En la oscuridad

10. terror

Las luciernagas le dan un toque hermoso cuando aparecen en la noche, gracias a ellas, él y yo podemos vernos en la oscuridad. No tenemos mucho tiempo, mi padre no tardará en darse cuenta de de mi ausencia.

Veo una cabeza.

No…

En realidad, lo que estoy viendo es cómo un hombre está siendo tragado por la tierra, como si hubiera pisado arenas movedizas. Su cuerpo desciende lentamente, centímetro a centímetro, mientras la tierra lo envuelve.

¿Está muerto?

No quiero acercarme.

Tengo miedo.

Mi mente se nubla. No pienso, solo reacciono.

Corro.

Corro hasta la entrada, agradecida de que las luciérnagas aún sigan iluminando el camino. Mi respiración es agitada, el corazón me golpea con fuerza en el pecho. Oh my God, oh my God…

Al llegar, lo primero que veo es al cumpleañero.

—¡Valentín! —grito.

Él me sonríe al verme, pero su expresión cambia de inmediato cuando tomo su mano con fuerza y tiro de él.

—Vania, ¿qué pasa? —pregunta, alarmado.

—Ven… por favor —le digo, sin soltarlo—. I saw something… realmente extraño.

Lo arrastro hacia el invernadero, pero al cruzar la entrada me doy cuenta de algo horrible: las luciérnagas ya no están.

La oscuridad lo cubre todo.

—¿Por qué estás tan alterada? —pregunta—. ¿Qué viste?

—Yo… vi a una persona… una cabeza… —trago saliva— no sé si está muerta.

—¿Qué? ¿Si te refieres a un cuerpo descuartizado? Entonces, si, si esta muerto ¿Dónde ?

—Al fondo, cerca de un árbol —me detengo de golpe—. Mi celular… lo dejé ahí. Ayúdame a buscarlo.

—Dame tu número —dice—. Lo llamo y así lo encontramos más rápido.

Se lo dicto. Marca.

Por un segundo no escucho nada… hasta que, a lo lejos, una melodía rompe el silencio. Frunzo el ceño, recuerdo haberlo dejado cerca de la puerta.

—Ahí —susurra.

Con la linterna de su celular logro ver el brillo de mi teléfono en el suelo. Lo recojo con manos temblorosas.

Thank God.

Nos miramos.

Sin decir nada, asentimos y comenzamos a avanzar. Cada uno ilumina el camino con su linterna. Cada paso que doy hace que mi miedo crezca. Los sonidos de los insectos me rodean; algunos son agudos, otros graves, todos aterradores.

—No puedo creer que hayas caminado todo este camino sola —dice Valentín en voz baja.

—Había luciérnagas cuando estaba aquí —respondo.

Llegamos al árbol.

Valentín apunta con la linterna al suelo.

—Lo encontré —dice—. Pero… no es una cabeza.

Me acerco lentamente, con el corazón en la garganta.

—Es una calabaza.

Parpadeo.

¿What?

—¿Qué…?

Antes de que pueda decir algo más, una voz nos sobresalta.

—¿Qué hacen ustedes dos aquí?

Me giro de golpe.

Detrás de nosotros está mi tía Liset, con los brazos cruzados y una linterna en la mano, observándonos como si supiera que algo no encaja.

Y, aunque intento convencerme de que todo fue una exageración…mi cuerpo no deja de temblar.




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