En la oscuridad

12. Niños

Al llegar a la sala, el ambiente está lleno de gritos de niños corriendo de un lado a otro, felices, despreocupados, como si el mundo no tuviera nada de oscuro.

—Buenas noches, Vania —saluda César.

Está sentado en el sofá junto a Valentín. Ambos tienen ojeras marcadas; supongo que se amanecieron en la fiesta. Yo, en cambio, solo me quedé dormida.
Qué vergüenza.

—¿Buenas noches? —frunzo el ceño—. Es de día.

—Te está bromeando, Vania —sonríe Valentín, como disculpándose.

Tomo asiento a su lado. Está viendo un programa en la televisión. De pronto recuerdo el regalo que le traje… pero ¿dónde lo dejé? ¿Llegué siquiera a dárselo?

—¿Qué están viendo? —pregunto cuando ambos se ríen por algo que aparece en la pantalla.

—Un dibujo animado —responde Valentín—. Se llama Tom and Jerry.

Miro alrededor.
Los niños ya no se ríen.

El silencio infantil es peor que el ruido; significa problemas.

—¿De quiénes son sus hijos? —pregunto.

Ambos se quedan mirándome raro.

—¿Qué? —digo, incómoda.

—¿Tú también los ves? —pregunta Valentín.

—Y también los escucho —respondo, sin pensar demasiado.

César me observa de una forma que no logro descifrar. Es como si intentara leerme la mente… o como si esperara que me retracte.

Why is he staring like that?

—No sabía que también ves fantasmas —dice César, finalmente.

Después de unos segundos de silencio, no puedo aguantarme. Empiezo a reírme. Fuerte. Sin control. No me importa si suena horrible o como risa de villana. Me río hasta que me duele el estómago y se me salen un par de lágrimas.

Cuando logro calmarme, respiro hondo.

—No estamos en la película The Sixth Sense.

—¿Qué? —dicen ambos al mismo tiempo.

—Es una película… —niego con la cabeza—. A ver, no nos desviemos. En serio, ¿de quiénes son esos niños?

—No lo sabemos —responde César—. Son niños que aún tienen asuntos pendientes aquí.

Mi estómago se encoge.

—¿Me estás diciendo que en esta casa pasan cosas paranormales? —pregunto.

De pronto, quiero volver a mi país. Right now.

—César, no asustes a Vania —lo reprende Valentín.

Después de eso, el hambre se me va por completo. Subo a mi habitación y reviso mensajes en mi celular cuando, de pronto, entra una llamada.

Es mi papá.

—Hola, papá.

—Vania, ¿cómo estás?

—Mmm… todo bien, aunque creo que esta casa tiene situaciones paranormales.

Él ríe suavemente.

—Eres igual a tu madre: supersticiosa.

—¿Super… qué?

—Su-per-sti-cio-sa —deletrea.

—¿Y eso qué significa?

—Que crees en cosas paranormales.

—Pa’, así no se les llama a esas personas —le reclamo.

—¿Ah no? Entonces ¿cómo?

—Clarividentes.

Me quedo en silencio unos segundos, dudando.

—¿Qué más creía mi mamá?

—Tu mamá creía en las almas, en las sirenas… en todo lo mágico. Me gustaba cuando me contaba historias. Ahora que lo pienso, creo que más que las historias, me gustaba escuchar su voz.

Mi pecho se aprieta.

Es la primera vez que mi padre habla de ella así.

—¿Qué más? —insisto.

—Le gustaba ser un alma libre. Amaba la música y bailar… aunque bailar no era lo suyo.

Seguimos hablando hasta que recuerdo algo del álbum de fotos.

—Pa… ¿alguna vez conociste a dos chicos llamados César y Valentín?

El silencio se alarga demasiado.

Empiezo a morderme la uña.

—¿Pa? ¿Estás ahí?

Nada.

—Vania… olvidé decirte que cuando vuelvas quiero presentarte a alguien que conocí. Estoy seguro de que te agradará. Tengo que colgar, debo volver a la empresa y luego viajar a Brasil para—

Corto la llamada.

Mi papá sabe algo.

I’m sure of it.




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