En segundo año de secundaria las cosas mejoraron un poco.
Estaba en otro grupo, con compañeras que ya eran mis amigas del año anterior. Con una de las que más me llevaba era con Diana.
Algo que sí fue cambiando fue la manera en que veía a Damián. Se acordarán de él, ¿cierto? Aquel que me declaró su amor en primero con una carta y yo no supe qué decirle.
Además de que era guapo, con el paso del tiempo y la convivencia, mi pensamiento más constante era que ya me sentía preparada para corresponderle. Claramente, ahora también quería andar con él, aunque la pregunta era si todavía quería andar conmigo.
Cuando me tocaba clase de inglés, siempre me encontraba con el grupo de Damián en el camino, ya que su grupo iba saliendo de ese salón. Lo veía, lo saludaba; a veces jugaba un poco con él: me quitaba mi mochila y lo perseguía hasta que me la devolviera. A veces me revolvía el cabello. Estaba casi segura de que aún estaba interesado en mí.
En este punto, Diana y yo ya éramos uña y mugre.
Un día que íbamos a clase de inglés, antes de que Damián terminara de irse y sin que yo sospechara nada, Diana fue a preguntarle si todavía quería andar conmigo. Él dijo que sí. Ella le contestó que debería preguntarme de nuevo.
Al día siguiente…
Ya saben que él iba conmigo en el transporte. Además, casualmente, Damián era el primero en subir a la camioneta; luego pasaban por mí, yo era la segunda. Curioso cómo el destino arregla algunas cosas, porque así era: solo éramos él y yo por unos minutos.
Como siempre, me subí al transporte y tomé mi asiento preferido en un rincón. Inmediatamente él se acercó a mi lugar, me miró y me preguntó si quería ser su novia. Esta vez no tuve ni que pensarlo. Sabía lo que quería y dije que sí.
Se lanzó sobre mí; sin más preguntas, me abrazó y me dio un beso.
Creo que en aquel tiempo era la fiebre de los dulces.
Con Damián me sentía más cómoda.
Esa se volvió nuestra rutina: yo subía al transporte, él se sentaba junto a mí, platicábamos, bromeábamos y sí, nos besábamos. También le gustaba tomar mi mano.
Me sentía muy feliz.
Pero no piensen que todo era perfecto; todavía no había vencido del todo mis demonios.
En la escuela casi no hablábamos. No me acercaba a él en el receso; no me atrevía. Yo estaba con mis amigas y él con los suyos. Me daba pena acercarme a él y hablarle enfrente de más gente. Supongo que a él también, porque nuestro contacto era prácticamente solo en el transporte.
A veces, cuando nos encontrábamos entre clases, teníamos algún acercamiento: me tomaba la mano, me jalaba la mochila.
Así pasaron cinco meses felices, más rápidos que un chasquido. Damián me daba cartas románticas, me escribía canciones y también me hacía dibujos tipo grafiti. Me sentía muy enamorada.
De repente, como si todo tuviera una fecha de caducidad, un día, sin más, no sé decir por qué, algo cambió. Llevaba días sintiendo angustia. Estaba segura de que algo iba a pasar, o más bien, segura de que esto ya había terminado.
Me di cuenta de que Damián hablaba mucho con una niña de primer año. Se reían mucho; no sé de qué hablaban, pero empecé a sentir celos por primera vez en mi vida.
Ese sentimiento no es nada sano. Los celos te van matando poco a poco por dentro. No se deben menospreciar los sentimientos, porque ustedes podrían pensar: “¿Una escuincla qué tanto puede llegar a sentir?”. Pues sí sentimos, y fuerte. En esta etapa estamos aprendiendo a controlar emociones nuevas: en un momento estás en la gloria y, de un momento a otro, todo parece el fin del mundo.
De pronto los veía juntos e inmediatamente venía a mi mente el recuerdo de él y de mí cuando éramos amigos. No quiero confundirlos, ya que tampoco fue por esa razón que todo acabó; nunca anduvo con ella. Lo que haya pasado, yo no supe qué fue.
Un día, sin más, recuerdo bien que era 14 de febrero. Él se acercó a mí como siempre en el transporte, con un globo en forma de corazón, un último beso en la mejilla y una carta donde me decía que no podía explicarme por qué, pero que era el momento de volver a ser amigos.
Eso sí me rompió el corazón. Esta ocasión sí lloré un poco.
Era la primera vez que sentía este tipo de dolor. Ya tenía días sufriendo porque sabía que algo iba a pasar; solo estaba con la incertidumbre hasta que todo explotó.
Ese mismo día, de manera muy infantil, ya en mi casa, recuerdo cómo rompí todas sus cartas y dibujos. Tiré todo a la basura.
Es muy triste contarles que, aunque quedamos en ser amigos, ya nunca pudimos serlo. Ni siquiera volvimos a dirigirnos la palabra. Claro, no se preocupen: yo seguí adelante. Tampoco iba a terminar mi vida por eso.