En la escuela

Capitulo 2

La verdad es que, aunque le hubiera dicho que sí, yo no estaba preparada para esto todavía. No sabía qué debía hacer ni cómo comportarme. El gran y principal problema de todo es que me faltaba seguridad. Era demasiado tímida, no me atrevía a hacer muchas cosas; todo me daba nervios: que me hablara, que se me acercara.

Por supuesto que sí, todo empezó a ir muy mal.

En el receso, Alan me buscaba. Yo me sentaba junto a él, pero sinceramente no sabía lo que esperaba de mí. Bueno, sí sabía… pero yo no podía. No le podía hacer caso. No me salían las palabras; me quedaba congelada, mirando a cualquier otro lado, pensando en qué momento iba a terminar el receso para poder escapar.

Hoy en día pienso en eso y mi explicación es simple: no estaba lista para esa relación, ni para ninguna otra. ¿Por qué a veces nos metemos en problemas antes de tiempo?

Claro que todos los momentos vividos te van dando experiencia. Aprendes. Por eso hoy me acuerdo y, más bien, me da risa.

A pesar de todo lo mal augurado, Alan me dio mi primer beso.

Fue el momento en que el tiempo se detuvo y dejé de respirar: el muchacho con el que llevaba meses soñando me había pedido ser su novia… y me estaba besando.

Sus labios tenían un sabor dulce; literalmente dulce. Tal vez tenía un caramelo en la boca, no lo sé.

No me malinterpreten: él me gustaba mucho.

Sí fueron momentos especiales y bonitos, solo difíciles, porque todo aquello me costaba trabajo.

Siempre, en el momento en que se despedía de mí —paciente, porque se acercaba a mí después de media hora en la que yo lo había ignorado completamente, y aun sin haber pronunciado palabra alguna—, me daba un beso.

Siempre me dejaba esa sensación dulce en los labios.

Pasaron así dos meses de noviazgo, anormal de mi parte. Yo no mejoraba mucho con eso de hablar o desenvolverme con normalidad. Cuando cumplimos un mes de novios, Alan me regaló un osito de peluche color café.

Yo también le di un regalo: un oso de peluche, pero de color rojo. Según yo, todo iba bien.

Recuerdo bien que, poco tiempo después de haber cumplido dos meses juntos, me enfermé de la tos.

Mi mamá me dio un jarabe de miel, pero me provocó una alergia. Me llené de ronchas en todo el cuerpo. No fui a la escuela casi toda la semana. El viernes, por fin, regresaba. Yo estaba muy tranquila, normal. No sabía lo que me esperaba a mi regreso; ni se imaginan.

Durante esos días no hablé con Alan. Sí tenía su teléfono, pero yo nunca le hablaba. Tampoco tenía celular; apenas estaban apareciendo y eran contados los alumnos que llevaban uno a la escuela.

Solo hablaba con él por correo cuando nos tocaba clase de computación al mismo tiempo.

El día que regresé a la escuela, bajé del transporte. Caminé directo hacia los vendedores de dulces y papitas que acostumbraban estar enfrente de la escuela.

No pasó ni un minuto cuando se acercó a mí una amiga mía, Rosa. Me recibió con una noticia fuerte y clara:

—¡Amiga, Alan anda con Liz!




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.