En la comisaría 2

Un email

Leticia tuvo una época fatal. En su adolescencia, cada novio que traía a casa parecía peor que el anterior.

"Un email"

El 4 de agosto de 2007, pocas horas después de que estallara la tormenta, le escribí este correo electrónico a un amigo cercano:

Hoy de mañana me despertó la policía para decirme que Leticia estaba en la comisaría segunda. Resulta que ella y el novio se pelearon y él, de rabia, rompió un vidrio. Ahora tiene que pagar 6,500 pesos, y él gana 4,000 trabajando. Sin palabras... De todas formas, él era el culpable; ella solo fue a acompañarlo porque lo vio desequilibrado y le deparó miedo dejarlo solo.

Te digo que uno no gana para sustos.

Un beso,

Ana.

"La historia completa"

Eran apenas las cinco y pico de la mañana cuando el teléfono interrumpió el silencio de la casa. Al atender, una voz firme me tomó por sorpresa:

—Habla la oficial de la comisaría segunda.

Agregó que tenían a mi hija menor retenida en la seccional. Medio dormida, ni siquiera logré entender el nombre de la agente, pero sí comprendí que Leticia estaba allí metida por alguna razón. Instintivamente, pensé en lo peor. Mentiría si dijera que me extrañó del todo; los adolescentes pueden hacer muchas tonterías y, en el fondo, hacía ya un tiempo que temía recibir un llamado similar.

Desperté a Mario de inmediato y salimos a toda velocidad en la camioneta. La comisaría nos quedaba como a media hora de viaje. Cuando por fin entramos, la escena me partió el alma: Leticia estaba sentada a un costado, aterida y muerta de miedo. Llevaba una pollerita bastante corta, estilo minifalda, y un abrigo muy liviano. Estábamos en pleno invierno uruguayo y hacía un frío terrible. Así, desprotegida, había pasado la noche entera a la intemperie, esperando a que la policía decidiera liberar al que entonces era su novio.

Sin pensarlo, me saqué mi propio abrigo y se lo puse por encima de los hombros. Ella protestó un poco por puro orgullo, pero el frío pudo más y se lo terminó quedando.

Mario, intentando ayudar, salió a buscarle un café caliente. Para lograrlo tuvo que caminar varias cuadras a la redonda, ya que a esa hora de la madrugada casi todos los comercios de la zona permanecían cerrados. Su ausencia me dio el espacio necesario para hablar a solas con mi hija. La adolescencia se le había venido encima con mucha fuerza y se había vuelto una muchacha sumamente rebelde. Sin embargo, ese día, desarmada por el miedo, la terrible experiencia vivida y la necesidad imperiosa de confiar en alguien, volvió a parecer la niña que en realidad seguía siendo.

Me contó que ella y el novio habían tenido una fuerte discusión en la calle. Eso lo alteró por completo; fuera de sí, el muchacho tomó una piedra y la arrojó contra el ventanal de un edificio, destrozando un vidrio que probablemente costaría una fortuna. Tras el impacto, el joven comenzó a gritar que se quería suicidar, fruto de la misma crisis nerviosa que atravesaba. Leticia se asustó tanto que se negó a dejarlo solo, temiendo que cumpliera su amenaza.

Cuando llegó el patrullero y la policía se lo llevó detenido, ella insistió en subir al coche para acompañarlo. Lo más conmovedor fue que se negó rotundamente a que nos llamaran en ese momento: "Mi madre trabaja muchísimo, déjenla dormir", les repitió a los oficiales. Por eso los policías dejaron pasar varias horas antes de marcar mi número. Como ambos eran menores de edad, era cuestión de tiempo para que las autoridades resolvieran la situación. Leticia no estaba arrestada; permanecía en la seccional por su propia voluntad, empecinada en no marcharse sin él.

Al rato, Mario regresó al pasillo con el café humeante en la mano. En cuanto lo vio, Leticia lo rechazó tajantemente, solo porque venía de él. Yo le insistí con firmeza para que lo tomara, recordándole que necesitaba calentar el cuerpo, pero no hubo caso; se cerró en banda.

Para ese entonces, la relación entre ellos dos ya se había desgastado bastante y se llevaban muy mal.



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En el texto hay: miedo, abuso de poder, amor

Editado: 25.09.2026

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