Mientras estuve anotando cosas sobre ecuaciones, mi mente se mantuvo ocupada. Cuando ya no pude ver más, y tuve que parar, empecé a ponerme merviosa. Habían pasado varias horas. Yo entraba a trabajar a la 1, creo, me habrán llevado a eso de las 3, y ya era de noche.
De repente apareció Mario, mi esposo. Supongo que mi hija o los compañeros de trabao se comunicaron con él. No sé bien cómo, pero de alguna manera él se enteró de que yo estaba en la comisaría. Él y otro compañero estaban trabajando en un lugar alejado pero el amigo lo llevó y Mario convenció a los policías de que lo dejaran entrar a verme.
Me abrazó y yo, una vez que aflojé la tensión al no estar sola, empecé a llorar. Más alla de todo lo que pueda haber pasado entre Mario y yo, bueno o malo, antes o después de ese día, le agradezco que me haya acompañado en esos momentos, que fueron terribles para mí.
Al rato por fin llegó la orden del juez y por fin me liberaron sin ningún cargo. Tuve que frmar que el caso se desestimaba y que había recibido mis pertenencias, y nos fuimos.
No tenía idea en ese entonces de que uno o dos años después tendría que volver a la misma comisaria, pero por un asunto completamente diferente.