En la escuela

Capitulo 1

Me da mucha risa acordarme. Mi primer día de secundaria parece muy lejano.

En ese momento, nada fascinante ni especial pasaba en mi vida. Solo podía pensar en estudiar como lo más elemental e importante. No tenía amigas ese primer año de secundaria. Estaba en el turno de la tarde y había pocos alumnos en total: solo éramos tres mujeres. Dos de ellas ya se conocían; con esas circunstancias, solo me quedaba una opción: hacerme amiga de los hombres. Aunque eso no me molestaba; incluso puedo decir que se me facilitaba más.

Habían pasado solo unas pocas semanas desde que empezaron las clases. Recuerdo que estaba en educación física. A los de primer año nos juntaban con un grupo de tercer año.

Era educación física, pero nunca nos ponían a hacer ejercicios ni algo parecido. Simplemente, la mayoría de los hombres jugaban fútbol y los demás nos sentábamos por ahí, en el piso, a adelantar tareas, oír música, entre otras cosas.

Ese día en particular, yo estaba sentada en el piso con uno de mis amigos, Fernando. Iba en mi salón.

Platicaba con él cuando llamó mi atención, a lo lejos, un muchacho. Lo reconocí porque ya lo había visto en el transporte escolar (una camioneta que me llevaba de mi casa a la escuela y viceversa); a él también lo llevaba.

De entre todos, solo él me parecía guapo. Me pregunté por qué no lo había visto antes en esa clase. Lo contemplé un rato, claro, muy discretamente.

Terminó la clase y nos fuimos.

Más tarde, en el salón, el maestro aún no había llegado.

Sara, una de mis compañeras, se acercó a mí y me preguntó si me gustaba alguien del salón. Le dije que no. Luego insistió, preguntando si me gustaba alguien de la escuela.

Me quedé pensando por qué me preguntaba aquello, si ella y yo nunca hablábamos.

En aquel momento no me di cuenta de que, si le contestaba, cometía un error. Supongo que aún guardaba alguna esperanza de integrarme con ellas.

Le dije que me gustaba un muchacho de tercero. Con la descripción, lo reconoció rápidamente; les recuerdo que no éramos muchos en los salones.

Después, ya a la salida, subí al transporte. Ajena a lo que me esperaba, me senté en la camioneta, sin pensar en nada particular. De pronto, el chico —ese que me gustaba— me habló. Me quedé petrificada, tratando de entender lo que estaba pasando.

—Hola, soy Alan —me dijo—. Con referencia a tu nota, la respuesta es sí.

Su voz era grave, ya varonil, a pesar de su edad todavía tan corta.

Confundida, lo miré y le pregunté de qué nota hablaba. Me entregó un papel pequeño que tenía escrito: “Me gustas, ¿quieres andar conmigo?"

Claro que se suponía que yo le había entregado esa nota. Si ustedes se sorprenden, imagínenme a mí.

Pero ¿por qué Sara hizo aquello? Claro que fue ella, ¿quién más? ¿Cuál era su intención? ¿Ayudarme o molestarme?

No podía creerlo. Primero, que ella hubiera escrito ese papel y ni siquiera se tomara la molestia de avisarme. Segundo, me sorprendía que Alan simplemente me hubiera dicho que sí quería andar conmigo. No sabía qué pensar de todo eso ni cómo reaccionar. Le contesté que yo no había escrito aquella nota.

—Mmm, entiendo —me respondió, y no me dijo nada más.

Se preguntarán si le reclamé a Sara por lo ocurrido. La verdad es que no. Ni siquiera se lo mencioné; simplemente no quería buscarme más problemas dentro del salón, pues ya de por sí el ambiente era pesado.

Claro que les contestaba; no me quedaba calladita tampoco. Yo muy bien podría ponerlas en su lugar a las dos juntas; estaba más que capacitada, y ganas no me faltaban. Lo pensaba constantemente. Pero no. La cordura siempre regresaba a mí.

Tenía que recordar que todavía faltaba más de medio año escolar. Viviría con la esperanza de que, con mi promedio, podría estar en otro grupo el siguiente año.

Pasaron varias semanas desde aquel incidente de notas falsas, abuso de confianza, proposiciones y confusiones.

Traté de seguir como si nada, pero sentía la incomodidad en el transporte. La cara me ardía siempre que pasaban por él. Ahora tenía la sensación de que Alan se me quedaba viendo. Estaba segura de que era mi paranoia por lo que había pasado.
Yo siempre estaba al pendiente de él, por obvias razones. Pero tenía que ser todavía más discreta.

Un día caminaba hacia una de mis clases cuando Alan se acercó a donde yo estaba. Me entregó un papel doblado y me dijo: “Espero tu respuesta”.

Al llegar al salón lo leí. Sí, así es: era una carta romántica donde me pedía que fuera su novia. Debo admitir que me sentí algo emocionada. No sabía qué contestarle y lo pensé durante el resto de las clases.

Claro que quería decir que sí, porque él me gustaba. Aunque era obvio que su proposición nacía de aquella nota que le habían dado antes a mi nombre.

Sí, era consciente de que toda esta situación estaba motivada porque Alan sabía que yo sentía algún tipo de atracción por él.

Algo dentro de mí me decía que no debía emocionarme tanto. De todos modos, yo no sabía qué era tener un novio. Supongo que son cosas que algún día tendría que vivir, pero no estaba convencida de estar lista todavía.




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