En la oscuridad

12. Pulsera.

Encontrarme con él a escondidas es algo divertido y muy emocionante, algo que algún día podría contarles a mis hijos… y quién sabe, quizá también a mis nietos.

Sé que él y yo seremos felices. Sé que puedo convencer a mi padre para que nos deje estar juntos. Estoy decidida a hablar con él para que apruebe nuestro amor.

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Después de unas horas, mi estómago ruge de hambre.

No me atrevo a bajar; saber que hay niños fantasmas en esta casa me da… algo de miedo. No demasiado, pero lo suficiente. Aun así, no puedo dejar de pensar en la forma tan tranquila en la que César y Valentín hablaron del tema, como si fuera lo más normal del mundo.

Like it’s nothing.

Creo que con el estómago vacío no puedo pensar con claridad.

Al diablo con los fantasmas. Luego iré a una iglesia y me echaré agua bendita o algo así.

Abro la puerta de mi habitación y bajo las escaleras directo a la cocina. Abro la refrigeradora, reviso algunos cajones… y entonces me encuentro con la señora que cocina.

Ups.

Olvidé su nombre.

—¿Buscas algo? —pregunta.

—Eh… sí. Quería prepararme un sándwich.

—Ah, te refieres a una hamburguesa.

—Sí.

—Yo te la preparo.

Me siento en una silla y la observo mientras cocina. Le indico qué cremas quiero que le eche. Cuando termina, le agradezco y estoy por irme cuando escucho que me llama.

—¿Sí?

—Toma esto —dice, sacando una pulsera de su bolsillo y extendiéndomela—. Te protegerá de todo mal y de cualquier brujería que puedan hacerte.

Frunzo el ceño, pero la acepto.

—¿Usted cree que alguien quiera hacerme daño?

—No lo sé —responde—. Uno nunca termina de conocer a las personas.

Luego se da la vuelta y comienza a lavar los platos, como si no acabara de decir algo inquietante.

Me quedo allí, confundida.

No sé qué diablos está pasando en esta casa.

No sé por dónde empezar… ni siquiera sé qué es exactamente lo que debo buscar.

Aprieto la pulsera entre mis dedos.

Tal vez debería volver a ver el álbum de fotos.

De nuevo en mi habitación, saco el álbum de fotos que había guardado en el armario. Me echo en la cama y lo abro mientras como mi sándwich. Busco hasta donde me quedé: la foto en la que aparecen, supuestamente, César y Valentín.

La saco del álbum y reviso la parte de atrás, buscando alguna fecha, un nombre, cualquier cosa escrita.

Nada.

—Ay… qué frustrante —murmuro.

Sigo revisando las fotos. Todas son de mi mamá y mi tía cuando estaban en el colegio; en algunas aparecen sus profesores, en otras están bañándose en el río, con las montañas de fondo. Fotos felices. Fotos normales.

Nada extraño.

Hasta que alguien toca la puerta.

No espero respuesta. Mi tía abre y entra con los brazos cruzados. Su expresión es seria, casi molesta.

—Lucrecia me dijo que solo comiste una hamburguesa —dice—. Debes alimentarte bien, eso no es suficiente.

Ignoro el comentario. No estoy de humor para que me hable así. No es mi mamá.

Levanto la foto y se la muestro.

—Quiero que me expliques esto.

Mi voz suena firme, incluso para mí.

—En esta foto salen mi mamá, tú… y ellos dos —señalo a César y Valentín—. ¿Puedes explicarme cómo tú y mi mamá envejecieron, pero ellos parecen tener mi edad?

Mi tía Liset se queda inmóvil.

Por un segundo parece genuinamente sorprendida, como si no recordara que esa foto existiera. Su mirada se clava en la imagen… y luego en mí.

Se acerca.

Levanta la mano y acaricia mi cabeza con suavidad, demasiado suavidad, mientras susurra algo que no logro entender.

—Quiero que olvides este momento.

Frunzo el ceño y aparto su mano de inmediato.

—¿Qué se supone que estás haciendo?

Mi tía retrocede un paso.

Su rostro refleja desconcierto… y miedo.




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