Esa noche, Kalen recibió un correo con su nuevo horario. Siete materias en común con Marilen.
Sonrió para sí mismo. —Es cuestión de tiempo.
No sabía por qué ella se mostraba tan diferente hacia él. Tan dura. Tan distante. Pero eso solo alimentaba el reto. Y él odiaba perder.
Desde una terraza solitaria, Ren observaba el campus envuelto en luces tenues. Tenía el cronograma impreso en sus manos. Había notado la modificación; había hecho sus propias indagaciones. Kalen se estaba moviendo, y él sabía perfectamente lo que eso significaba. Cerró los ojos, apretando el papel entre sus dedos.
—No otra vez… —susurró.
Esta vez, él iba a anticiparse. Iba a protegerla. Aunque tuviera que romper las reglas. Aunque tuviera que ensuciarse las manos. Porque el juego había empezado, y Marilen… era la pieza más valiosa del tablero.
Marilen llegó al salón a tiempo, algo raro en ella desde el accidente con el tobillo. El aire estaba espeso, y el murmullo de los alumnos apenas llegaba como un zumbido lejano. En cuanto cruzó el umbral, sus ojos captaron el cambio inesperado: las sillas ya no eran individuales.
Ahora eran para dos personas. Pupitres largos, diseñados para el trabajo en pareja. Sin excepción.
Frunció el ceño, buscando una explicación en la cartelera de anuncios, pero no había nada. Ningún comunicado. Ninguna razón visible para aquella reorganización. Solo una imposición súbita, como una trampa disfrazada de casualidad.
Ella sabía lo que esto significaba.
—Esto no es casual… —murmuró, sintiendo un escalofrío recorrerle la columna.
Tomó asiento en el último lugar del fondo, cerca de la ventana. Siempre prefería esa ubicación: más tranquila, con menos ojos observándola. Aunque, desde su "regreso", la paz era un lujo que no podía permitirse.
Uno a uno, los alumnos comenzaron a entrar. Rieron, se saludaron y se acomodaron en parejas sin cuestionar la distribución. Chicas con chicos. Nadie parecía sorprendido. Nadie... excepto ella.
Y alguien más.
Ren Kamil Hiro, de pie en la entrada del pasillo central, observaba en silencio. Sus ojos, duros y concentrados, recorrieron el aula como si leyeran entre líneas lo que otros ignoraban. Cuando vio dónde estaba sentada Marilen, supo de inmediato quién estaba detrás del cambio.
—Jugada sucia... —murmuró entre dientes, apretando la mandíbula con fuerza.
El aire le pesaba en los pulmones, como si algo se le atragantara en el pecho. Salió al pasillo contiguo y cerró los ojos unos segundos. Respiró profundo. Tenía que calmarse; no podía actuar por impulso. Pero ¡maldita sea!, cómo lo irritaba.
Fue entonces cuando Kalen Voss pasó a su costado, rodeado por una pequeña oleada de suspiros y risas femeninas. Era como si su sola presencia alterara la atmósfera. Casi todas las chicas lo seguían con la mirada; algunas le hablaban, otras fingían casualidad al cruzarse con él. Fanfarroneando como siempre, pensó Ren. Pero no lo dijo. No aún.
Kalen, impecable en su andar seguro, ni siquiera lo miró al pasar. Como si ni lo registrara. Pero Ren sí lo observaba. Y lo seguía a corta distancia.
Kalen entró al aula con una sonrisa medida, como si supiera que cada movimiento suyo era parte de un guion perfectamente armado. Caminó directo hacia el fondo, hacia el asiento junto a Marilen.
Ella lo vio aproximarse desde el rabillo del ojo, y toda su piel se tensó. Su puño derecho se cerró con tanta fuerza sobre su blusa que los nudillos se le pusieron blancos. Contuvo el temblor de su respiración y el impulso de levantarse y marcharse. No quería darle el gusto de verla débil. No otra vez.
—Hola, Marilen —dijo Kalen con una voz suave, melosa, que contrastaba con el vacío que ella recordaba haber sentido cuando él la dejó rota en su vida anterior—. Me alegra que seas mi compañera de asiento.
Estiró la silla con naturalidad, como si fuera su lugar desde el principio. Como si tuviera todo el derecho. Pero justo cuando estaba por sentarse, una mano firme se posó en su hombro y lo detuvo con decisión.
—Lo siento —dijo Ren con una voz grave y segura—, pero ella es mi compañera de asiento.
El silencio cayó sobre el aula como una sábana de plomo. Los alumnos más cercanos dejaron de hablar. Kalen giró lentamente, molesto y sorprendido, pero aún bajo control.
Los dos se miraron frente a frente. Ojos contra ojos. Presencia contra presencia. Un choque silencioso, invisible, pero intensamente violento. Kalen alzó una ceja, fingiendo confusión.
—¿Perdón?
—Dije que ella ya tiene compañero —Ren no se movió ni un centímetro. Su mano aún tocaba el respaldo del asiento—. Ese lugar está ocupado.
—No parece estarlo —replicó Kalen, sin perder la sonrisa.
—Ahora sí lo está.
Hubo algo en el tono de Ren, en esa calma tensa, que hizo que incluso Kalen dudara por un instante. Marilen se quedó inmóvil. Sabía lo que estaba en juego. Sabía lo que Ren acababa de hacer por ella, y también sabía que esto no era una simple discusión por un asiento. Era el inicio del enfrentamiento.
Kalen forzó una carcajada breve, sin gracia.
—No sabía que tenías tanta autoridad —dijo.
Ren lo miró fijo.
—No se trata de autoridad. Se trata de límites. Y tú estás cruzando uno que no deberías.
La clase aún no comenzaba, pero el ambiente ya estaba al rojo vivo.
—Kalen querido... puedes sentarte a mi lado —intervino Camila, aprovechando la oportunidad para asegurarse de que el chico popular se sentara con ella.
Finalmente, Kalen se giró hacia otra fila, tomó asiento al lado de una alumna cualquiera y no dijo una palabra más.
—Está bien... al fin y al cabo estoy en el mismo salón —comentó mientras abrazaba a Camila por los hombros para no perder la postura.
Pero sus ojos… sus ojos seguían clavados en ellos.
—Gracias —murmuró Marilen, apenas Ren se sentó a su lado.
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Editado: 29.05.2026