Siempre creí que el mundo era un lugar monocromático. Una escala de grises compuesta por el ruido blanco de las discusiones, el eco metálico de los videojuegos y el sabor rancio de los días que se repiten sin sentido. Me acostumbré a caminar a tientas, convencido de que la oscuridad no era la ausencia de luz, sino un refugio seguro donde nadie podía pedirme nada que no estuviera dispuesto a dar.
Pero entonces apareciste tú.
No entraste con un estruendo; te deslizaste por debajo de mis defensas como una melodía que no sabía que recordaba. Fue un asalto a mis sentidos: el aire de pronto tuvo notas de arándanos y cítricos, y el silencio se llenó con la cadencia de una risa que parecía conocer todos mis secretos.
Dicen que las personas correctas no llegan para salvarte, sino para encender la luz y que veas por fin de qué color son las paredes de tu propia celda. Tú no solo encendiste la luz; tomaste mi mano y me obligaste a correr.
Ahora entiendo que mi oscuridad no era un refugio, era solo el lienzo vacío esperando por tu primera pincelada. Y aunque sé que el amor suele ser una herida que se escribe con tinta indeleble, estoy listo para que dejes tu marca en mí.
Después de todo, para todo hay una primera vez. Y esta es la mía.