En La Oscuridad

RUIDO BLANCO

Era un viernes por la noche; el aire de otoño se sentía cálido. Las luces de la ciudad no permitían ver las estrellas pese al cielo despejado, una noche perfecta para capturarlas con un telescopio. El taxi nos llevaba a toda prisa a nuestro destino: una fiesta de «cumpleaños», o más bien, la excusa para una reunión entre los amigos de mi novia. Ella, con su cabellera rubia y ojos claros de piel pálida, se había maquillado para resaltar su belleza natural; estaba emocionada. Por mi parte, pese a tener resistencia para estos eventos, preferiría haber estado con unas energéticas, papas de tarro y mis audífonos sonando el último disco de Linkin Park.

Llegamos a la tan esperada fiesta. Le pagué al taxista con un billete grande, tratando de retrasar el abandono del vehículo; esperaba un «no tengo cambio» para poder responder «lo acompaño a sencilla», pero para mí mala suerte el trámite fue rápido. La música estaba a todo volumen: una mezcla de voces ininteligibles, bajos exagerados y un ritmo marcado que no ofrecía nada melódico. Ingresamos a la casa de su amiga, una tal Thalía, a quien solo había visto un par de veces en estos seis meses de relación. El olor a cigarros baratos, cerveza derramada, frituras y un aroma herbal, pero dulce, me hacía doler la cabeza.

Soy un tipo que gusta de la música en todo sentido, con una marcada tendencia hacia el metal; actualmente, el Nu-metal es lo que me mueve. No soy el hombre más alto, estoy unos centímetros bajo la media, de pelo oscuro y tez blanca con tonos amarillentos. Tengo ojos café, espalda ancha y brazos gruesos. No ocupo mucho espacio a donde quiera que voy, pero en ese lugar me sentía como en una jaula de canarios.

Apenas entramos, Thalía nos recibió con vasos plásticos de lo que parecía ser ron con cola. Di las gracias y mi novia se perdió de inmediato en la conversación con su amiga. Vi la oportunidad de alejarme un poco y busqué un rincón donde otra persona, con un alma similar a la mía, observaba lo que parecía ser jugo en un vaso transparente. Traté de refugiarme allí, pero ella se percató y me sujetó del brazo.

—Vamos, quiero que conozcas a mis amigos. Vinieron todos hoy —dijo con notas de alcohol en su aliento.

—Bueno, vamos a verlos —respondí con una sonrisa forzada.

Me arrastró por la fiesta hasta el patio, donde un grupo conversaba animadamente, algo retirado de la música. Me presentó con energía a su círculo, quienes me dieron una bienvenida cálida, o eso creía hasta que un comentario quedó flotando en el aire:

—Dayan, esperaba a un hombre más alto. Por lo regular siempre estás con los que parecen jugadores de básquetbol —dijo uno de ellos, apuntándome con su vaso.

—Sí, pero este es diferente. Tenemos algo de historia anterior —respondió ella.

Era cierto; fuimos vecinos durante varios años y tuvimos un pequeño romance de niños. Por cosas del destino tuvo que mudarse de la ciudad, pero hace unos años volvió. Tras reencontrarnos y retomar la comunicación, pasó un tiempo antes de que ese viejo afecto volviera a florecer. O al menos eso pensaba yo.

La noche siguió su cauce natural. Terminé el vaso que me dio Thalía y fui a un negocio cercano por una energética para mantenerme en pie. Caminé lento, buscando el aire de esa bella noche de otoño. Al volver, vi a Dayan bebiendo más de la cuenta. Uno de sus amigos me comentó que se había tomado dos vasos más en el tiempo que me tomó ir a comprar. El alcohol ya era notorio en su rostro y su andar, aunque aún podía mantener una charla coherente.

—Te dije que tenía gran aguante —me soltó mostrando su vaso—. Este es mi cuarto. Me tomé dos antes en una competencia de quién bebía más rápido —añadió con orgullo.

—Te felicito por tu logro —respondí con ironía—. Ya no deberías tomar más, o al menos baja el ritmo. Te está ganando el trago.

Me miró detenidamente, como haciendo un esfuerzo por enfocarme, y continuó bebiendo. Se acercó con lentitud hacia un tal Brandon, que estaba sentado, y se acomodó de lado sobre sus piernas sujetándose a su cuello. Él la sostuvo con una mano por la espalda. El tipo se veía igual de ebrio, con los ojos de un rojo intenso que contaban otra historia.

—¿Verdad que no eres celoso? —preguntó Dayan.

—No lo soy —dije mientras la miraba con atención—, pero hay una diferencia entre los celos y el respeto.

Solo me miró y rió suavemente. Abrazó con fuerza a su amigo, se levantó y fue a rellenar su vaso nuevamente. La observé en todo momento; mis ganas de irme eran potentes, pero mi responsabilidad con ella y su familia me doblaban la mano. A media fiesta, Dayan se me acercó en un estado de ebriedad evidente, con los ojos entrecerrados. La analicé un instante, la tomé por la cintura y le susurré al oído: «Vamos a sentarnos». La dejé en una silla cerca de la puerta, busqué agua y llamé a un taxi.

El vehículo llegó rápido. La ayudé a levantarse y, sujetándola, logré que ingresara al habitáculo. Le di la dirección al conductor, un hombre de unos cincuenta años con lentes y barba abundante. Manejó con cautela porque, ante cualquier velocidad, a Dayan le daban náuseas.

—Una noche movida, ¿no? —comentó el taxista sin apartar la vista del camino.

—Para ella más que nada. Yo tomé un solo vaso; alguien debe ser capaz de cuidar al otro —respondí mirando por la ventana.

—Aaah… pero curado no vale —balbuceó Dayan.




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