En la Comisaría 2
Poco después, dos nuevos policías se presentaron en el laboratorio. Esta vez venían con una orden de traslado: quedaba detenida bajo la acusación de haber abandonado el lugar de un accidente sin atender al lesionado. El conductor de la moto, abusando descaradamente de su posición y de su uniforme, no iba a dejarme ganar la pulseada, a pesar de no tener un solo rasguño y de haber sido el culpable.
Los agentes me retiraron de mi puesto de trabajo. Imaginen el bochorno y la vergüenza de pasar por eso frente a mis compañeros. ¡Nunca en mi vida pensé que algo así podría pasarme!
Al llegar a la seccional, el comisario salió a revisar el golpe de mi camioneta, una Volkswagen Kombi de unos tres o cuatro metros de largo. El impacto en la zona trasera hacía evidente que me habían chocado a mí. El comisario se dio cuenta de inmediato de que yo no tenía la culpa de nada, pero sus manos estaban atadas: por procedimiento, no podía dejarme ir hasta que el juez de turno firmara la orden de liberación.
Afortunadamente, el comisario demostró ser una persona de bien. Apenas me vio, determinó que yo no representaba ningún peligro. Ordenó a los agentes que no me encerraran en una celda, así que me permitieron esperar sentada en el patio interno de la comisaría. Eso sí, me confiscaron casi todos mis efectos personales: dinero, documentos y mi cédula de identidad.
Sintiéndome desamparada, les pedí un poco de papel. En mi cartera había logrado conservar una lapicera. Mientras el tiempo pasaba y la burocracia resolvía mi destino, decidí mantener la mente ocupada. Pensé en mi hija, que pronto rendiría su examen de matemática de quinto de liceo, y empecé a escribirle, de memoria, todo lo que recordaba sobre cómo resolver ecuaciones.
Los agentes me trajeron un par de hojas que se me terminaron enseguida, así que continué el desarrollo de las fórmulas en las servilletas que encontré. El álgebra me protegió los pensamientos durante unas horas, pero pronto empezó a anochecer. Me quedé sin luz para escribir y el frío del patio empezó a calar hondo.
Esas horas de encierro e impotencia se convirtieron en uno de los momentos más violentos de mi vida. Jamás había estado retenida en una comisaría, y menos por el capricho de alguien con poder.