El jueves amaneció con una claridad que me resultó casi insultante. Abrí los ojos y, por primera vez en diez días, mis pies no buscaron el suelo con la pesadez de una obligación pendiente. No hubo necesidad de revisar el teléfono en busca de un mensaje de buenos días que, más que afecto, se había convertido en un trámite de control. La cama se sentía inusualmente amplia y el aire de mi habitación, por fin, parecía libre del rastro del desinfectante y el eco de los gritos de Dayan. Era una paz extraña, un dulzor que intentaba abrirse paso entre la amargura que aún me raspaba la garganta.
Los pasos de mi hermana hacían eco en su pieza; escuchaba cómo volaban cosas de un lado a otro en una carrera desesperada por arreglarse para el colegio. Un golpe sonó con fuerza y una maldición se dejó caer en todo el segundo piso.
—Mía, ¿te encuentras bien? —levanté la voz mientras me desperezaba.
—¡Sí! Solo me golpeé el dedo meñique con la cómoda —respondió con notas de dolor.
—Tómatelo con calma, creo que aún tienes tiempo —dije sin revisar la hora.
—Estoy atrasada y tenemos que pasar por una amiga de camino —contestó dando tumbos.
Salió a toda prisa, a medio peinar, con la mochila en la mano, las medias arremangadas en los tobillos y la camisa fuera de la falda. Padre la esperaba abajo, listo desde hacía diez minutos. Escuché sus pasos a velocidad de vértigo por la escalera, el portazo y el motor del auto arrancando desde el jardín. Mis clases hoy iniciaban más tarde, así que me alisté con la calma que podía mantener al saber que, al bajar, me encontraría a solas con mi madre.
Al atravesar el umbral de mi puerta, una pesadez abismal presionó mis hombros; daba la impresión de que la gravedad aumentaba de golpe y el aire buscaba escapar de mis pulmones, generándome una sensación de ahogo. Cerré los ojos un instante y di el primer paso: cada pisada pesaba como piedra. En la mesa estaba mi madre, como de costumbre, con la tableta a un costado llena de planillas y documentos, mientras se daba los últimos toques de maquillaje.
—Buenos días, hijo. Tu padre compró pan fresco y algo de queso, él sabe cuánto te gusta —dijo con una voz cálida que me provocó un escalofrío.
—Buenos días... —respondí sin mirarla.
Sentía la rabia brotar en mi interior como el Vesubio antes de sepultar Pompeya. Ingresé a la cocina y encendí la cafetera. Medí el gramaje para un triple expreso. El aroma invadió el espacio rápidamente; una bebida de color ónix comenzó a depositarse en la sutil taza de porcelana. En el comedor, mi madre guardaba sus cosas mientras respondía una llamada de mi padre, a quien solo alcancé a escuchar: «En cinco minutos».
Cerré los ojos. Tendría que soportar esta rabia interna solo cinco minutos más. Verla tan calmada y con ese tono dulce me confirmaba que comprendía el error que había cometido. En parte me ayudó a terminar esa relación tóxica, pero no tenía derecho a ventilar información con Dayan. Lo hizo para meter presión; su pensamiento debió ser: «si no se rompe, se raja».
La bocina sonó afuera y ella salió disparada por la puerta mientras hablaba por teléfono. Solo asomó la mano por el umbral en un gesto rápido de despedida. Me quedé solo, recordando que aún no revisaba las notas de mis últimas evaluaciones; había una que no era perfecta por apenas unas décimas.
Terminé mi café en el silencio de la casa, acompañado por los ronquidos de Baddy, uno de los perros. A veces sentía que querían más a esos animales que a su propio hijo; era absurda su manía de criarlos como personas: ropa, comida especial, golosinas y veterinarios programados. La última vez que yo visité un médico fue porque me vieron vomitando sangre en el arrimo de la entrada y mi abuela paterna estaba allí; ella fue quien básicamente los obligó a llevarme a urgencias.
Dejé la taza lavada y tomé mi mochila. La universidad me quedaba a unos veinte minutos de caminata; me coloqué los audífonos y me sumergí en los gritos de Slipknot. Cada paso me alejaba de aquella jaula de plata y me acercaba al coliseo de cemento. El contraste entre la brisa marina y mi cuerpo, hirviendo por la ira contenida, no presagiaba nada bueno. Solo imploraba a los Hados que Samuel continuara en su gira promocionando la campaña política de su padre. No era más que un imbécil con dinero que aprobaba las asignaturas por pura influencia; resultaba repugnante ver cómo algunos docentes prácticamente le besaban los pies.
Llegué temprano. El movimiento de estudiantes era escaso y más de la mitad del estacionamiento seguía vacío. El puesto de comida frente al acceso principal aún no abría sus puertas. Caminé hacia la cafetería con la calma de quien espera la cosecha de primavera. El trámite fue el habitual: la dependiente me observó en silencio y puso una energética junto a un muffin de chocolate sobre el mostrador. Pagué con lo justo y me retiré a la mesa de siempre.
Aquel sitio ya era icónico. Algunos conocidos me preguntaban si tenía alguna manía que me obligara a seguir el mismo patrón: la misma comida y el mismo lugar, todos los días. Yo solo respondía que era la mesa con la mejor vista, donde corría una brisa agradable incluso en verano. Me coloqué los cascos y la voz de Corey Taylor inundó mis pensamientos, repitiendo en mi cabeza Before I Forget, hasta que aquella muchacha a la que le encantaba interrumpir mi meditación me arrebató el resguardo de la realidad.
Estefanía había llegado. Era raro verla tan temprano, pero, como era costumbre, no soportaba que estuviera escuchando música, especialmente porque solía reventarme los tímpanos con el volumen. Hoy emanaba un aroma dulce que me hizo cosquillear la nariz. Levanté la cabeza y la vi: su sonrisa perlada y su pelo perfectamente alisado cayendo sobre el hombro; su piel trigueña y sus ojos castaños contrastaban con el fondo blanco de la cafetería.