiar? —cedió finalmente de mal grado.




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