En Esta Vida Te Protegeré - Series de Ceos Arrepentidos

11. Veneno detrás de la sonrisa

La clase había comenzado hace solo unos minutos, pero el ambiente en el aula ya estaba cargado de una tensión que no tenía nada que ver con la materia. Las sillas dispuestas en parejas, la inesperada reubicación y la batalla silenciosa entre Ren y Kalen... todo parecía fríamente orquestado para un enfrentamiento que apenas empezaba.

La profesora, ajena o tal vez deliberadamente indiferente a la electricidad del lugar, hablaba sobre teorías sociológicas con voz monótona. La mayoría de los alumnos tomaban apuntes o simplemente fingían hacerlo. Sin embargo, las miradas furtivas iban y venían entre las últimas filas del aula, donde tres personas dominaban el espacio con su mera presencia.

Ren estaba concentrado en su cuaderno, apuntando cada palabra que salía de la boca de la docente con una precisión casi agresiva. Su mandíbula seguía tensa; su postura, alerta. Marilen, a su lado, intentaba mantener la mirada baja, sintiendo que en cualquier momento algo explotaría. Porque lo conocía. Conocía a Kalen. Sabía perfectamente cómo actuaba, él no atacaba de frente, sino que perforaba la resistencia de sus víctimas de manera lenta y sutil.

Y entonces llegó el primer dardo, disfrazado de comentario inocente.

—¿Alguien aquí tiene experiencia en manipular? —preguntó la profesora como parte de un ejemplo didáctico.

Unas risas nerviosas resonaron en el aula. Algunos alumnos levantaron tímidamente la mano.

—Depende de qué tipo de manipulación —añadió un chico desde el medio del salón.

Fue ahí cuando la voz de Kalen se levantó, perfectamente modulada para llegar hasta el fondo del aula.

—Oh, yo conozco personas que tienen un talento natural para eso —dijo él, mirando hacia el frente, pero con un tono afilado que atravesó directamente el espacio entre su asiento y el de Marilen —Son tan sutiles que logran que uno termine creyendo que el malo de la historia fue uno mismo. ¿No es brillante?

Algunas risas cómplices se escaparon entre los alumnos. No muchos entendieron el trasfondo de sus palabras, pero Ren sí lo hizo. Y Marilen… también.

Ella apretó los labios, sintiendo cómo la sangre le ardía en las mejillas. No iba a mirarlo; se prometió que no caería en su juego retorcido.

—O personas que se hacen las frágiles, pero esconden espinas —continuó Kalen, apoyando un codo sobre su escritorio mientras jugueteaba con la tapa de su bolígrafo —Siempre encuentran a un salvador ingenuo que cree que puede arreglarlas.

Ren dejó de escribir en el acto. Giró apenas el rostro y sus ojos se clavaron en los de Kalen. El silencio entre ambos se volvió sepulcral. Era un duelo sordo entre dos mundos que ya habían colisionado en el pasado y que ahora estaban irrevocablemente destinados a hacerlo de nuevo.

La profesora, notando la atmósfera pesada que se había asentado en el salón, retomó su discurso sin hacer comentarios. Pero el daño ya estaba hecho.

A pocas filas de allí, Camila observaba toda la escena con una sonrisa apagada. Desde su asiento en el centro del aula, jugaba con su lapicera, simulando desinterés. Pero en su mente, cada pieza del tablero se acomodaba con una claridad fría.

Primero había sido la sorpresa, Kalen, el inalcanzable, fijando su atención en Marilen. Luego llegó la rabia: Ren, el otro ídolo silencioso del campus, tomando partido por ella sin dudarlo un segundo. Y ahora, solo quedaba el frío de la confirmación; la certeza de que ella ya no formaba parte del juego, al menos no para ellos.

Camila sabía fingir a la perfección. Sabía ser la amiga ideal, la confidente perfecta, la que escuchaba todo sin juzgar. Era la máscara absoluta. Pero detrás de su gesto amable, el veneno empezaba a gotear de forma irreversible.

«Si ellos piensan que Marilen puede pasar por todo esto sin romperse... están más ciegos de lo que parecen» pensó Camila.

Ella había estado allí antes. Había visto a Marilen cuando no era más que una sombra silenciosa y asustadiza entre los demás. Y aunque Camila también había usado su amistad como una fachada para posicionarse socialmente, conocía sus debilidades lo suficiente como para destruirla si era necesario.

«Estás volviendo a brillar… y yo no pienso quedarme a oscuras» se juró a sí misma mientras observaba a Marilen por el rabillo del ojo.

Al terminar la clase, los alumnos comenzaron a recoger sus pertenencias. Algunos reían en voz alta, mientras otros corrían hacia sus próximos compromisos.

Ren guardó sus cosas sin pronunciar palabra y Marilen hizo lo mismo. Ambos eran plenamente conscientes de que Kalen seguía detrás de ellos. Y él, fiel a su estilo, no tardó en acercarse, fingiendo total casualidad.

—Marilen —la llamó él con su habitual voz encantadora —¿puedo hablar contigo un momento?

Ella se giró con lentitud y lo miró de frente. Por fin lo hacía. Sus ojos, ahora firmes, sostenían una frialdad implacable que jamás había tenido en su vida anterior.

—Estoy ocupada —cortó ella. Kalen sonrió con arrogancia.

—No parecés tan ocupada. Solo quería preguntarte si te molestó que... bueno, que estemos en la misma clase. O que haya cambiado de asiento. Fue pura coincidencia, lo juro —añadió con un marcado tono burlón.

Ren dio un paso hacia adelante de manera instintiva, pero Marilen lo detuvo colocándole una mano en el brazo, frenándolo con una sola mirada.

—No me molesta tu presencia —declaró ella sin pestañear —Me molesta que sigas creyendo que podés jugar conmigo exactamente como lo hacías antes.

Kalen parpadeó, desconcertado. Por una fracción de segundo, su fachada de seguridad se quebró por completo.

—¿Antes? —inquirió él, descolocado —¿A qué te refieres?

El silencio volvió a instalarse entre los tres. Ren observó la interacción sin intervenir. Por primera vez, Marilen lo estaba enfrentando por sus propios medios. Y eso era justamente lo que él deseaba, verla fuerte, verla dueña de sí misma y libre de sus viejos fantasmas.




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